Ha sido portada en bastantes periódicos y noticia puntera en algún telediario. Ha sido motivo de trifulca entre varios políticos y chispa de litigio entre togados y leguleyos. Ha sido causa de infinitas palabras escritas y dichas aunque de muchas menos leídas y escuchadas. Al final ya está la bandera, la famosa bandera, la soleada y pimentonera bandera en lo más alto del Ayuntamiento, y ni las hipotecas han bajado, ni ha disminuido la venta de garrafón ni hay menos insolidarios que aparquen en el lugar reservado a los minusválidos. Pues por mucho que se empeñen los medios el asunto del símbolo español en la balconada, casi en la tejavana de la Casa Consistorial, sólo ha alterado el ánimo de una mínima minoría minoritaria. Gustará menos o más, se contemplará como propia o como ajena, pero si somos sinceros la izada nocturna y de tinte clandestino está siendo protagonista de escasas conversaciones. Y de preocupaciones, ni hablamos.
Uno entiende el valor de las insignias, los iconos, los emblemas y todo tipo de enganches emocionales. Uno admira a quienes cuando estaba prohibida se envolvieron en llamas o arriesgaron su vida por legalizar la ikurriña. Manuel Fraga sigue todavía en forma y la crucífera ondea hasta en el Gobierno Civil sin que nadie haya tenido que pasar sobre su cadáver. La bicolor de oro y sangre tampoco es la tela casposa o bélica de antaño, y el pueblo español sueña más con verla aireada en manos de Chiquilicuatre que con sentirla airada en poder de la ultraderecha. El poeta Adam Zagajewski así describió un hastío o indiferencia que en Bilbao parece hoy ley: "Banderas, abrigos donde naciones cansadas, negras por falta de sueño, vivaquean, banderas, arrugadas sábanas de héroes, banderas, dejad ya de taparnos los ojos, volved a vuestros campos de algodón, volved a Asia." Tranquilidad, pues, y buenos alimentos. |