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Teatro de Vitoria en 1914. Habitualmente los incendios se provocaban para destruir las pruebas de los saqueos. |
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La batalla que perdió el arte
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La batalla de Vitoria, librada el 21 de junio de 1813 entre las tropas francesas de José I Bonaparte y los aliados, al mando del duque de Wellington, no fue sólo una batalla política. 300 carruajes llenos de riquezas quedaron a la intemperie.
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María R. Aranguren
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cERCA de Vitoria, en las proximidades del río Zadorra, se libró una de las batallas más prolíficas para la rapiña y el saqueo de patrimonio artístico que se han producido en Euskadi. Más de 300 carruajes cargados de obras de arte y tesoros permanecieron encallados en el barro mientras soldados y mercenarios arrebataban su contenido. Ya no había vuelta atrás. Se avecinaba el fin de la Guerra de la Independencia y vencedores y vencidos aprovechaban la conyuntura para llevarse un recuerdo a casa. Un cuadro de Rafael o Tizziano, un cáliz de una iglesia de Valladolid o un ostensorio guipuzcoano. Cualquier bien mueble podía servir para hacer un obsequio a un gran mandatario, adornar un palacio o venderse por unos pocos reales en el centro de Vitoria. Pero, ¿cómo pudieron quedar todos esos tesoros a la intemperie? "Tengo la impresión de que se conocen bien las motivaciones políticas de la Guerra de la Independencia, pero no las consecuencias que la presencia de los franceses en España tuvo para el tesoro artístico en general y, por supuesto, para el vasco", afirma Francisco Fernández Pardo, que ha invertido los últimos 25 años de su vida en investigar la pérdida de patrimonio español en los dos últimos siglos.
fin de la contienda La artística huida de José I
1913. El monarca José I Bonaparte (o Pepe Botella, en referencia a su supuesta afición por empinar el botijo), ve peligrar seriamente su reinado. Desautorizado por los mariscales y por su propio hermano, deja atrás su pasado político (creó el germen del Museo del Prado y el deseo de organizar una Biblioteca y un Archivo Nacional) y llena de riquezas su equipaje para huir rumbo a Francia. Además de, cabe imaginar, con sus enseres personales, el monarca viaja con los mejores tesoros de los Palacios Reales de Madrid y con aquello que va arrebatando por el camino, como los bienes eclesiásticos de Valladolid.
Pero su retirada con semejante botín no será tan sencilla. El duque de Wellington, que había dirigido desde 1808 los ejércitos regulares aliados, persigue sus pasos. Y a Wellington le favorecerá un hecho: que empieza a llover. "Efectivamente, José I tiene que salir a caballo rápidamente dejando atrás los carros que transportaban las riquezas", explica Fernández Pardo.
Mientras se produce la cruenta batalla que decide la guerra (las tropas francesas son derrotadas), José I se marcha a Francia con una ínfima parte de lo que había pensado llevarse.
las consecuencias El saqueo de los tesoros
"Los franceses y los afrancesados pudieron huir con algunos tesoros", explica Fernández Pardo. Napoleón, que no había pagado a sus soldados cumpliendo la máxima "la guerra se nutre de la guerra", provocó que muchos llegaran a la Península con la intención de buscar riquezas. "Los que en un primer momento venían en defensa de la libertad, se ocuparon de desvalijar todo lo que pudieron. Quienes tenían las riquezas eran sobre todo el clero y una parte importante de la clase propietaria. Ellos fueron los que más perdieron", continúa.
En cualquier caso, la mayoría tuvo que abandonarlo todo en un intento de salvar la vida, así que fueron los aliados quienes se centraron en el pillaje. Tanto se detuvieron en el atractivo de las riquezas que, según narra Fernández Pardo, "no pudieron dar el golpe de gracia a los que huían".
Tras el principal desvalijamiento llevado a cabo por los oficiales ingleses, otra gente de los contornos quiso participar de los despojos. "Me estoy refiriendo a los alaveses", dice Fernández Pardo. "Fue tal el desbarajuste que se montó alrededor de los carruajes, que incluso apareció destruida a bayonetazos La Trinidad de Tiziano, que José I había robado de la catedral de Palencia mientras huía", relata el investigador.
un final desastroso > La estrategia de Wellington
Así pues, finalizada la guerra y huido José I, las riquezas se dispersan. Por suerte, hay un testigo de excepción que dejará testimonio de lo ocurrido. Se trata del párroco de Berrosteguieta, Larrea, que realiza una maravillosa descripción de lo que está pasando. "Larrea acusa a los ingleses de haberse llevado todo a las aldeas de la parte occidental de Vitoria. Cuenta, incluso, que utilizaron la Iglesia de su pueblo como almacén", dice Fernández.
También cuenta cómo el General Álava, amigo de Wellington, decide cerrar la ciudad de Vitoria para dar fin a todo el mercadeo, a su juicio vergonzoso. "Cuando vio que todas las riquezas que conducían los más célebres cuadros de Rafael y Tiziano llegaban a Vitoria, donde los soldados las vendían por cuatro perras, decide cerrar la ciudad para dar fin a todo aquello", continúa Fernández. Para entonces, los ingleses ya habían enviado algunas pinturas directamente a su país. En una operación estratégica, Wellington envía una partida de soldados al Museo del Louvre para tomar a la fuerza las obras españolas que José I había regalado a su hermano Napoleón.
