Rapidez, pulcritud y transparencia El Museo Guggenheim Bilbao cortó ayer de raíz y de forma urgente el desfalco protagonizado por su director de Finanzas en una clara demostración de que debe prevalecer el control interno y la imagen contrastada de la pinacoteca.
EL director del Guggenheim Bilbao, Juan Ignacio Vidarte, se mostró ayer contundente al asegurar que el desfalco protagonizado por su director financiero es "un hecho aislado" que no espera "que empañe la imagen consolidada" de la pinacoteca. Pero mucho nos tememos que el daño ya está hecho. Las comillas en la declaración anterior, sin embargo, tienen mucha relevancia puesto que lo que sufre en el fondo de este extraño asunto de desvío de fondos es la imagen internacional del museo y el respeto que se ha ganado en el mundo del arte durante sus diez años de vida. Los hechos protagonizados por Roberto Cearsolo, director de Administración y Finanzas del Guggenheim, tienen un punto de esquizofrenia kafkiana. Confiesa en una carta que se apropió de diversas cantidades de dinero -acumulando la nada despreciable cantidad de 486.979 euros- desde su acceso al puesto en el museo, a través de la manipulación de las cuentas y de transferencias bancarias y cheques que firmaba "como si fuera la persona autorizada". Pero lo más sorprendente de todo es que en su confesión por escrito dice que "no podía aguantar más" la situación delictiva, expresa su "pesar" y se pone a la entera disposición de Vidarte "para aclarar cuantos extremos estime oportunos". Además, con la carta adjunta un cheque por 251.900, primera partida de las devoluciones que va a realizar para intentar resarcir el daño ocasionado. De locura. La ingeniería delictiva de Cearsolo superó los estrictos controles establecidos por el Tribunal Vasco de Cuentas Públicas (TVCP) desde 1995 a 2005 sobre la Sociedad Tenedora, de la que partió el grueso del desfalco, y los controles desde 1992 a 1998 y de 2000 sobre la Sociedad Inmobiliaria del museo. Lo que llama también la atención es que el TVCP requiriera al Guggenheim información sobre presuntas irregularidades justo el día siguiente a que Roberto Cearsolo cogiera una baja por enfermedad. Sea como fuere, tanto el museo como las administraciones deben ampliar la información sobre esta trama delictiva que, al parecer, nace y muere en la persona del director financiero. Lo que destacó ayer es la celeridad, la rapidez, la pulcritud y la transparencia que demostró Juan Ignacio Vidarte al convocar a los medios de comunicación con urgencia para aclarar una noticia, cuando menos, escabrosa. La imagen del Guggenheim tiene que quedar por encima de presuntos ladrones de guante blanco, por mucho que éstos figuren en nómina del museo como 'personas de la máxima confianza'. Esta confianza quebró ayer cuando Vidarte hizo público el desfalco. Cearsolo ha sido destituido y en los próximos días se conocerán de forma pormenorizada las operaciones fraudulentas y los errores en el control interno y externo de las cuentas. Todos somos un poco Guggenheim, y el museo debe seguir siendo un referente para la sociedad que le vio nacer.