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Vida sin Fronteras
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Matrícula de honor
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Rafa Redondo
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lo más bello de un bebé de nueve meses es ver -para quien sabe ver- su capacidad de asombro, pero desde la primera infancia, una torpe pedagogía nos enseñó a que renegáramos de nuestra propia capacidad de ver. Hasta hoy, nos fuerzan a abdicar del asombro y adaptar la visión a un corralito de mercaderes donde el niño se inicia llorando y, desde ese llanto, se le enseña a ser alguien. José María Aznar es un producto de ese modelo, al que sumisamente se dirige la Universidad.
Desde la caída de Sadam se han registrado más de 150.000 muertos; las tropas invasoras practican la tortura y la violación de los derechos humanos; el precio del petróleo Brent ha pasado de los 28 dólares a los 105 desde que Bush ordenó la invasión; Al Qaeda no actuaba antes en Irak, ahora los atentados son diarios; siete agentes españoles del CNI murieron en una misión destinada al fracaso, y el poder en la calle está en manos de los integristas chiitas proiraníes.
José María Aznar, el político europeo más peligroso para la convivencia, ahora afirma que repetiría la invasión. Su fría altanería, le impide ver el dolor de Irak; piensa en él más que en su patria y su partido: una arrogancia tildada estos días de delirante, paranoica y otras clasificaciones psiquiátricas. Pero Aznar no delira, él no es un enfermo sino un -y lo digo con más pena que agresividad- hombre acomplejado que sigue el modelo pedagógico liberal de sentirse alguien. Un enfermo es irresponsable, pero Aznar es responsable, y debería serlo aun más por su homicida gestión y continua provocación. No, no es un enfermo, sino un hombre obediente, entre tantos obedientes, a una economía que porta en sus genes la violencia.
Pero a él le educaron -es un decir- para taparse los ojos y ser alguien, y en eso ha sacado matrícula de honor. |
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