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25-03-2008
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Varios jóvenes se concentran en el taller de fontanería del CIP Donostia, en el barrio de Bidebieta. Foto: deia
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Los Centros de Iniciación Profesional amplían su labor social a los menores inmigrantes
Los CIP cumplen 20 años desde que se regularon para lograr la inserción de jóvenes que abandonan el sistema educativo.
Joseba Imaz
Donostia. No son centros al uso. Al entrar en ellos, uno se encuentra con que los alumnos van uniformados. No con trajes elegantes, precisamente, sino con buzos azules de mecánico, con delantal de cocinero o pantalones blancos de pintor. Algunos de ellos van de un lado para otro con baldes de pintura, otros se concentran en preparar una buena tortilla de patatas y un grupo más atiende las explicaciones del monitor en el taller. Un ejemplo del ambiente que se vive todos los días en los Centros de Iniciación Profesional (CIP), los grandes desconocidos de la red educativa, a pesar de que hoy día en toda la Comunidad Autónoma Vasca forman a unos 2.000 alumnos.

Aunque los propios trabajadores de estas escuelas reconozcan que son el "cajón desastre" y el "vagón de cola" del sistema de enseñanza, lo cierto es que vienen cumpliendo una función social relevante. Se encargan de ofrecer un oficio a un colectivo de jóvenes especialmente vulnerable. Aquellos que, aunque tienen entre 16 y 21 años, se han desenganchado de los estudios sin conseguir el graduado escolar. Cuando se cumplen 20 años desde que se regularon de forma oficial, en los últimos tiempos los CIP han ampliado su servicio a un grupo cada vez más numeroso: los menores inmigrantes no acompañados.

"Me aventuraría a decir que nueve de cada diez chavales que llegan sin sus padres desde el extranjero a Euskadi están en alguno de estos programas", estima Pedro Millán, profesor del CIP Donostia del barrio de Bidebieta. Al tratarse de personas que apenas conocen el castellano -mucho menos el euskera- y que vienen con el objetivo de empezar a trabajar, la enseñanza reglada los dirige a la Iniciación Profesional. Incluso si no tienen 16 años, se introducen en lo que se conoce como formación complementaria: oficialmente están matriculados en un colegio, pero en realidad es en los CIP donde se forman.

De hecho, los responsables de los centros intentan arropar a estos jóvenes para que su integración sea más rápida y eficaz. Por ejemplo, en clase se sientan con algún otro menor de su misma nacionalidad que lleva más tiempo, para que pueda explicarle los contenidos que se imparten.

En la CAV existen alrededor de 73 CIP, entre organismos públicos, privados y otro tipo de entidades, que atienden las necesidades educativas de 2.000 estudiantes. Cuando terminan los dos años de formación, los alumnos salen al mercado laboral con un certificado que acredita el conocimiento de un oficio. "Nos hemos convertido en referentes para los jóvenes que no encuentran salida en la Enseñanza Secundaria, para los empresarios, para los orientadores, para las familias y para el entorno", comenta Millán.

El abanico de estudiantes es muy amplio. Según indica Millán, algunos no quieren estudiar mientras que otros han sido "expulsados" de la escuela. "Nadie ha creído en ellos y cada chaval aquí es un proyecto", reflexiona Mikel Gaztelumendi, monitor de cocina en el centro donostiarra. Según constata en su labor diaria, los alumnos llegan "bloqueados" al CIP. Se sienten "inútiles" y, para solucionarlo y para que adquieran "hábitos y actitudes" que se les van a exigir en el trabajo, aprender un oficio es "clave".

Sin embargo, nadie esconde que se trata de alumnos que, en bastantes casos, presentan un perfil problemático. Algunos potencialmente incluso corren el riesgo de ser víctimas de la exclusión social. Pedro Millán reconoce que hay "conflictos, igual que en el resto de centros educativos". "Es curioso, pero hay chavales que llegan aquí con una historia dura, pero de puertas adentro no crean ningún problema", afirma.



Reconocimiento social y profesional

Los trabajadores de los CIP llevan unos meses realizando protestas para reclamar al Departamento de Educación, el "reconocimiento social y profesional". Los docentes solicitan que Gasteiz se haga cargo de la gestión de la red de CIP, reconozca el tiempo trabajado en Iniciación Profesional como valorable para las listas de la enseñanza reglada y se habiliten unas listas para toda la red. Según reclama Beatriz Cascante, de la Asociación de Trabajadores de los CIP, es necesario contar con "un convenio equiparable a la enseñanza reglada". "Si no es directamente, al menos que se cree algún tipo de estructura para que todo tenga una continuidad", indica. No en vano miran de reojo al consorcio Haurreskolak creado para las guarderías, una fórmula que consideran que sería trasladable a sus centros. La realidad de los CIP es bastante heterogénea. Algunas escuelas son concertadas o dependen de fundaciones, mientras que otras son gestionadas por los ayuntamientos. "Cada cierto tiempo, nuestros puestos dependen de que el Consistorio renueve la concesión", comenta Cascante. Por esa razón, la inestabilidad de los trabajadores es "muy acentuada". >J. I.

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