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20-04-2008
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Inmisiones: los nuevos jinetes del apocalipsis
Alfonso Carlos Terceño Ruiz
Mucho han cambiado las cosas desde esa imagen retrospectiva de lo que podía ser la vida en una aldea rural de la época preindustrial, situación en la que se hallaba el 90 por ciento de la población antes de las revoluciones industriales del siglo XIX y principios del XX. La vida en una modesta vivienda unifamiliar de un pequeño pueblo rural transcurría al ritmo de los sonidos propios de los animales que convivían con las personas en el piso inferior, de la campana de la iglesia y del paso de las carretas…. Como mucho podíamos quejarnos de las discusiones de los vecinos de al lado, pocas a buen seguro, dada la educación imperante en aquellos tiempos, en las que las reglas estaban muy claras, el padre de familia tomaba las decisiones y había poco margen de discusión…

A esta foto de inicio hay que ir agregándole los adelantos que fue trayendo el progreso… la radio, después la televisión y los equipos de música. Empezamos a oír más al vecino de al lado, luego se fueron generalizando los edificios de varias plantas con dos viviendas por planta, después con tres o cuatro viviendas. Por lo que ya teníamos más vecinos que poder escuchar, los de los lados, el de arriba y el de abajo… las inmisiones del ruido se multiplicaron.

Paralelamente las calles fueron aumentando en número y en funcionalidad, el tráfico rodado fue aumentando, sobre todo a partir de los años 60 del pasado siglo. Empezaron a ubicarse bares debajo de nuestros hogares, al principio sólo para chiquiteros, luego dichos bares se fueron transformando en discopubs, con música y alegría hasta las dos, tres o cuatro de la mañana. Pequeñas industrias fueron proliferando en los ámbitos urbanos, pequeños talleres, panaderías, caldererías etc., el asunto del panorama acústico local se complicó sobremanera. Por último, llegaron los sistemas de ventilación de locales comerciales con funcionamiento las 24 horas del día, campanas extractoras en los bares-discopubs que también fríen rabas desde los viernes a domingos, las instalaciones de aire acondicionado en las viviendas particulares. Todo este cambio ha ido acompañado de una pérdida de valores, de respeto por el otro, tan es así, que muchos de los asuntos de inmisiones vecinales acaban en juicios de faltas por injurias, lesiones etc.

Si hoy día resucitara un tatarabuelo nuestro y conviviera una jornada con nosotros, pienso sinceramente que haría todo lo posible por volver a la paz eterna del más allá.

Sin duda, mucho han cambiado las cosas desde esa aldea de 1850, y paralelamente a este incremento hasta el infinito de las fuentes de ruido, los mecanismos legales, tecnológicos y de formas de vida para defendernos de ellas apenas han variado desde el siglo XIX, época en la que se codificaron las teorías del Derecho de inmisiones. La conclusión es sencilla y rotunda: el ciudadano de hoy está indefenso ante uno de los jinetes modernos del apocalipsis, que ha mutado en un monstruo emisor constante de decibelios excesivos, desaforados y variopintos.

Solamente podemos defendernos de las embestidas de dicho paladín de la desventura incívica y de la nueva barbarie con ciertas garantías de éxito acudiendo a un juez o tribunal previo desembolso de una partida significativa de dinero y esperar un año una sentencia que nos diga que tenemos la razón. Afortunadamente ese juez o tribunal a fecha del día y año en que redacto este artículo va sensibilizándose más con este asunto, y gracias a una jurisprudencia ya clara, va dando la razón cada vez más a este ciudadano del siglo XXI vapuleado por el jinete apocalíptico del ruido. Sólo cuando se acude a dicho amparo judicial con estrechez de pruebas, o con peticiones de soluciones no consolidadas se suelen producir pronunciamientos desfavorables.

El Estado legislador ha querido poner su voluntad de asegurar la paz pública, incluida la acústica, con la Ley del Ruido y sus reglamentos de desarrollo. La línea salvadora que nos ofrece es la de la medición de decibelios como prueba estrella, iniciadora de todo el procedimiento de sanción administrativa y judicial. Sin embargo, esta postura es criticable porque encierra una estrechez mísera de miras, muy censurable si la ponemos en referencia con la generosidad que ha de presidir la acción pública de defensa del orden público y del medio ambiente.

