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Mesa de redacción
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Chantajes
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Juan Carlos Ibarra
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LA vida es una concatenación de chantajes. El primero es ése que, nada más nacer, se ejerce sobre la madre, exigiéndole el pago en especias afectivas y alimenticias, bajo la amenaza de romperle los tímpanos y los nervios a base de llanto. A partir de ahí, todo es coser y chantajear a lo largo de la vida, hasta el mismo momento del adiós, de la muerte, en el que se impone al entorno la ineludible atención del recuerdo. Hay chantajes emocionales, políticos, económicos, laborales... en fin, chantajes en cualquier ámbito en el que se relacionan dos o más personas. Es más, existe también el autochantaje: aquél que un individuo se aplica a sí mismo para superarse o para hundirse en la miseria. Hay chantajes inadmisibles y chantajes admitidos; chantajes legales y chantajes ilegales; chantajes conscientes, e inconscientes. Los chantajes buscan el beneficio propio de quienes los ejercen, aunque también hay quien los vende como si su objetivo fuera salvar al chantajeado, por mucho que éste se obstine en rechazar tal salvación. El apetito chantajista es insaciable. Ahora bien, habrá que convenir en que hay personas y grupos más insaciables que otros. En función de ello, utilizarán métodos de chantaje más o menos coercitivos y tendrán un mayor o menor sentimiento de culpa. Por otra parte, lo que peor lleva un chantajista es ser objeto de chantaje. Si los métodos que se emplean contra él se acercan en forma e intensidad a los propios, eso le llevará los demonios. Nunca aceptará que le paguen con la misma moneda, porque el chantajista cree que exige lo que le corresponde, por mucho que esté viendo que su exigencia destroza al chantajeado. Una vacuna contra el chantaje acabaría con los problemas del mundo. Bueno, sólo si se vacunara a todo el mundo y a la vez.
jcibarra@deia.com |
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