Los resultados electorales del domingo en el Estado español responden claramente a la orientación presidencialista y personalizada que ha marcado el desarrollo de la campaña. El resto del programa de actos ha quedado limitado a un duelo escénico en el que la victoria final de Rodríguez Zapatero acarreará manifiestas consecuencias en la vida política de un Rajoy claramente derrotado: no se trataba de subir escaños o de captar votos nuevos sino de hacerse con la presidencia del Gobierno. Todo lo demás carecía de importancia.
Desde nuestra perspectiva vasca, mientras tanto, muchas son las lecturas que se pueden hacer en claves fundamentalmente sociológicas: la supeditación de las tendencias al efecto centro-voto útil; la limitación de los campos de fidelidad del PNV en feudos aparentemente intocables; el descalabro, más que coyuntural, del espacio político representado hasta hoy por EA; la práctica desaparición de una EB-IU que lleva más allá, incluso, el castigo electoral sufrido por la coalición a nivel estatal; la correlación de fuerzas en la que quedaría el Gobierno tripartito en caso de extrapolar los resultados a unas elecciones autonómicas (no comparable, claro está, pero argumento recurrente sin duda ante las próximas iniciativas institucionales de Juan José Ibarretxe); la soledad de una izquierda abertzale cuyo discurso queda limitado a un microcosmos reducido pero estable (salvo en Nafarroa), pese al encarcelamiento de toda su dirección política entre una más que constatable indiferencia social…
Mientras Catalunya y Euskal Herria se encargan esta vez de garantizar el mantenimiento en la Moncloa de Zapatero y su familia (con la inapreciable ayuda añadida de una ley electoral que sigue ninguneando otras tendencias), conviene pararse (STOP) y no olvidar una cuestión central antes de continuar con los análisis: más allá del aumento considerable del peso de los dos partidos estatales mayoritarios en detrimento de las opciones periféricas, el funcionamiento electoral tanto en el Estado español como en Hegoalde desde 1977 viene manteniendo tendencias absolutamente estables sin grandes alteraciones significativas.
Y es que, quizá, y pese a nuestro imaginario colectivo, seamos simplemente los mismos de siempre, treinta años más viejos-as y con nuevas angustias, reequilibrios demográficos, necesidades y nostalgias pero, simplemente, los mismos de siempre.
* Sociólogo y periodista. Profesor de la UPV |