nO me refiero a ese estruendo terriblemente humano, atentado flatulento contra el orden público cuyo autor intelectual suelen ser las alubias de Gernika o de Tolosa, da igual. El asturiano Ángel Guache elevó el fenómeno hasta convertirlo en artefacto literario, así que juzguen ustedes su poema: La fabada es combustible sólido para el motor de explosión. ¡Vaya con el Parnaso! De Jorge Luis Borges contaba el escritor Fernando Quiñones que una vez se montó en su viejo cuatro latas y no paró de contaminar muy chuscamente la atmósfera. Nadie está libre de pecado. Tampoco me refiero a esos ruidos agradables y amistosos del silencio, la respiración de una nevera, la tos de un radiador, la oración de un grillo, las palabras de un niño que está aprendiendo a contar, un piano lejano, una señora que canta mientras cuelga la ropa, una racial napolitana que arrastra sus sandalias, el ronquido de una siesta sobre la arena, el gemido de alguien que nos importa y la negación del parabrisas -no le quieras, no le quieras, no le quieras- tras una despedida. Porque aquí besas y llueve.
Leo un estudio acerca del ruido noctámbulo que soporta el bilbaino, y me asombra que sólo se hable de tráfico, bares, fábricas, decibelios por distritos, y se glose un mapa acústico que sin duda queda más hermoso que citar el puto ruido, así, sin esdrújulas de vaselina. Y me extraña que no se mencione el mayor despertador del vecindario, que no es la música de los pubs, ni las taladradoras, ni los bocinazos, sino el jaleo de los paisanos que cantan el himno del Athletic, gritan como la Patiño o rebasan la barrera del sonido con el reguetón de sus coches, todo ello a las seis de la mañana. Resulta más sencillo despellejar a las instituciones, los hosteleros y las furgonetas de reparto que criticarnos a nosotros mismos. La culpa, siempre, del gobierno y el garrafón. |