Así pues, la mayor parte de las obras estaban en manos de los ingleses y de Wellington, que no declaró que las tenía hasta 1815. "Fue entonces cuando escribió una carta a Fernando VII en la que aseguraba que tenía, procedente de Vitoria, una ingente cantidad de cuadros (sin decirle el número) pertenecientes a España". Y Fernando VII, sorprendentemente, se los regaló.
la codicia de fernando VII El rey que regaló el patrimonio
Pero detrás del aparentemente desinteresado regalo de Fernando VII se escondía una intención. "A Wellington le correspondía redistribuir el mapa de Europa y lo que quería Fernando VII es que este hombre abogara en favor de su hermana para que se quedara con el estado de Truria, en Italia, así que regalarle los cuadros fue la manera que tuvo de quedar bien con él", explica este historiador.
En total, unas 150 obras quedaron en manos de los ingleses, obras de autores como Goya, Velázquez o Zurbarán, las que había confiscado de los Palacios Reales José I. Muchas otras aparecieron más tarde en subastas. "Un hecho que al País Vasco lo destrozó por una razón sencilla, porque los franceses habían pasado por ahí y habían arrasado con todo a la entrada y a la salidas", asegura Fernández.
situación actual Viajar para ver
Pero, ¿dónde están hoy esas obras que estratégicamente consiguió Wellington? "Están en Londres, en el Museo de Wellington y entre ellas se encuentran algunas pinturas valiosísimas de Correggio, Salvatore Rosa o Rafael", explica Fernández.
Sin embargo, los bienes que quedaron en manos de los alaveses corrieron peor suerte. "Algunos se vendieron en anticuarios y otros fueron comprados por la mejor aristocracia de la ciudad a bajo precio", cuenta. "Es una historia muy triste".
Por eso Fernández opina que la actuación del general Álava fue decisiva. "A él le debemos que se cerraran las puertas de la ciudad, porque todos los que entraban en ella lo hacían para vender algo a bajo precio", relata.
Pérez Galdós lo describe en El equipaje del rey José, en la tercera serie de los Episodios Nacionales. "Galdós cuenta que, tras el saqueo, los soldados colocaron grandes cajas de caudales, que estaban abandonadas en medio de cadáveres en los extremos de la ciudad, con el objeto de venderlos", explica Fernández. Y durante todo ese proceso, muchas obras sufrieron un gran deterioro.
deterioro y pérdida de obras El museo que no tuvimos
Para este investigador riojano, investigar el patrimonio perdido es acercarse a ese museo que nunca tuvimos. "Una singular manera de escribir sobre historia del arte", comenta.
Aunque en su investigación ha concluido que a lo largo de los dos últimos siglos el Estado ha perdido un 50% de su patrimonio artístico, considera que Italia y Francia se llevan la palma. "Lo que ocurre es que no han hecho todavía una investigación como ésta", asegura.
Según las conclusiones de su estudio, los expolios en el Estado han tenido lugar por la escasez propietaria. "Ningún Velázquez lo tiene un pobretón, así que la realeza, la aristocracia y los altos burgueses y diplomáticos asentados en España son lo causantes del expolio, de la emigración de obras de arte al extranjero", afirma con contundencia.
"Muchos retratos de Goya y Velázquez se vendieron a EE.UU.", cuenta. Otros, quedaron en manos de Francia e Inglaterra, que no siempre les procuraron el trato adecuado. En ese sentido, "la II Guerra Mundial fue determinante para todos estos bienes. Muchas ciudades fueron destruidas y, con ellas, cayeron las obras de arte", relata.
En opinión de Fernández Pardo, lo que ocurrió en la batalla de Vitoria es uno de los episodios que "se han querido ocultar, porque es un punto negro en la historia militar".
La razón es sencilla. "Si se tiene en cuenta el concepto del honor, con el que arropan sus vergüenzas los militares, el pillaje no es nunca declarado. Naturalmente, las tropas de los dos bandos se portaron de una manera repugnante. Ahí quedó claramente señalado el ánimo que primaba, que no era otro que el de la codicia", concluye.
25 años investigando patrimonio perdido
Francisco Fernández Pardo, nacido en Logroño (1937), es licenciado en Psicología y Doctor en Filosofía, Académico C. de la Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jordi (Barcelona) y ha impartido la enseñanza de la Filosofía, de la Historia e Historia del Arte en distintos Institutos de Enseñanza Media y Escuelas de Magisterio. Tras ejercer largos años como Jefe de la Obra Cultural de Kutxa (Donostia), en los últimos tiempos fue nombrado Director de Prácticas del Master en Recursos Culturales de la Universidad del País Vasco (Campus de Donostia). De hecho, el día 18 de abril ofrecerá una charla en el Koldo Mitxelena de Donostia en la que expondrá al público los resultados de sus últimas investigaciones. Fernández Pardo ha dedicado 25 años de su vida a la investigación de la pérdida de patrimonio artístico en el Estado, y el resultado de esto son los cinco tomos que componen 'Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español',en los que reúne los saqueos, estragos y ventas clandestinas que han determinado el empobrecimiento del Tesoro Español desde la Guerra de la Independencia (1808) hasta nuestros días, con prólogo e introducción de la obra a cargo de José M. Pita Andrade y Alfonso E. Pérez Sánchez respectivamente, ambos Directores Honorarios del Museo del Prado. >m.r.a. |
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