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Contador celebra el triunfo en la meta de Legazpi. Foto: Zigor Alkorta |
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Como un disparo
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Alberto Contador es el primer líder tras atacar en Deskarga y llegar destacado a Legazpi.
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Alain Laiseka
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Legazpi. "¿Vas a atacar hoy?". La pregunta es un señuelo. Un capote. Para que Alberto envista. El madrileño, un animal herido, vejado, vetado por la organización del Tour de Francia, lo mira con desinterés. Como las vacas al tren. Calla. La voz insiste. Otro pase. Se descuelga al pasado. "Sí, hombre, que aquí ganó Mayo en 2003 después de atacar en Deskarga". Aunque impreciso, porque Iban cimentó aquella su primera victoria de etapa en la Vuelta al País Vasco en el llano antes de meta, en un repecho escondido a menos de un kilómetro de la llegada, Benjamín Noval consigue descorchar una respuesta de Contador. "No, no voy a atacar", responde el líder del Astana en la salida de Legazpi. Luce el sol. Un espejismo. Ninguno de los dos astros habla en serio.
Las palabras de Contador se las lleva el agua, en cascada, poco más de tres horas y media después, cuando su sonrisa aprieta de nuevo el gatillo sobre la primera meta de la Vuelta al País Vasco. De París a Legazpi. De nuevo en amarillo. Para la galería queda, pieza de coleccionista, un ataque a un kilómetro de la cima de Deskarga al que nadie respondió. Miradas congeladas, abatidas, como las piernas. Duras. De palo. En meta, tres segundos de renta. Como Mayo en 2003. Un botín preciado en una vuelta encorsetada, milimetrada, que ayer empezó a perder candidatos para luchar por la general en la crono de Orio.
Dice Contador que su rabia, su ira, es un rescoldo, menos, tan sólo un recuerdo, que no llega a carcomerle. Insiste en explicar sobre el papel, frases de tinta, que no podría vivir con esa carga. Dolor destructivo. "Sería insoportable. No tengo nada que demostrar". Por eso, el madrileño lo ha metabolizado, le ha sacado partido. Sentido común. Ha conseguido hacer de la desdicha un motivo para mentalizarse, para crecer. Reciclaje. Se ha fabricado un calendario, un libro de ruta, que caracolea entre las carreras que organizan ASO y RCS (sociedades que gestionan, entre otras, el Tour y el Giro). La Vuelta al País Vasco es su primer grito. Luego llegarán la Dauphiné Libéré, los Juegos Olímpicos, la Vuelta, el Mundial…
"Ahora me siento más corredor que cuando gané el Tour". En carrera ejerce como tal. El mejor ciclista del mundo. El más espectacular. Descarado, desafiante. Patrón. Lo era en las primeras rampas de Deskarga, la última tortura, la séptima, de la primera jornada de la Vuelta al País Vasco. Un aperitivo. Indigesto. Todavía entonces, a diez de meta, Contador seguía aferrado a su idea. "En serio, no era mi intención atacar", se justificaba sobre el podio, aterido de frío, congelado pese a haberse cambiado de arriba abajo, antes de forrarse de amarillo. Pero le pudo su instinto, su credo. Contador es devoto del ciclismo espectáculo. "Ésta es mi forma de correr. Cuando estoy bien, nunca me reservo". Sencillo. Práctico. Vistoso.
Quizás no quisiera hacer temblar a sus rivales tan pronto, pero el madrileño no tardó ni cuarenta kilómetros en autoproclamarse favorito. En cuanto la fuga de Egoi Martínez e Iban Mayoz (a los que en un principio acompañó Mickael Buffaz) cogió vuelo (3:55 en el kilómetro 40), el Astana tomó el mando. El mercurio comenzaba entonces a perder altura. Grado a grado. Al compás de las primeras gotas. Presagio del diluvio. Lo esperado. Paisaje típico. Travesía sobre una asfalto de espejo. Reflejos de la Euskadi rural. Entre caseríos. Sobrepasando tractores, los bueyes modernos. Surcando tejados rojos apilados en torno a una iglesia que corona, siempre, una atalaya. Toboganes. Así lo pinta Paolo Bettini a los neos que debutan en la Vuelta al País Vasco: "Es una carrera en continuo sube y baja en la que siempre llueve". Y en medio del diluvio lució el arco iris. Tres. Los dos del italiano y el de Igor Astarloa. El ermuarra salió del ostracismo para liderar, junto a Bettini, la persecución de Egoi Martínez e Iban Mayoz cuando la carrera serpenteaba entre Liernia y Gabiria, pero lo suyo fue un fogonazo. Se apagó bajo la lluvia cuando el del Quick Step se salió en una curva. Desbocado. Como el pelotón. Al ritmo del Astana y el Silence Lotto. Duelo de altura. De Tour. Contador y Evans. Lo que se pierde la ronda gala. Su ritmo acabó por trizar el grupo. Zas. Corte profundo. Limpio. Delante sólo quedaron 50 corredores camino de la primera pasada por meta, por Legazpi. Juanma Garate y Carlos Barredo eran las primeras víctimas.
Ataque helado Solía decir el ermuarra Pedro Horrillo cuando era aficionado que Deskarga era dos rectas, en relación a su longitud. Es Corto. Pero duro. Antes de la primera Egoi Martínez y Mayoz se sumían en el anonimato. Absorbidos. Y nada más empezar, Ezequiel Mosquera, el ciclista curtido en el aserradero, cursó su apuesta. Atrás el grupo se apiñó. Al calor. Hasta que a un kilómetro de la cima, Contador, ardiente, dejó helados a Evans, Cunego, Riccò, Rebellin, Astarloza o Antón, dio caza al del Karpin-Galicia, se lanzó en su compañía en el rápido descenso, le soltó a un kilómetro y medio de la línea de meta, sacó a relucir su sonrisa y apretó el gatillo. Sonó un disparo. |
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