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Morris Possoni lanza una mirada reveladora a Kim Kirchen, quien celebra su segunda victoria de etapa. |
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Kirchen, haciendo amigos
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Aparta a Possoni, su compañero de equipo, de la victoria al superarle en los últimos metros.
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Alain Laiseka
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Gasteiz. "Ponlo otra vez". Es necesario verlo repetido. En directo ha parecido que Kim Kirchen, el luxemburgués que se impuso a Bettini y Herrero en la meta de Erandio La Campa, ha batido a Morris Possoni, su compañero de equipo en el High Road, en el último suspiro, sobre la línea de meta. Imposible, no puede ser. Hay que tirar de moviola. El diferido es más demoledor. Enfilan la recta, los últimos 500 metros, Amets Txurruka, Matthew Lloyd y el propio Possoni, los supervivientes de la escapada de la jornada que se fraguó en el kilómetro diez de la etapa. Trazan la curva y caracolean. Se vigilan. Amets se gira para ver si llega el pelotón. No lo ve. Pero lo escucha. Un zumbido penetrante. Un bramido. Los tres juegan con el tiempo, lo marean. Cábalas. Sangre fría. Aparece a su espalda el pelotón. Hienas hambrientas. Huelen la carroña. Tira, sorprendente, el High Road de Kim Kirchen, el de Possoni. Inexplicable. El trío acierta a ver a los perseguidores por el retrovisor. Lloyd y Txurruka no han soportado la presión. Se lanzan a por la victoria. Possoni les sigue. Lleva el cuchillo entre los dientes y no tarda en superarles y buscar la pancarta de meta, que se abre majestuosa ante él, le estira los brazos para abrazarle. Apenas quedan 200 metros. Los acontecimientos se precipitan. Herrero sopla a los fugados en el cogote con Kirchen a su rueda. Bilbaino y luxemburgués sacan el intermitente y superan al trío pegados a la valla izquierda. En paralelo. Cae Txurruka, cede Lloyd… Y Kirchen levanta los brazos antes de cruzar la meta, nada más superar a Possoni, segundo. Un triunfo, el decimoquinto de la temporada para el High Road (el heredero del T-Mobile que el año pasado por estas fechas llevaba sólo 2 victorias), con espinas. Agrio. Polémico, aunque la dedicatoria de Kirchen fuera a parar al final a "mi joven compañero de equipo". Una mofa. Haciendo amigos. La mirada de Possoni, oculta tras los cristales oscuros de sus gafas, escupía, seguro, puñales, espadas. Ira.
txurruka, más cerca Fue ése el controvertido epílogo, una inyección de emoción, a una etapa marcada por la ascensión, en su inicio, a La Herrera y la larga travesía que restaba luego hasta Gasteiz. Desde la cima del puerto que separa Araba de La Rioja sobro todo menos los últimos quinientos metros. Un desperdicio de tiempo. Para entonces, para cuando la carrera se asomó a las primeras rampas del coloso, un grupo que integraban Amets Txurruka, Morris Possoni, Matthew Lloyd, Dario Cataldo y Tom Stubbe amasaba ya más de tres minutos de diferencia que se quedaron en apenas dos en la cima merced al trabajo del Saunier Duval. Un amago. Luego, el conjunto amarillo se replegó. El trabajo era estéril.
El quinteto compartió sueño: llegar a Gasteiz. Amets Txurruka, un ciclista abrazado a la desdicha, maltratado por las lesiones y las caídas (la última fue este mismo año en Mallorca, donde se fracturó la clavícula y tuvo que estar un mes en el dique seco), pese a lo cual su talante tranquilo y despreocupado nunca se ve afectado, fue sumando credo, convicción, a su anhelo, cuando olfateaba Gasteiz, sobre la atalaya de Zaldiaran, la puerta de entrada a la capital alavesa, donde Lloyd, el campeón australiano, trató de ocupar su sueño. El etxebarriarra se le unió bajando. Como Possoni. Los tres colaboraron. Se entendieron hasta la recta de meta, adonde llegaron agonizando para morir a un suspiro arrollados por un tren que encabezó Kirchen. A Txurruka lo engulló el anonimato. 7º en meta. Nada. Una palada de arena. La misma que en la etapa del último Tour con final en Castres tras esfumarse su sueño a 900 metros de meta. Ayer sólo le sobraron 50. O menos. Ya está más cerca de su estreno. |
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