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Dos montañeros contemplan las vistas del Bilbao Metropolitano desde la cumbre. |
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Penitentes del Serantes
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El mal tiempo impidió ayer una participación multitudinaria en la romería santurtziarra de Cornites. La subida se vivió en familia entre los incondicionales al Serantes.
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Texto yfotos Diego Artola
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frío, viento y lluvia. El temporal invernal arrebató ayer al cornite su condición de emblema de la romería que cada año toma el Serantes el lunes después de Semana Santa. La falta de ambiente festivo no amedrentó a los incondicionales dispuestos a sostener en sus manos la bandera de una de las romerías más tradicionales de Ezkerraldea. Fue una prueba de fe para los seguidores más devotos del Serantes.
"Es una pena lo deslucido que ha quedado la cita, pero el tiempo es lo que tiene", se resignaba flemático uno de los montañeros veteranos. "No ha venido ni una décima parte de las personas que acuden al Cornites. Es casi un domingo normal", se lamentaba a su lado una vecina habitual de la cita.
sin cornites La tradición quedaba desnaturalizada también en el Alto del Mazo junto a las ruinas de la fortificación militar cuando el puesto ambulante sustituyó con rosquillas al cornite, patrimonio de la gastronomía popular de la zona desde el siglo IX, que consiste en un pan relleno de chorizo y un huevo cocido sin pelar.
El panadero ambulante Javier Tejedor, primerizo en la romería, atribuía su ausencia a su laboriosa preparación. "En muy pocos sitios se encuentran. Se necesitan muchas más horas que un pan normal para su fermentación y el horneado posterior", explicaba. De hecho, la venta de productos alternativos como el pastel vasco se antojaba como un seguro frente a los altibajos de la asistencia por los altibajos climatológicos.
En esta ocasión, los malos augurios se hicieron realidad y el temporal a penas remitió lo suficiente para que la nieve dejara paso a la lluvia. Así, el viento convertía a los mendizales en penitentes azotando su fatigosa marcha con la desangelada humedad del Atlántico que invitaba a pasar la jornada resguardado junto a una reconfortante taza de chocolate. Por ello, al kit de montaña de botas y chubasqueros se le añadió el necesario paraguas para capear las intermitentes trombas de agua.
"Valiente", se gritaban los conocidos de la montaña cuando cruzaban sus trayectorias en busca de una cima custodiada por negros nubarrones que descargaban lluvia a 451 metros de altura. "Habrá que subir", se contestaban los que toman la cumbre santurtziarra entre sus rutinas semanales. Con la altitud, la ciudad se desvanecía desde el barrio de Mamariga alejando la presencia inamovible de la industria por una franja de seguridad natural de rebaños de ovejas.
A falta de atajos por la abundancia de barro, la marcha se demoró a lo largo de la carretera que culebreaba por los contornos del monte a lo largo de más de medio centenar de curvas. Los caminos se empaparon por una fina capa de agua que se deslizaba ladera abajo hacia el centro urbano.
En cualquier caso, la meteorología no consiguió eliminar el influjo del Serantes. De hecho, la cima se convirtió en un imán para un goteo de ciudadanos que se dejaba ver en estampas cotidianas de paseos familiares con perros e incluso carritos de bebés. A la llamada acudieron no sólo la población nativa si no también vecinos de otras localidades cercanas. "Es un referente de Ortuella junto a La Arboleda y las Peñas Negras. Nos atrae más que el Gorbea", señalaba Antonio Valverde acompañado de su mujer y una hija. "Lo veo todos los días desde mi casa del Puerto Viejo de Algorta", señalaba Ricardo Olmos, que reivindicaba la montaña como ingrediente de una vida activa. |
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