El culto al decibelio -así podemos bautizar esta tacañería de la prueba- supone la instalación en la burocracia administrativa de un mecanismo complicado de medición. Una vez extraído un resultado, y de probarse que se sobrepasa la medida de referencia máxima admitida, garantizará al ciudadano la reacción de los poderes públicos. De no quedar acreditado conforme a dicho complejo sistema de medidas que dicho nivel máximo admisible no ha sido rebasado, nada podríamos, en teoría, conseguir.

Por fortuna, los jueces, con frecuencia, se han encargado de corregir esa tiranía de la normativa técnica del decibelio, basada en una necesidad de objetivarlo todo, incluso lo que, por definición, no puede objetivarse totalmente, como es la molestia ciudadana producida por la contaminación acústica. Así, muchas resoluciones judiciales dan la razón a los vecinos afectados, aun registrándose en sus hogares niveles de presión sonora inferiores a los 30dB(A), en municipios donde aún rige la referencia máxima admisible en relación a los 30dB(A) nocturnos.

Y es que existen otras circunstancias señaladas por los peritos en sus informes que modulan la cuestión. Por ejemplo, la diferencia entre el ruido de fondo y el ruido emitido por quien se beneficia de ello para su empresa, por ejemplo, es un dato que debe tenerse en cuenta. No es lo mismo el reproche jurídico que merece quien transmite a nuestras viviendas 31B(A), habiendo un nivel de ruido de fondo de 29dB(A) que quien nos transmite 30dB(A) con un nivel de ruido de fondo de 21dB(A), evidentemente éste ultimo, aún cuando en principio cumpliera justo la normativa, estaría generando un ruido ilegal por superar de un modo intolerable y con creces el nivel normal de ruido de fondo preexistente a su actividad, sea ésta la que sea.

Debiera tenerse más en cuenta la percepción que tiene la gente del ruido es su ámbito doméstico, en primer lugar por una cuestión de principios, ya que se está afectando a su domicilio, su hogar, santa santorum de su vida y ámbito dotado de la protección máxima constitucional: el derecho a la intimidad personal y familiar, el derecho a la inviolabilidad del domicilio etc., y en segundo lugar, porque las máquinas y sus mediciones no pueden reflejar todo lo correctamente que sería necesario, algo que de por sí, es tan abstracto, como es la molestia que nos provocan las inmisiones.

En ese sentido, los mapas de ruido que realizan los grandes municipios, suelen reflejar estudios realizados entre la población que reflejan las respuestas y opiniones de la gente acerca de la influencia del ruido en los diversos ámbitos de su vida, singularizando las fuentes de inmisiones que más les afectan. A las alturas del siglo en que nos hallamos, hay que añadir una nueva foto al paisaje inicial retrospectivo que hacíamos al principio, referido a la aldea preindustrial, se trata de la foto inquietante de la proliferación salvaje de las antenas de telefonía móvil, el wifi, los campos electromagnéticos….etc. Se trata de las nuevas inmisiones. Informes científicos acerca de los efectos en la salud y en el comportamiento de las personas nos crean una nueva alerta. La Biblioteca Nacional de París ha prohibido el wifi en sus instalaciones, recogiendo una tendencia que viene de Alemania y Gran Bretaña. Un nuevo jinete de la apocalipsis se perfila muy cerca de nuestra aldea postindustrial, con nuevas inmisiones, salvo que éstas no se sienten a simple vista y a simple oído. Veremos qué actitud tomamos ante el mismo, como sociedad, si la de la sumisión total, o la de ejercer un control eficaz basado en el principio de precaución

* Abogado ambientalista

El Estado ha querido poner su voluntad de asegurar la paz pública, incluida la acústica, con la Ley del Ruido

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La Bibioteca Nacional de París ha prohibido el wifi en sus instalaciones, recogiendo tendencias procedentes de Alemania y Reino Unido
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