|
|
|
Micro on
|
|
Garoña
|
|
Xabier Lapitz
|
|
 |
|
EL presidente de Iberdrola, Sánchez Galán, es un gestor, un excelente gestor cabría añadir. Por eso mira el bolsillo de los accionistas de la compañía, que es lo mismo que mirar el suyo. Eso explica que cuando estamos en plena resaca del aún no del todo esclarecido accidente en la central nuclear de Ascó I se haya mostrado partidario de que el Gobierno amplíe la fecha de caducidad de la planta de Garoña, cuyo cierre está previsto para el año que viene. A estas alturas, sobra añadir que Iberdrola es propietaria del 50% de la central burgalesa a través de Nuclenor. El debate energético en Europa está muy activo y es normal que cada cual arrime el ascua a su sardina. Los partidarios de seguir desarrollando las nucleares aducen que comparativamente con la energía obtenida a partir de combustibles fósiles se reducen los nocivos efectos sobre el calentamiento del planeta y que las actuales centrales son mucho más seguras. Al menos caben dos objeciones. La primera, que no saben aún qué solución dar a los residuos radiactivos. La segunda, que lo de la seguridad es directamente proporcional a la capacidad de quienes son rectores de una central. Pongamos el último ejemplo, el de Ascó. Dicen desde la central que no comunicaron la gravedad del accidente porque las pruebas les llegaron en fin de semana. Si no diera miedo, provocaría la carcajada. O sea, que nos podemos quedar fritos de viernes a la tarde a lunes a la mañana. Total, todos calvos. En la central tarraconense se han saltado todos los protocolos y han cesado a su director. El organismo externo encargado de velar porque esto no ocurra ha tardado más de cuatro meses en comunicar a la opinión pública la gravedad del suceso y lo ha hecho empujado por Greenpeace. Y ese mismo, el Consejo de Seguridad Nuclear es el que vigila Garoña. A los accionistas de Iberdrola que viven en el radio nuclear de Garoña seguro que no les importa perder un céntimo de euro para ganar en seguridad. |
|