|
|
|
Mesa de redacción
|
|
Lecturas
|
|
Juan Carlos Ibarra
|
|
 |
NO existen dos formas idénticas de abordar la lectura de un periódico. Hay quien lo empieza por los deportes; quien se va directamente a las esquelas; quien mira la contraportada, o quien busca su columnista de cabecera. Los hay también ordenados a más no poder: empiezan por la portada, siguen por la página dos, la tres, la cuatro... y recorren todo el ejemplar de forma metódica, como si la interiorización de las secciones en el orden preestablecido fuera la forma más correcta de captar la imagen de la actualidad que les ofrece un diario o, dicho de otra forma, como si saltar adelante, luego atrás, y volver a dar un salto adelante pudiera romper en pedazos la fotografía que quiere dibujar ese ejemplar, convirtiéndolo en un puzzle desordenado y sin sentido. Los libros son otro cantar. Los hay que están llamados a la anarquía en el método de lectura, como ocurre con los libros de consulta, mientras que otros, como las novelas, pierden su esencia si uno los empieza por la mitad, para ir luego al final, y terminar por el principio (una potestad ésta reservada, en origen, al autor). Pero tal vez el género que permite más libertad a la hora de elegir el camino de la lectura sea el de las biografías y, en especial, el de las autobiografías con las que nos están bombardeando en los últimos años los políticos y políticas que fueron o los que pretenden haber sido. Estos libros pueden ser leídos de pe a pa; se pueden elegir los capítulos más atractivos para cada lector, o, y ésta es la fórmula que yo prefiero, se puede ir al índice onomástico, tan en boga al final de los volúmenes, y leer sólo los comentarios que el autor hace sobre sus personajes más odiados. Es de agradecer que estos escritores nos faciliten así la tarea de eliminar la paja con la que nos obsequian de forma tan generosa.
jcibarra@deia.com |
|