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06-04-2008
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Carmen, hija del comandante Vallejo, líder revolucionario excluido por el castrismo, relata su historia a lo largo de media revolución, desde que en 1981 intentara huir a Estocolmo vía Moscú, con más resignación que esperanza en el futuro cubano.
DESDE que Carmen Vallejo intentó huir de Cuba en 1981, ella y su esposo, Rey Febles, tratan de seguir con sus vidas en una sociedad que les ha dado la espalda tras aquella descabellada aventura que comenzó con un viaje a Moscú, a donde Carmen fue enviada para ser operada de la vista, a la que puso fin de manera drástica el gobierno sueco. "Me escapé de Rusia y pedí asilo político en Estocolmo. Les expliqué mi situación. No entendieron nada y me devolvieron a Cuba para meterme presa", relata. "Tenía 28 años y cuando llegué, me sentí la persona más miserable del mundo. No fui a la cárcel, pero a mi esposo y a mí nos echaron de nuestros trabajos y nuestros amigos decidieron ignorarnos y echarnos de sus vidas. Perdí el hijo que esperaba y ya no pude volver a quedarme embarazada. Desde entonces yo sólo le tengo a él y él sólo me tiene a mí".

Los habitantes del edificio 219 en una calle del Vedado, en La Habana, tratan de adecentar el portal con los medios de los que disponen. No hay ningún cartel que alerte al visitante de que las paredes y el ascensor están recién pintados y Carmen y Rey tienen que andar con cautela para llegar al cuarto piso sin mancharse. "Así es Cuba", ríen con resignación. "Cada dos días hay un edificio que se derrumba en La Habana. Al menos, éste está en buenas condiciones". Licenciados en Literatura y Lengua Francesa, se encuentran desde hace años "atrapados" en la isla y viviendo gracias las traducciones y a alguna que otra clase particular de francés. Parecen fuera de contexto en el dulce sufrimiento en el que viven los cubanos. En la lenta espera de que algo pase. "Aquí mucha gente dice que si las cosas no cambian es mejor olvidarse de ellas, y eso es lo que hacen. Olvidarse", opina Rey Feble.

el comandante vallejo No lo quieren disimular. Se les nota que aún duele, y mucho. El vacío social, el sufrimiento de la familia y la incapacidad de dar un paso adelante en lo que se refiere al país. Su memoria es de las pocas, por no decir la única que aún retiene la verdadera historia de René Vallejo y María Witowska. Los padres de Carmen. Él, comandante de la revolución, amigo y médico personal de Fidel; ella, una ucraniana que huyó de los campos de concentración rusos una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. "Mi padre murió en 1969 a los 49 años de edad", recuerda sin querer aclarar cómo y en qué circunstancias se produjo esta precipitada muerte. "Sólo puedo decir que no estaba bien visto por Raúl". Traiciona su silencio. "Eso son sólo rumores, no digas esas cosas porque no sabemos si es cierto", interrumpe Rey con el fin de retractar las palabras de más de su esposa. "Sí. Nosotros contamos nuestra historia a quien quiera escucharla. Estamos hartos de que todo el mundo diga tonterías. No tenemos nada que perder, pero aún así no queremos hablar sobre lo que no conocemos con certeza".

Certeza. ¿Queda alguna en esta Cuba de medio siglo después? Aquel 1 de enero de 1959, La Habana comenzaba un nuevo período en el que para dejar de ser el patio de recreo de los norteamericanos pagó un alto precio. El de la lenta decadencia. Los propietaios habían abandonado sus casas y las señoriales avenidas con sus palaciegos edificios se encontraron de pronto a disposición de los hasta entonces rebeldes. "A mamá le dijeron que podía elegir una casa. Entró en varias y estaban llenas de fotografías de comunión, de ropa, de platos aún por lavar. Los antiguos propietarios ni si quiera pudieron llevarse sus anillos de boda", relata Carmen. "Salió de todas ellas y dijo con rotundidad: no quiero vivir en una casa donde hay lágrimas y maldiciones. Estableció un contrato de compra-venta y durante veinte años pagó el apartamento en el que mi esposo y yo nos encontramos ahora", cuenta Carmen. "Poco antes de que falleciera nos aseguró que moría tranquila, porque dejaba a sus hijos un techo donde vivir", añade Rey Febles.

