hay palabras punzantes cuyo abuso disminuye su importancia original. Tal sucede con genocidio, tortura, holocausto y terrorismo, términos que usados de forma indiscriminada para describir cualquier acto ilegal, humillante, horroroso o inmoral no hacen sino difuminarlo por exceso. Lo mismo ocurre con los números cuando se multiplican engañosamente por razones ideológicas, que al cabo, de tan exagerados, amén de desmentir la magnitud de un problema pueden hacernos olvidar y hasta negar la existencia misma del problema. Y eso pasa cuando se habla de 400.000 exiliados vascos a causa del nacionalismo, cifra que ningún sociólogo ni demógrafo libre de anteojeras políticas es capaz de creerse y que, al darse por válida con tanta alegría -e infinita tristeza-, puede volver apático, gélido e incrédulo al ciudadano con respecto al asunto de fondo. O hacer que nos perdamos en ese bosque numérico en lugar de dirigirnos directamente al árbol, al gravísimo drama individual y social.
Es indudable que sin ser medio millón son muchos, siempre demasiados, los que han tenido que hacer las maletas, cerrar sus casas y largarse de aquí amenazados, huérfanos, extorsionados o asfixiados. Treinta de ellos nos cuentan su tragedia, casi nos interpelan, en el último largometraje de Iñaki Arteta, autor de otros trabajos imprescindibles como Voces sin libertad y Trece entre mil y antiguo colaborador de este diario. Uno ve el tráiler de El infierno vasco, que así se llama el documental, y siente el aguijonazo de la cuota de responsabilidad que le corresponde. Pues por pequeña que sea siempre será alguna, siquiera por omisión. Y lamenta que las películas del cineasta bilbaino no se enseñen en los institutos ni se emitan en horario de máxima audiencia de la televisión pública. Porque eso también es memoria histórica y, lo que es peor, vivísimo y mortífero presente. |