OLAIZOLA II- MENDIZABAL 22 - 17 TITÍN III - LASKURAIN gasteiz. Extenuado, incapaz de soportar más castigo, cedió Aritz Laskurain a falta de un tanto, torturado inclementemente por la demoledora derecha de Aimar Olaizola. Gota malaya. Garrote vil. Laminado, vacío de energía, Laskurain se tumbó sobre el suelo del Ogueta. Tratando de rescatar algo de aire. Una brizna de esperanza. Un trozo de piedad. Trató, sufriente y doloso, de quitarse los clavos que le crucificaron. Fabricados en la poderosa forja de Goizueta. En la factoría del campeón Manomanista. Los brazos del Aimar golpeaban sin descanso. A plena potencia. Desbocados. Una paliza. Ininterrumpida. Imposible de detener. Titín presenciaba la escena impotente, imposibilitado por un material botón, que se adhería al suelo y al frontis como un velcro sobre un peluche. Nada de lo que hizo pudo rescatarle. Buscó voltear el diapasón. Acelerarlo con el gancho y la volea. En vano. El ritmo cansino pero efectivo catapultó a Olaizola II y Mendizabal II hacia el triunfo. Laskurain, penaba. No se le metía la pelota en la mano, sólo dolor. Agudo. Penetrante. El físico se le escurría por el desagüe. Estuvo mirando durante unos segundos al techo queriendo ver el cielo, pero hacía tiempo que caminaba braseado por el infierno con los ojos nublados por el esfuerzo. Inyectados en sangre. Augusto le recogió. Mano amiga. Aimar sonreía; Oier, soñaba. Viajaban en carroza. Hacia la historia. Arrolladores. Sepultado Laskurain e inactivado el riojano, Olaizola II y Mendizabal II conquistaron la txapela del Campeonato de Parejas, la que cierra el círculo virtuoso de Aimar, en todas las distancias.
Aimar se elevó por encima del resto cargando sobre Laskurain. Oier Mendizabal II, su compañero, también respondió a la exigencia con nota en una final de lija. En el frontón más asfixiante. Titín amaneció con el freno de mano puesto frente a un Olaizola II enchufado, de lo más intenso. Cuando todos esperaban la electricidad de Augusto, mandaba el método Aimar. Corte y confección. El de Goizueta y un sólido Mendizabal II colocaron los cimientos sobre los que giraría su puesta en escena: trabajo. Un mono azul. Apenas algún destello. Con semejante propuesta tomaron el mando. Ocurría, empero, que a la final le faltaba la combustión de Titín III. El de Tricio se lo tomó con calma. Dejó hacer hasta que se conectó con una sutil dejada. Su cuerpo gritó rabia. Bienvenido a la final, Augusto. Los errores comenzaron a sacar la cabeza en la final. Se quedaron toda la tarde. Una lástima. Acompañaron con saña a Laskurain, que entregó 10 pelotas en el cómputo general. Un mundo. Demasiado para salir ileso del combate. La final, que dominaban en el arranque Aimar y Oier, se igualó con el despertar de Titín. El cambio de pelota, el material resultó determinante en ambas direcciones, y la aparición en escena de Augusto generó otro escenario. Más rápido, más digestivo, más brillante.
primera gran tacada Con el riojano sublime, y Laskurain encendido, el 7-3 se convirtió en un 7-15. Fueron los mejores instantes de la final. Los más brillantes. Titín enredó al de Goizueta y le hizo un par de nudos. Pintó un cuadro absolutamente bello. En su propuesta implicó al zaguero de Soraluze. Entonado, Laskurain gozó de pelota y mandó a galeras a Mendizabal II. Oier, que hasta ese momento estaba realizando un gran trabajo, se vio superado por la mayor pegada de Aritz. El de Añorga no movía la pelota con la alegría de antes. El cuero de Titín y Laskurain obligaba más de la cuenta a Oier. En esa zozobra, Aimar desatendió a su compañero. En medio del aguacero, Olaizola II abrió el paraguas y se cobijó. Silbando. Si en ese tránsito no hubiera aparecido un error de Laskurain con la derecha, difícilmente Olaizola II y Mendizabal II hubiesen ganado. La tendencia del navarro a esconderse cuando la cosa pinta fea a punto estuvo de costarles el título.
Volvieron a la vida vía error del rival y explotaron continuamente la misma veta: Laskurain. Aimar no tenía ninguna intención de verle el rostro al riojano. Dedicó todos sus recursos a machacar al zaguero de Soraluze. Rehuyó de cualquier tipo de debate en la cocina y se entregó en cuerpo y alma a mandar recados a la trastienda. Hasta aniquilarla. El público abucheó la obstinación de Aimar, que incluso con pelota franca mandaba un pelotazo tras otro a la zaga. No entienden como un pelotari con unos recursos y una capacidad enormes para el remate puede apostar de modo tan descarado por una propuesta tan alejada de la estética. Puro patadón y tentetieso. Pero el de Goizueta no estaba para estilismos. Sabía que la txapela estaba en Laskurain, agonizante. Demasiado expuesto. Augusto forzó al máximo para salvarle, pero su paradita y el campeonato acabaron de alguna manera en aquella chapa. Después, Laskurain, exhausto, miró al techo. En el cielo estaban Aimar y Oier.