AMA, ¿tú por qué no te ríes como las demás madres de la ikastola?". Para Miren ese fue el toque de atención. Esa pregunta de su hijo le hizo reflexionar. Miren ya no sonreía. Estaba nerviosa, gritaba en casa continuamente y notaba cómo esa tensión se trasladaba a sus hijos, que eran testigos y víctimas del dolor que se había apoderado del hogar. El marido de Miren era alcohólico. Y Miren ya no podía más.
Así que, en un momento de desesperación, cogió el teléfono y llamó a Alcohólicos Anónimos. "Quiero que me digáis algo porque yo me voy a separar del marido", les dijo. Fue entonces cuando le dieron el número de teléfono de los Grupos de Familia Al-Anon para que se pusiera en contacto con ellos. "Eso salvó mi vida y la de mis hijos", asevera Miren con rotundidad.
Los Grupos de Familia Al-Anon están formados por parientes y amigos de alcohólicos que comparten sus experiencias y esperanza con el fin de encontrar solución a su problema común. Estos grupos, que funcionan de manera paralela a Alcohólicos Anónimos, tienen como objetivo ayudar a los seres queridos de estos enfermos, apoyándoles y animándoles.
En este momento en Bizkaia funcionan diez de estos grupos, pero hay miles repartidos en más de cien países de todo el mundo. Al igual que sucede con los miembros de Alcohólicos Anónimos, estas personas no quieren ser fotografiadas ni filmadas para medios de comunicación. Ni siquiera quieren que se publiquen sus verdaderos nombres. Por eso, las protagonistas de este reportaje no tienen ningún reparo en contar su historia, pero desean preservar su identidad bajo seudónimos.
compartir Miren lleva muchos años en Al-Anon. "Los que llevamos mucho tiempo aquí y ya nos encontramos bien transmitimos a los demás la esperanza de que también pueden encontrarse bien", explica Miren. "Nosotros no prometemos a nadie que el alcohólico vaya a dejar de beber", aclara Miren. "Lo que sí es cierto es que si comparten su experiencia con nosotros se acabarán encontrando tan bien como nosotros", puntualiza.
En estos grupos se trata de compartir, de hablar de las vivencias de cada uno. Cada cual escucha a los demás y habla sólo si quiere hacerlo y hasta donde quiere hacerlo. Aquí no hay profesionales, como psicólogos o médicos. Aquí hay gente que sabe lo que es convivir con un alcohólico. Mediante el acto de poner en común sus vivencias personales los miembros se benefician y se hacen una idea de cómo tratar sus propias situaciones. "Empezamos aceptando que no podemos gobernar a otra persona. Somos impotentes ante la forma de beber de otra persona. Pero en el grupo nadie te da un consejo. De lo que se habla cada uno coge la parte que le parece que le va a venir bien", explica Miren.
"Lo primero que aprendemos en los grupos es a separar el alcohólico del alcohol. El alcohólico es una persona y cuando bebe es otra. También es importante reconocer que el alcohólico es un enfermo", explica. "Una mujer que convive con un enfermo alcohólico pierde su autoestima y acaba también enferma y con una distorsión de lo que es la realidad", dice. "Necesitamos apoyo para comprender lo que nos pasa, para tratar de hacerlo mejor. Todas pensamos que hemos hecho todo lo que hemos podido, pero hay que hacer las cosas de otra manera, porque se ha demostrado que un cambio en el comportamiento de la familia sirve para que el alcohólico se dé cuenta de lo que está pasando y quiera ponerse bien", añade.
"Lo más importante es encontrarnos bien nosotras, levantar nuestra autoestima", destaca. "Hay casos en los que la mujer logra encontrarse mejor y el marido deja de beber. Pero también hay casos en los que la mujer consigue encontrarse bien y entonces se separa...", cuenta. "Se trata de que cada una al menos sea capaz mentalmente de tomar una decisión, porque normalmente estamos como trapitos en casa; porque los alcohólicos son agresivos y porque tu autoestima está por los suelos. Crees que tienes la culpa, crees que no te quieren", confiesa. Así que, en resumidas cuentas, "a los grupos vamos primero a entender cómo es la enfermedad, a saber cómo comportarnos con ella y a recuperarnos a través del grupo y con las personas que están recuperadas. Luego se toma la decisión que se quiere".
más mujeres A estos grupos, que funcionan al margen de cualquier religión o tendencia política, acuden tanto hombres como mujeres de todas las edades y condiciones sociales. En cambio, Miren no puede evitar hablar continuamente en femenino. "La mayoría del grupo somos mujeres porque somos mejores y más constantes", dice con una media sonrisa en el rostro. "Normalmente, para cuando la mujer sale a pedir ayuda, ha tenido ya años de sufrimiento en casa con un alcohólico. Luego tratamos de ponernos bien y de ver cómo ayudamos", explica. "Los hombres tienden más a pedir la separación y a decir: Mira chica, o te pones buena o ahí te quedas. Tal vez sea una cuestión genética...", añade encogiéndose de hombros y con un toque de amargura.
