Frialdad sin guerra fría La cumbre de la OTAN celebrada en Bucarest no ha propiciado avances en lo que es el principal reto de la alianza: conseguir un régimen de buena vecindad con Rusia, que ve con recelo cualquier intento de ampliación.
LA que ha sido calificada como la más grande cumbre de la OTAN en su historia, por el número de jefes de Estado y de Gobierno reunidos y por cuestiones como los acuerdos de cara a la ampliación o la apuesta decidida de Francia por la Alianza, ha acabado, no obstante, con nulos avances en lo que se puede considerar su principal asignatura pendiente: la convivencia en régimen de buena vecindad con la Federación Rusa. "La guerra fría se ha acabado. Rusia ya no es nuestra enemiga", decía en Bucarest el presidente de Estados Unidos, George Bush. "No hay una Unión Soviética hoy. ¿Contra quién existe la OTAN?", preguntaba, por su parte, el presidente ruso, Vladimir Putin. No existe la guerra fría, pero sí una frialdad en la comunión de intereses que no puede ser disimulada por las poses diplomáticas de rigor en este tipo de encuentros. Como reconocía el secretario general de la Alianza Atlántica, Jaap de Hoop Scheffer, la ampliación a nuevos miembros de la Europa del Este es el principal handicap para una normalización de las relaciones con Rusia, aunque en el intento de ahuyentar fantasmas de épocas pasadas rechazó que se pueda hablar de "confrontación". Putin, en cambio, ha destacado que no le basta con la promesa de que la ampliación hacia sus fronteras no supone una amenaza para su país y se remite, para reforzar sus argumentos, a la experiencia de anteriores ampliaciones, que han servido para asentar en espacios cada vez más próximos instalaciones defensivas de la alianza. Durante el encuentro entre los socios de la Alianza y el presidente ruso no se analizó en detalle uno de los escollos contra el que chocan una y otra vez: el escudo antimisiles que Estados Unidos pretende desplegar en la República Checa y Polonia. Por contra, sí parece que la Alianza y Rusia están dispuestos a abordar de forma urgente sus discrepancias sobre la reducción de fuerzas militares no nucleares, el conocido como Tratado de FACE, que Moscú suspendió de forma unilateral el pasado diciembre. No todo fue, por tanto, frialdad y desencuentro. La cumbre sirvió también para reforzar el despliegue de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) para Afganistán, y aquí Rusia también puso su granito de arena al permitir a la OTAN el tránsito por territorio de la Federación para transportar equipamiento militar (aunque no de armas) para la misión en el país centroasiático. Respecto a la participación del presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, esta cumbre pasará a la historia como la del encuentro fallido con el presidente estadounidense, torpemente insinuada como previsión por fuentes del Ejecutivo socialista. La foto que buscaban ha sido sustituida por otra de un Zapatero solo y al margen del resto de los mandatarios reunidos en Bucarest. Frialdad sin guerra fría.