me cuenta un camata con arrugas, de los de chaquetilla y tráteme de usted, que más que subidón de turistas ha habido bajón de propinas. Que el tragaldabas local va perdiendo la costumbre de dejar el cambio y el borrachín visitante no se estira como antaño. Que aunque sea un topicazo ofensivo él tiene comprobado que en algo se nota que los foráneos son en su mayoría catalanes, que muy majos pero que la pela es la pela. Y que incluso entre los nativos ya ha visto varias disputas dentro de una cuadrilla porque unos querían soltar propina y otros se negaban por principio.
Es verdad que algunos clientes se comportan tan humillantes como Gerardo Diego, el poeta, quien a decir de Paco Umbral "solía dar cincuenta céntimos de propina al camarero del Café Gijón, y un día que los dos cuproníqueles se le cayeron entre las mesas, las tarimas y el polvo, le dijo a Pedro, el que nos servía, bueno, los cincuenta céntimos andan por ahí caídos, los coge usted cuando salgan". Aunque por suerte o educación no abunden, tampoco faltan aquí miserables que abandonan monedas de un céntimo entre el serrín y los lapos como si enterraran un tesoro.
Claro que no es de recibo el gesto contrario, esa mirada entre asesina, jeremíaca y mendicante de ciertos botones de hotel y jefes de mesa. Algunos olvidan, primero, que no trabajan a la salida de la iglesia de San José y, segundo, que la propina es libre y voluntaria, que no es un impuesto, es una dádiva, un detalle. En la aldea siria de Mushinif se alzan los restos de un templo romano del siglo II. Para entrar hay que pedir las llaves a una vecina cascarrabias la cual, tras terminar la visita, señala hacia su pecho, lloriquea y empieza a gritar "¡doctor, doctor!". No hay que preocuparse ni llevarla al hospital pues tiene la sana costumbre de curarse al recibir unos chines, el clásico bakshis. Y tampoco es eso. |