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Tributo de sufrimiento
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Patxi Lázaro
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El lehendakari y el presidente del Gobierno se distinguen por ser los únicos mandatarios que aprueban ante la opinión pública. Ciertamente sin matrícula de honor, pues ambos reciben el pulgar en alto con un cinco raspado. Pero son los únicos que lo logran. ¿Y esto por qué es así? ¿Por sus excelentes dotes como oradores, por su honestidad intelectual? No es esto lo que nutre la benevolencia de los encuestados. Difícilmente influirá la coherencia ante un público incapaz de apreciarla, y además, ¿qué se puede decir de un presidente que en un prólogo a cierto libro de su compañero de partido Jordi Sevilla llegó a proclamar con burdez nihilista que en política no existen verdades lógicas? El lehendakari sí posee un programa bien estructurado, tal vez en exceso, donde todos los elementos parecen encajar como las piezas de un mecano. Sin embargo, otros también lo tienen, y pese a ello se ven obligados a dar un paso con el capirote encima hacia el pizarrón.
El secreto no está en los ingredientes sino en la forma de cocinar. Ibarretxe y Rodríguez Zapatero son personas modestas, que saben presentarse ante sus seguidores no como caciques españoles de la Restauración, sino como uno más del común. El modelo a imitar no es un Cánovas o un Roca, sino Abraham Lincoln, que se presentaba ante las masas como un palurdo de pueblo, pero hizo discursos de dos minutos que quedarán para los siglos. Comparecer ante el respetable sin pretensiones ni afán de destacar, como denominador común de la militancia, resulta más eficaz que andar por ahí reclamando primogenituras o calzándose el guantelete. Además, hace valer con mayor autoridad el puntillo mesiánico que todo buen político ha de tener.
Esta llaneza, y también algo vulnerable que uno exhiba en su aspecto físico o en su comportamiento, estimula el sarcasmo y la agresividad de sus enemigos, que se traduce en un aluvión de chistes, injurias, panfletos e incluso demandas judiciales. La sangre atrae al tiburón, y todos los palafreneros del reino se ven con derecho a soltar su bufonada. Pero esto, en el fondo, también es positivo: el público siempre se pone del lado del agredido, respaldándole no sólo con su clemencia sino también con su voto.
Pero lo más importante, lo que mejor explica el éxito de estos dos políticos, es que se trata de protagonistas en el sentido más literal. La opinión pública ve a Rajoy como un señor de Pontevedra que aprobó las oposiciones a Registrador de la Propiedad, a Llamazares como un maniático del orden capaz de poner en línea sus cuartillas ocho veces por minuto, y a José Bono como un Sancho Panza promiscuo, que milita en la izquierda pero habla como si fuera de derechas. Al final todos aburren: ninguno tiene una historia que contar, y su cotización en el bolsín de la popularidad termina desplomándose sin remedio.
Otros sí la tienen. Zapatero es el hombre de la suerte, un Fernando Alonso de la política que sacó a las tropas de Irak y quiso resucitar la Segunda República, que fue el campeón de la memoria histórica y los matrimonios gay, frente a una derecha inquisitorial y aznárica que aprovecha cualquier oportunidad para lanzarle piedras. Ibarretxe fue, y sigue siendo, un piloto contra la tempestad, el hombre del plan, impulsor de una nueva visión del nacionalismo vasco y una relación bilateral amable con Madrid, y por todo ello ha sufrido vejámenes, persecuciones judiciales y desprecios.
Equivocados o no, ambos han pagado el tributo de sufrimiento que el público demanda para conceder su favor. A la gente no le importa lo que se sea ni lo que se esté predicando; lo único que quiere es que uno no se conforme con cantar en el coro o que haga un solo en forma de figurón costumbrista. Hay que dar un paso al frente y relatar una historia propia. En la vida lo que importa no son los planteamientos, sino las historias. Estos dos hombres la tienen. De aquí la expectación latente ante la perspectiva de un futuro encuentro de ambos en el contexto de las negociaciones para la gobernabilidad.
El modelo a imitar es Lincoln, un palurdo de pueblo que hizo discursos memorables que quedarán para los siglos
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Zapatero es el hombre de la suerte, un Fernando Alonso de la política que quiso resucitar la República |
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