La historia de la familia Vallejo Witowska podría compararse con la de muchos otros cubanos. Luchar, huir y seguir luchando. Por unos ideales al principio, por sobrevivir después. Sin embargo, la de esta familia, lleva impresa la gloria y el sufrimiento de la isla. Todo comenzó al terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando el doctor René Vallejo, tras haberse graduado en la Universidad de la Habana, se unió a las tropas aliadas trabajando para la UNRRA (Administración de Rehabilitación y Alivio de Naciones Unidas). En Alemania, en uno de los nuevos campos de concentración creados por la Unión Soviética, en donde ejerció de director médico-cirujano, conoció a la ucraniana María Witowska. "Ella estaba desnutrida y enferma", asegura Carmen. "Mi padre la vio y dijo: en unos cuantos días tendrás de nuevo esas piernitas bien lindas. Poco tiempo después se casaron allí en Alemania y vinieron para acá. Ella con un pasaporte polaco falso porque había desertado del campo".

El perfecto corte de pelo y el refinado bigote que René Vallejo lucía en sus fotos de boda pronto dejaron paso a una tupida y larga barba. Los revolucionarios cubanos ya habían despertado. Pueblo a pueblo, aldea por aldea, este futuro comandante, junto con dos de sus hermanos, sentaron las bases de la medicina rural de la isla; preparándola así para lo que llegaría más tarde.

"Pocos saben ahora la historia de mi padre", afirma Carmen antes de reanudar su relato. "Y menos aún conocen su labor como médico. Era un hombre culto y refinado, muy entregado a su profesión". Imágenes del comandante, junto con otros líderes como el Che o Fidel, atestiguan una tez pálida y unos delicados rasgos que han quedado impresas en el rostro de su hija.

Antes de abandonar el hogar para subir a Sierra Maestra y unirse a los guerrilleros, Vallejo creó en Manzanillo el hospital de La Caridad. En ella ya atendió a los primeros rebeldes heridos que desembarcaron en el Granma desde México para iniciar la lucha armada en 1956. Sin embargo, el que después crearía también el primer hospital de la revolución ya había participado con anterioridad en diversos levantamientos con el fin de derrocar a Fulgencio Batista. Su vinculación con el Movimiento del 26 de julio, una organización política y militar creada por Castro en Santiago de Cuba, le costó la prisión y la puesta en libertad condicional poco después. "Cuando yo tenía seis años, Fidel mandó a buscar a mi padre, para que subiera con los rebeldes a Sierra Maestra. Las autoridades de Batista notaron su ausencia y comenzaron a acosar a mi madre. ¿Donde está su esposo?, preguntaban. Se ha ido a La Habana a trabajar, contestaba ella hasta que un día la revista TIME publicó en portada una foto de Fidel Castro con mi padre al lado", ríe Carmen mientras mira con complicidad a su marido. "Tuvimos que huir". El miedo a ser descubiertos hizo que la esposa del médico rebelde tomara una drástica decisión. Su hija iría con ella mientras que su otro hijo partiría con una tía. Y no hay mejor modo de ocultarse que hacerlo en el lugar donde vive el enemigo, en su propia casa. "A mi hermano lo matricularon en el colegio donde estudiaban los hijos de Batista. Y mi madre y yo nos instalamos aquí en el Vedado".

obtener de la nada "No hagan caso de lo que vean aquí. Los cubanos no tienen computadoras ni cosas por el estilo", aseguran Carmen y Rey mientras encienden el ordenador en una de las habitaciones de su casa. Recientemente han empezado a escanear las imágenes del comandante Vallejo junto con otros líderes de la revolución. "Miren, aquí está con Camilo Cienfuegos", dicen señalando la pantalla. "Lo que otros no tienen nosotros simplemente lo conseguimos". Conseguir. Un verbo que junto con resolver es en esta Cuba de medio siglo después un decálogo de experiencias: obtener de la nada.

Hecha la revolución, deshechos los ideales, todo aquel que no abrazó el comunismo quedó excluido de la gloria. "Mi padre era un hombre profundamente católico, y como no renunció a eso y no se hizo del partido, lo excluyeron. No importaba todo lo que hubieras hecho antes". Cuba se había perdido y ahora era verdad. Era verdad, no mentira, escribió Rafael Alberti en su poema Cuba dentro de un piano.

"Sólo puedo decir que no era bien visto por Raúl", dice Carmen; "Son rumores, no digas esas cosas", corrige Rey

La hija de René Vallejo, médico y rebelde en Sierra Maestra, excluido por los Castro, sobrevive en La Habana
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