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Cunego y Valverde escalan la cima de Muniketa tras despegarse del grupo principal. Foto: Zigor Alkorta |
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Valverde aprende a perder
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Se marcharon en Muniketa y se jugaron el triunfo en la recta de la calle Nafarroa.
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Alain Laiseka
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Amorebieta. Alejandro Valverde se explica con el corazón en el cielo de la boca. Por ahí se descuelgan, a trompicones, palabras inconexas. El primer esbozo del sprint que estrenó ayer la nueva ubicación de la meta de la Klasika Primavera, en la calle Nafarroa, es un telegrama. "He frenado y he tirado para el otro lado". Nada más. El mensaje cae en los oídos de un auxiliar del Caisse d'Epargne, que le escucha mientras le arropa. Mimos. Ambos se cobijan al pie del podio. El murciano sigue hablando, justificando su derrota, por milímetros, ante Damiano Cunego. No está acostumbrado. Le duele. Corrosión. Recuerda que no hace mucho le apodaban el imbatido, por su voracidad, por su incapacidad para perder. Un don. Ganador. Desde su primera carrera en cadetes. Primero. Un hábito. La Klasika Primavera supo de ello en 2003, el segundo de profesional del murciano. Y en 2004. Ambas al sprint. Letal. La acidosis de Valverde ha remitido ya cuando Cunego se acerca al podio. Le tiende la mano, le felicita y le expone su versión del sprint. Sonríe desenfadado mientras con las manos trata de escenificar lo ocurrido en la última recta.
La mano izquierda del murciano se convierte en Cunego. La derecha es él mismo. Explica de ese modo que ha tratado de meterse por su derecha, pegándose a las vallas, pero que no ha encontrado hueco, que ha tenido que frenar, rectificar la trayectoria y volver a lanzar el sprint por la izquierda de la calzada. Todo en apenas unos segundos. 150 metros. Cunego le atiende sonriente. No ha visto nada de lo que Valverde le explica, pero sigue sonriendo. No hay resquemor. El tono del murciano es conciliador, exento de acritud. Lo refuerza con una frase: "Pero no pasa nada, ¡eh! Son lances de la carrera", le dice y posa su mano derecha sobre el maillot del Lampre que porta el italiano mientras acompaña el juego con una carcajada. Es otro. Sin presión en abril. Sin frustración por una derrota. Todo lo provoca una fijación: el Tour.
Hace tiempo que el camino hacia la ronda gala, la mejor carrera del mundo, la más deseada, no se construye con flores. Ciclismo moderno. Puntual. Científico. Lo aprendió Valverde en 2007, el año en el que quiso despejar las dudas. Un ganador del Tour nace predestinado para ello, es algo genético. Lo decía Miguel Indurain. Casi nadie en esto. El murciano se interrogó el año pasado. 6º. Ni sí, ni no. Sólo tal vez. Más interrogantes que trató de responder analizando una temporada que dividió en dos picos. El primero, con final en mayo, fue bueno, buenísimo. Ganó la Vuelta a Valencia y la Vuelta a Murcia y fue segundo en Amorebieta, Flecha Valona y Lieja-Bastogne-Lieja. Le faltó suerte, tino, en las clásicas y se lamentó por ello, pero sin desesperar. Pensaba ya en el Tour, en el que sólo brilló en Alpes. Semana y media. La mitad del todo. Luego penó en Pirineos y se sumió en la sombra. Sexto en un Tour extraño, repleto de ausencias. Insuficiente para él, lo que provocó que en invierno acordara con Unzue centralizar aún más su asalto al Tour. objetivo único.
"No estoy como en 2007", se sinceraba ayer el murciano. "Éste es un año distinto. ¿Si me estoy acostumbrando a no ganar? Poco a poco", sonreía antes de situarse a la izquierda de Cunego, segundo, en el podio de la Klasika de Primavera que el italiano dinamitó en el tramo final de la tercera y última ascensión a Muniketa, donde sólo el líder del Caisse d'Epargne pudo seguirle. Hasta ese punto, hasta los últimos 17 kilómetros de carrera, la prueba zornotzarra se había ajustado al guión. Renglón a renglón. Palabra a palabra. Por eso, Igor Romero, Ignacio Sarabia, Pedro Gutiérrez y Normunds Lasis gozaron del beneplácito del grupo para amenizar los 100 primeros kilómetros planos de la carrera. Su renta nunca superó los seis minutos y su aventura acabó camino del segundo asalto a Muniketa, donde reinó la anarquía. Fuego de artificio que aplacó el fuerte viento en contra que soplaba en Autzagane. En su cima, a treinta de meta, pudo decidirse la carrera cuando una decena de corredores, entre los que se encontraban Egoi Martínez, Rubén Pérez, Matteo Bono, Javier Etxarri, Josep Jufré, Chris Sorensen, Alexandr Kolobnev y Jonathan Castroviejo (la perla que pule el Orbea-Oreka SDA), se destacó en el descenso. Su renta se fue hasta los 30 segundos camino de Muniketa. El Caisse d'Epargne la congeló ahí.
Ataque de cunego La escalada definitiva fue un desconcierto que supo ordenar Joaquim Rodríguez con maestría. Purito anuló a todos hasta el último tramo de Muniketa, la última recta a la que se asomó con Cunego a rueda. El italiano pasó revista con un hachazo que tumbó el árbol. Seco. Purito se estremeció, y Schleck, y Sastre, y Mosquera, y Rovira... Sólo Valverde reaccionó. Un golpe de maneta con el que la cadena cayó piñones abajo y cuatro pedaladas le situaron a rueda del italiano. Coronaron con 7 segundos. 25 en Zugastieta. Suficiente pese a las reticencias del murciano a colaborar. Hablaron. Como lo habían hecho en la cima de Muniketa. Pero no llegaron a entenderse. Por detrás se vaciaba Sastre, para Schleck, para Sorensen. Estéril. Como el diálogo entre los dos de cabeza. No me hables que no te veo. Valverde encabezaba el dúo cuando la carretera entró en Gudari Kalea. También cuando la dejó en la rotonda de la patata. Pensó: ahí he ganado yo, dos veces. Cuando era el imbatible. De aquello hace cuatro años. Otro tiempo. Lo comprobó Cunego, pese a tener pavor al murciano, en un sprint con historia que acabó con el estreno del italiano en Amorebieta. Derrota de Valverde. Empieza a aprender. Así se gana el Tour. |
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