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Kim Kirchen se levanta sobre la bicicleta para hacer su entrada en la meta de Huy tras desbordar a Evans, Cunego, Gesink y Rebellin. Foto: efe |
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De Kim a Kim
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El danés Kim Andersen, de quien Kirchen había heredado el nombre, se impuso en la edición de 1984.
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Alain Laiseka
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Bilbao. Era 1978. Julio desperezaba para sacar brillo a la brea francesa mientras un imberbe bretón, de carácter rudo y físico de forja, se aprestaba a dar el primer paso camino de la historia. Hinault irrumpía en la leyenda ganando su primer Tour. Meses antes, en invierno, se había presentado en Luxemburgo, en la sede de la sociedad Amigos del Ciclismo de la Comuna de Contern (un club que había surgido dos años antes para contribuir al bienestar de un deporte que vivía del recuerdo, de lo éxitos pretéritos de Nicolas Frantz, François Faber, Charly Gaul o las incursiones de las sagas Schleck y Kirchen), un joven danés que cargaba a la espalda una mochila que desbordaba ilusión. En la puerta, antes de entrar, había dejado aparcada una bicicleta. Quería ser ciclista. El nombre del extraño se extendió rápido en el vecindario de Luxemburgo. De boca en boca. Kim Andersen. Gustó. Kim. Corto y novedoso. Tanto les agradó a Erny (ex ciclista, lanzador de Van Springel que rozó el oro olímpico en Munich'72) e Irène, que ese mismo mes de julio en el que Hinault escribía los primeros renglones de su leyenda, bautizaban a su primer hijo. Se llamaría Kim. Kim Kirchen. El nombre que treinta años después suena con eco. Kim. Tres letras. Tres victorias. Dos en País Vasco y la tercera en el corazón de las Ardenas belgas, sobre Huy. Un muro. De piedra. Como el carácter de su familia. Eres más duro que un Kirchen. Es un dicho en Luxemburgo.
La leyenda cuelga ahora del Muro 28 años después de que Andersen, mitad danés mitad luxemburgués, reinara en su cima. El danés vistió dos años el maillot del conjunto luxemburgués para dar el salto a profesionales de la mano del Miko-Mercier, equipo con el que se convertiría, en 1983, en el primer ciclista danés en ganar una etapa del Tour y en vestir el maillot amarillo. Un año más tarde, en 1984, daba a su país la primera clásica: la Flecha Valona. El danés se retiró del ciclismo en 1992, el mismo año en el que Kirchen entraba por la puerta del club Amigos del Ciclismo del Condado de Cautern (ACCC) para alternar el deporte de las dos ruedas con el fútbol, que practicaba en el US Hostert. En su primer año en escuelas coincidió con Frank Schleck. Dos sagas. Rudos, testarudos, rocosos los Kirchen; elegantes, virtuosos del ciclismo los Schleck. Kim y Frank, junto a Andy Schleck, son el orgullo del ACCC, pese a que por el club pasaron, además de Andersen, Per Pedersen, Bjarne Riis o Jesper Skibby. Ocurre que los triunfos de los tres luxemburgueses saben distinto. Como los de Landaluze, los Otxoa o Roberto Laiseka en la Sociedad Ciclista Punta Galea de Algorta. Tocan el alma, la erizan. Por eso ayer, en la página web del club, en el apartado de noticias, reinaba todavía el segundo puesto de Frank en la Amstel. La sede era un solar. Estaban todos celebrándolo.
Evans se lanza No había tiempo para escribir cómo el del High Road se había sacado la espina que se dejó clavada en 2005, cuando fue segundo en Huy. "La única diferencia es que hoy -por ayer- era el más fuerte", explicaba el luxemburgués en meta, poco después de bajarse de los brazos de su mujer, Mónica, camino del podio. Su frase resume una carrera. 200 metros. A esa distancia dejó Kirchen de sopesar sus posibilidades. Basculaba entonces sobre la descomunal rampa de Huy, 22%, a rueda de Rebellin y Evans. El australiano había hecho saltar en pedazos el pequeño grupo que subsistió a la pertinaz lluvia y a las dos primeras pasadas por el Muro (entre otros, sufrieron caídas David López, Carlos Sastre, Egoi Martínez o José Ángel Gómez Marchante) cuando olfateba la línea de meta. Su pedalada se tragó a Efimkin y Wegmann, los dos supervivientes de la trama urdida en las rampas de la cota de l'Ahin, la última antes del Muro, en la que también se había colado Gustav Larsson. El gigantón sueco cayó desde la altura a cinco de meta, sobre un suelo de hielo, resbaladizo. El golpe sonó a derrota en el coche del CSC. Cristales molidos en la mente de Kim Andersen, el director del equipo danés, que se quedaba sin opciones de victoria en Huy. Y, sin embargo, una sonrisa recorrería su rostro cuando vio, a 200 metros de meta, emerger la figura de Kirchen, que superó a Rebellin, primero, y Evans, después, para inscribir su nombre por segunda vez sobre el Muro. De Kim a Kim. |
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