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Pakistán y la dinastía Bhutto
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José Félix Merladet
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La reciente elección en Pakistán como primer ministro de Yousuf Raza Gillani por 264 votos de los 342 que tiene el Parlamento se enmarca dentro del tsunami de simpatía popular por el Partido del Pueblo de Pakistán (PPP) que desató el magnicidio de Benazir Bhutto. El atentado de Rawalpindi el pasado 27 de diciembre desmoralizó y sumió en la incertidumbre a su país e impresionó al mundo y si bien no ha sido nada aislado, ya que en Pakistán ha habido más de 270 muertos y 17 ataques con bomba suicidas en lo que va de año, sí ha supuesto un hito cualitativo en el embrollo en que se halla sumido el país. Éste quedó sumido en una cierta desesperanza y fatalismo de cara a su futuro porque se le había privado brutalmente de uno de sus referentes identitarios: la cabeza visible de lo más parecido a una dinastía real retornando del exilio. La familia resulta ser así no sólo un referente de equilibrio y estabilidad no sólo en lo social sino en ciertos países también en lo político. Y no sólo en los monárquicos, ni tampoco en los menos avanzados, ya que de ser elegida Hillary Clinton dos familias habrán estado en el poder en EE.UU. por espacio de al menos 24 años.
El paralelismo de Pakistán con India, el hermano enemigo es significativo. El trágico destino de los Bhutto recuerda mucho al de los Gandhi. En ambos casos se trata de dos familias aristocráticas que intervinieron de forma importante en la independencia del país -la de Nehru en India y la de Sir Shah Nawaz Bhutto en Pakistán- al que proporcionaron varios de sus líderes; en ambos, la mayoría de estos gobernantes conocieron una muerte violenta; en los dos casos las personalidades desaparecidas fueron sucedidas por sus descendientes con la rapidez, estabilidad y sentido de la responsabilidad -y aun del riesgo- propio de antiguas casas reales. Indira y Rajiv Gandhi -por no hablar de su homónimo y padre espiritual que no consanguíneo el Mahatma Ghandi- por el lado indio y Zulfikar Ali y Benazir por el paquistaní fueron todos asesinados o ejecutados como represalia por su acción política. Pero los sucesores ya estaban previstos. En India la viuda de Rajiv, Sonia Gandhi, ha declinado tomar el poder que ha dejado en manos de un tecnócrata Mammohan Singh -aunque sea el impulsor de las reformas económicas que están lanzando el país- mientras prepara el porvenir de los príncipes herederos Priyanka y Rahul Gandhi. En Pakistán es el viudo designado heredero Asif Ali Zardari quien ha cedido el cargo de primer ministro a un político de perfil bajo del Punjab, su amigo y compañero de prisión Gillani, muy posiblemente de forma temporal ya que él no puede serlo hasta que no sea elegido por alguna circunscripción lo que probablemente sucederá en breve. El manto del poder será sin duda transmitido a la siguiente generación compuesta por su hijo y co-presidente del PPP -curiosamente designado por Benazir en testamento- Bilawal, y los otros hijos en la reserva, Bakhtwar y Aseefa. La diferencia esencial estriba en que en Pakistán la dinastía tropieza con el omnipresente poder de los militares que periódicamente desaloja a los civiles democráticamente elegidos, cosa que no sucede en India.
Desde su cruenta partición que causó millones de muertos hace 60 años, ambos países han basado en su rivalidad, en el enemigo exterior amenazante, su propia construcción nacional. Hoy, pasado el episodio de Bangladesh parece que tal rivalidad no tiene mucho sentido, pues ni Pakistán puede inquietar seriamente a India, ni ésta tiene ningún interés en ocupar Pakistán; pero aunque ambos continúan esgrimiendo el fantasma del otro para consolidarse internamente son muchas más las cosas que les unen que las que le separan. Quien sabe quizás este nuevo asesinato contribuya a acercar a ambas dinastías y por ende aproximar simbólicamente a ambos países.
Otra diferencia importante entre India y Pakistán es que mientras en aquella la clase media urbana participa activamente del poder desde 1947 y es hoy responsable de la pujanza económica actual, en éste el poder está aun en manos de la clase terrateniente a la que pertenecen los Bhutto. Esto es sin duda un freno esencial al libre juego democrático y económico del que goza India. Los grandes señores feudales, los zamindars, controlan poblaciones enteras y como dice el escritor Ahmed Rashid en algunas circunscripciones electorales capturadas si pusieran un perro como candidato éste saldría elegido por un 99% del los votos. La democracia nunca ha prosperado en Pakistán en gran parte porque la posesión de tierras ha sido tradicionalmente la base de la que han surgido la mayoría de los políticos, excluyendo a los urbanitas y por supuesto a las masas rurales. En Pakistán no hay tampoco un líder campesino equivalente a un Laloo Prasad quien dominó mucho tiempo -eso sí con más pena y violencia que gloria- un estado de 80 millones de personas como Bihar o la intocable Mayawati actualmente ministro presidente del gigantesco Uttar Pradesh.
Pero puede que algo se esté moviendo en Pakistán. El nuevo primer ministro se ha enfrentado al presidente -y al estamento militar- ordenando la inmediata liberación de los 60 jueces revocados y bajo arresto domiciliario para que no obstaculizaran la reciente reelección de Musharraf en las presidenciales. Más importante aún, en las pasadas legislativas, los partidos islamistas radicales perdieron mucha de su fuerza lo que indica que la gente está harta de radicalismo y fanatismo. Y, sobre todo, parece que en las mentes de la coalición triunfante formada por el PPP y el partido PML-N del ex primer ministro Nawaz Sharif se está produciendo un alejamiento de la política de obediencia servil a Washington en su lucha in crescendo -ahora con predator sin piloto- contra talibanes y presuntos miembros de Al Qaeda. El nuevo gobierno se dice dispuesto a negociar el fin de la violencia con los grupos militantes de las regiones tribales responsables de los atentados recientes, enfrentándose así al enfoque puramente militar y sin cuartel de los americanos que ya han apoyado esta lucha -y a Musharraf- con 10.000 millones de dólares suscitando -en opinión de los recién llegados- la reciente espiral incontrolable de violencia como represalia de estos grupos por esta alianza con los EE.UU., Sharif ha afirmado que se trata de un problema propio y debe por lo tanto ser resuelto localmente: "Cuando tienes un problema de familia no lo resuelves matando. Te sientas y hablas. Lo mismo que hizo en Reino Unido en Irlanda del Norte". El uso de la fuerza militar debe actuar sólo en último resorte. "Hasta un tonto puede percatarse de que lo que han hecho los en los últimos 8 años no ha funcionado" (Zardari) Esto puede suponer un cambio en los frágiles equilibrios en la zona y alterar la agenda americana que rehuye las negociaciones como signo de debilidad y porque permite ganar tiempo a los militantes para rearmarse pero también puede llevar al cese de una violencia terrorista en la que en el pasado los propios servicios secretos paquistaníes han tenido un rol activo.
* Ex diplomático de la Unión Europea
El paralelismo entre India y Pakistán es significativo; el trágico destino de los Bhutto recuerda a los de Gandhi
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La democracia nunca ha prosperado en Pakistán porque la posesión de tierras ha sido la base de donde han surgido la mayoría de políticos |
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