Conciliación a múltiples bandas El debate sobre la apertura o no del comercio en domingos y festivos presenta multitud de aristas y argumentos contrapuestos, pero cerrar las puertas al debate es aplazar una cuestión que, tarde o temprano, va a llegar.
EL debate sobre la apertura o no de los comercios los domingos y festivos presenta una variedad tal de aristas y de argumentos contrapuestos que resulta difícil abordarlo con serenidad, máxime cuando los sindicatos y las patronales del pequeño comercio han hecho causa común para detener lo que consideran una agresión contra los trabajadores, unos, y una sentencia de muerte para sus negocios, los otros. La investigación anunciada por el Tribunal Vasco de Defensa de la Competencia, por un supuesto pacto sindical que lesionaría la libre competencia, se ha convertido en el detonante que ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que aparece y desaparece de la agenda pública cada cierto tiempo. Las posiciones en torno a este tema discurren en el seno de la sociedad sin atenerse a corrientes definidas por la ideología política ni, incluso, por la militancia sindical de base. Dentro de un mismo partido conviven una opinión y la opuesta, y otro tanto ocurre entre trabajadores que llevan en su cartera el carné de un mismo sindicato. Basta suscitar una conversación sobre este conflicto en un grupo cualquiera de ciudadanos para comprobar que la apatía social que proclaman algunos agentes implicados no es tal. El principal argumento esgrimido por los sindicatos para oponerse a la apertura en festivos es el de preservar la conciliación de la vida familiar y laboral de los más de 7.500 trabajadores del gran comercio, sector que ya de por sí, afirman, se caracteriza por salarios bajos y jornadas largas. Tal vez en esto último resida, precisamente, parte del problema, que hace más temible para los empleados afectados la perspectiva de trabajar un domingo, y esa sería otra asignatura pendiente, y de bastante más calado, para los sindicatos. El derecho a la conciliación de la vida laboral y familiar no puede estar vinculado únicamente a no trabajar los festivos, porque sería tanto como admitir que una gran parte de la sociedad, compuesta por trabajadores que ejercen su labor también en festivos, queda marginada de ese disfrute. Y detallar aquí los colectivos que sí trabajan en esas jornadas sería tarea imposible, por falta de espacio. La cuestión, por tanto, debe centrarse en dignificar las condiciones de trabajo, sean en el día que sean, y sean para los trabajadores de grandes superficies o para los de pequeñas empresas familiares. Se trataría de conciliar los intereses de los trabajadores, de los consumidores y de los empresarios, sin cerrar las puertas a las legítimas reivindicaciones de cada uno de ellos. Así se ha hecho en multitud de ámbitos, sin que se haya producido el cataclismo que en su día, también, alguien pudo anunciar. El asunto es complejo y requerirá de una buena dosis de ingeniería de la negociación, pero no intentarlo es aplazar para mañana un escenario que, tarde o temprano, va a llegar.