La llama de los derechos humanos La antorcha olímpica que se prendió ayer en la Antigua Olimpia y que llegará a Pekín el 8 de agosto será testigo de las denuncias contra China por no respetar los derechos humanos de sus ciudadanos y reprimir las protestas del Tíbet.
LA llama olímpica camina ya hacia China donde llegará tras seis días de peregrinar por Grecia. Ese 31 de marzo comenzará otra carrera bien distinta porque serán numerosos los obstáculos que tenga que superar. Incluso el mismo día 8 de agosto, día del inicio de los Juegos, es posible que esa llama que se encendió ayer en la Antigua Olimpia frente al templo de Hera no sea el testigo de la paz sino el de la denuncia de la vulneración los derechos humanos en el país anfitrión. La llama que prendió ayer la actriz helena María Najpliotu, valiéndose de un espejo cóncavo, difícilmente puede ser el símbolo de la paz, muy a pesar de las intenciones del presidente del COI, Jacques Rogge. En defensa del país organizador de los Juegos dijo que ese "símbolo de la paz" hará que China cambie porque los Juegos van a ser vistos en todos los rincones del planeta y narrados por más de 25.000 periodistas de todo el mundo. Sin embargo, ayer fueron precisamente los testigos de la realidad quienes denunciaron a China. Tres miembros de Reporteros Sin Fronteras burlaron las exigentes medidas de seguridad de la policía griega y lograron situarse tras el presidente del Comité Organizador Liu Qi que siguió con su discurso como si nada sucediera. La pancarta de los reporteros dibujaba los cinco aros en forma de esposas para denunciar la falta de libertades y la represión china en el Tíbet. Asimismo, por medio de un comunicado, pidieron el boicot a la ceremonia de inauguración del 8 de agosto. "Si el fuego es sagrado, más lo son los derechos humanos". Esa fue la respuesta de los tres activistas. La llama olímpica, precisamente, no puede ser el salvoconducto que China precisa ante el mundo. Antes están los derechos de todos sus ciudadanos. Hoy todavía China se distingue por la falta de libertad de expresión y por mantener encarcelados a periodistas por haber criticado las decisiones de sus dirigentes. Además la situación en el Tíbet es el fiel reflejo de cómo entienden los dirigentes chinos la libertad. Aprovechando el aniversario de la insurrección popular contra los dirigentes comunistas de 1959, miles de tibetanos se echaron a las calles el pasado día 10 en protestas pacíficas lideradas por los monjes budistas. La policía china reprimió el movimiento con dureza, causó decenas de muertos y prohibió la entrada a Llasa, la capital tibetana. Ahora la antorcha olímpica, que el COI quiere que sea el símbolo de la paz, atravesará el país del Dalai Lama, a pesar de que le han pedido que no lo haga. China, sin embargo, una vez más ha hecho oídos sordos a sus peticiones y ha asegurado que la llama brillará en la más alta cima del planeta, en el Everest. El paso de la antorcha por el Tíbet retratará a China, pero a día de hoy pocas esperanzas caben de que sepan oír el clamor internacional para que respeten los derechos humanos.