Uno de los aspectos importantes que hay que tener en cuenta es que en esta entidad el anonimato de los asistentes es total. "Eso es importante porque la gente tiene miedo a ir por si su enfermo o las vecinas se enteran", explica. "Luego resulta que las vecinas y todo el mundo sabe lo que pasa en casa, pero nosotras creemos que la gente no lo sabe", apostilla. "El alcohólico coge la botella y nosotros cogemos al alcohólico y lo arropamos: si a la mañana está mal porque anoche bebió, ahí estás tú para explicar que tiene mal cuerpo, que tiene gripe... Le sacas de todos sus problemas. Una de las cosas que aprendemos es que al alcohólico hay que dejarle y que sienta todas sus responsabilidades", dice rotunda, con la seguridad de quien sabe de lo que habla.
la lucha Miren se casó y los primeros diez o doce años de matrimonio todo fue normal. Pero su marido tuvo que empezar a viajar y en sus viajes se sentía solo. No lograba dormir bien y empezó a beber para conciliar el sueño. Acabó convirtiéndose en alcohólico. Miren no sabía cómo se desarrollaba la enfermedad, así que se pasó años tratando de ayudarle a su manera. "A veces le hacía mimos para que no bebiera. Otras me bebía su vaso para que no lo bebiera él, pero no valía para nada porque él se volvía a servir", cuenta.
Poco a poco la tensión se fue apoderando de la familia. "Creía que los hijos no se enteraban de las broncas, pero ellos son los que más sufren", explica. Harta de la situación, se puso en contacto con Al-Anon y poco a poco fue viendo la luz de la esperanza. Pero en el caso de su marido, el alcohol fue más fuerte. "Mi marido murió con 62 años porque siguió bebiendo", cuenta. "El alcohol destroza las familias", afirma vocalizando mucho, como masticando con fuerza y rabia su significado.
"En los grupos aprendes que no toda la culpa es del alcohólico", dice. "Si él llega a casa y te encuentra con ganas de reñir, ya no se nota que él está mal: los dos estáis mal. Él es el que bebe y tú eres la bruja que no deja de chillar. Entonces su razonamiento es ¿Cómo no voy a beber teniendo a esta bruja en casa?", explica. "Con los grupos notas el cambio que das. Coges serenidad, calma, no riñes cuando él tiene ganas de reñir. Eso hace que vaya cambiando la situación en casa, eso hace que vaya entrando en su cabeza: necesito ayuda".
Miren reconoce que el proceso es duro y difícil. "Somos codependientes del alcohólico. Fíjate hasta qué punto estamos enganchadas a esas situaciones de broncas y ansiedad en casa, que cuando vamos a los grupos, el alcohólico empieza a recuperarse y en casa desaparecen los problemas del alcohol, notas como un vacío. Hay que aprender a reajustar la pareja", dice.
Edurne también acude a uno de los grupos de Al-Anon. Su marido se dedicaba a la hostelería, con lo cual era más difícil todavía controlar el alcohol que ingería. "Con la juventud no se notaba tanto, pero con la edad se fue acentuando", cuenta. "Tenía un carácter fuerte y bastante machista y llegó un momento en el que tocó fondo. Y yo también". "A mí ya no me quedaban fuerzas para nada. Ni para contestarle, ni para protestar. Solamente para disculparle de todo lo que hacía", explica Edurne apesadumbrada. "Mi hija me decía: Ama, ya está bien, date cuenta de que le estás siempre tapando y disculpando", añade. Fueron sus hijos los que llamaron a Al-Anon y los que empujaron a su madre a ir a las reuniones. "Y no me cansaré de dar las gracias porque me sentí otra persona". A los pocos meses de comenzar Edurne a asistir a estos grupos, su marido empezó a ir a Alcohólicos Anónimos y dejó la bebida de forma radical. "Hace dos años que lo ha dejado y es otra persona", explica Edurne. "Hasta el carácter machista le ha cambiado", afirma sonriendo. "Los hijos están ahora con él que es que me pellizco y no me lo creo. ¡Es una gozada!", exclama feliz. |