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Dos ciclistas ascienden los últimos metros de la subida a Aia, el tramo más duro, andando, con la bici a cuestas por el estrecho pasillo que dejó el público. reportaje fotográfico: Zigor Alkorta |
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Vuelta al País Vasco La crónica
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Tormenta en Orio
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La polémica subida a Aia y una caída a 300 metros de meta marcan una etapa que gana Cunego.
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Alain Laiseka
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Orio. Cae la noche en Orio. En plena tarde. Mal presagio. Negro. Una cortina de agua tiñe el pueblo amarillo, y la meta que se asoma a la playa, a un mar asilvestrado. Cantábrico. Su bramido, sin embargo, es inaudible en meta. Por el bullicio. Reina el desconcierto que oscurece la sonrisa de Damiano Cunego. Flores grises. Pálidas. Su entrada en meta junto a Alberto Contador ha sido un fogonazo. Ha levantado la mano y ha esbozado una mueca de placer. Es el único. A 300 metros de la pancarta de meta, un paso elevado ha dibujado una acuarela de pavor que eriza la piel. Es David Herrero. Permanece junto al bordillo, sentado, cubierto por un paraguas azul que no sirve para secar sus lágrimas. Agua salada. Amargura. Llora su desdicha tras intimar con el asfalto en la última curva de la quinta etapa, la que debía de decidirse en la sinrazón de Aia y acabó por saltar en pedazos en el descenso de Txanka, en el último kilómetro, en una curva a la derecha que Cadel Evans, Herrero y Ricardo Riccò tomaron en dos tiempos. El primero fue un frenazo seco contra la acera. El segundo, un lamento hasta la meta. Final con polémica.
Truena en Orio. Tormenta. Habla Álvaro Pino, director del Karpin-Galicia, de Herrero. "No hay derecho", brama. Está caliente. Todavía. Minutos antes ha preferido no hablar. Entonces, su corazón era un 90% ira. La cólera se le había subido cuando acertó a ver por el televisor de su coche cómo una figura blanca se precipitaba contra el asfalto. Era David. Con él caía Evans, mientras Contador y Cunego esquivaron, por milímetros, la desdicha. Riccardo Riccò no. El grupo se desparramó. Goteo en meta. Baile de muertos a la estela de Cunego, el ganador, y Contador, el líder. Dekker, Kirchen, Rebellin, Purito, Mosquera, Monfort, Astarloza, Antón... Desfile de desconcierto. Estaba cantado. "No hay derecho". Pino se refiere a los últimos kilómetros, al descenso del repecho de Txanka, un estrecho culebreo que moría en una rotonda a la derecha. Un giro, cerca de 100º, que moldeó la Vuelta al País Vasco. En ella entraron Evans y Herrero en cabeza. Sin cabeza. Mente en blanco. Atrapada por la adrenalina. Así, el peligro es transparente, no se ve, no se intuye. El australiano había precipitado, valiente, los acontecimientos tras coronar el repecho. Buscaba, quizás, redimirse de la humillación a la que le condenaron las piernas de alambre de Contador en Deskarga. Por eso se lanzó. Tumba abierta hacia una sepultura cerrada. Una rotonda. Evans la pisó primero, con Herrero a su estela, acosándole. Giraron. Sobre un filo, sobre un asfalto de cristal que se rompía en añicos en un paso de cebra elevado. Un limitador de velocidad. Un cepo para las ruedas. Las de Herrero, Evans y Riccò dejaron de girar allí.
Australiano e italiano reemprendieron la marcha. Raudos. David no. Se quedó en el suelo. Inmóvil. Dolorido. Le interrogaban los médicos. Pregunta profesional, lógica: "¿Dónde te duele?". Herrero les señalaba el costado derecho, el que se agarraba, pero podría haberles explicado que la fractura estaba en el alma. Llora. Es rabia, impotencia. El lado humano de un deporte inhumano. En meta, su novia simbolizaba la agonía, la desesperación. Espera bajo un paraguas. Han pasado ya tres minutos desde que entró Cunego. Herrero llega a duras penas. Se ha vuelto a subir en la bici ayudado por dos personas. Pedalea martirizado. Por el dolor que trata de achicar. Sigue llorando. Lágrimas que se pierden tras las puertas de la ambulancia de la DYA. Le carcome la duda: ¿Cuán profundo es el golpe? Lo sabrá hoy.
Un circo La etapa reina de la Vuelta al País Vasco acabó así, en tormenta. La despuntó la caída de Evans, Herrero y Riccò, pero antes de que eso ocurriera, antes de que esa rotonda empañara la carrera, la subida a Aia, el puerto inventado, había desatado las críticas. Hasta su base, a 15 kilómetros de Orio, se vio ciclismo. Espectáculo. Sólo unos 50 corredores pasaron los filtros de Elosua, Santa Ageda y Alkiza. Seis días, toda un Vuelta al País Vasco comprimida en apenas 24 kilómetros. Los dos de Descarga y el kilómetro novecientos metros de Aia y los 20 de la crono de hoy en Orio. Da que pensar. Sobre todo cuando dos de ellos, los de la subida a Aia, lindan con el esperpento. ¿Espectáculo o circo? No es lo mismo.
Igor Antón, dos veces, y Joaquim Rodríguez fueron los únicos que atacaron en la rampa de Aia. Purito, en la parte más dura, hizo añicos el grupo. Sólo Contador, el líder, pudo seguirle en un pasillo estrecho por el que desfiló la agonía. Cuerpos retorcidos. A la estela del dúo de escaladores, Evans, Schleck, Dekker, Cunego, Riccò, Astarloza o Antón alcanzaban la atalaya de Aia. Veinte privilegiados. Todos los demás subieron andando o a empujones. Alpinismo. Lo nunca visto. Bochornoso. La primera gota de una tormenta que estalló 12 kilómetros y setecientos metros más tarde, en una rotonda que cercenó los sueños de podio de David Herrero. Quizás se podían haber evitado. Ambas. |
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