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Tirar la casa por la ventana
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Carmen Torres Ripa
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esta mañana, cuando tenga el periódico en la mano, siéntese. Le propongo un juego muy sencillo que me recuerda mis años mozos. El tiempo pasa y no te das cuenta hasta que ves el cambio a tu lado caminando con tanta prisa que te aturdes. Empecemos.
El móvil está en su bolsillo. ¿Cuántos años tiene? No pretendo llamarle caduco, simplemente que piense cuándo cambió de modelo.
Dígame la verdad. ¿Dos veces en este año? Tenía uno normal y después le regalaron un segundo que hacía fotos y ahora otro que es un ordenador. Claro que en Reyes sus hijos le cambiaron el suyo por otro con los números un poco más grandes para no necesitar gafas.
Resumiendo… tres, cuatro, quizás hasta cinco, porque encontró una oferta que… Además, tiene el de la empresa. Ha tirado a la basura tres móviles, pero… lo sé. Los ha metido en un cajón. Le comprendo, yo aún guardo uno grande como una motorota con cargador y todo.
Esta manía del guardar se me ha ocurrido al ordenar un cajón y encontrarme media docena de pañuelos de batista primorosamente bordados con iniciales y florecitas blancas. Hace años que no llevo en el bolso un pañuelo de verdad. Los klínex han sustituido la suavidad de la tela por la suavidad de la celulosa. Ya no llevamos los pañuelos manchados de gripe en el bolsillo. Directamente los tiramos a la papelera. Pero… a pesar de no usarlos, los pañuelos (en los pueblos se llamaban moqueros) siguen en mi cajón.
Antes guardábamos los botes de cremas vacíos. Nunca he sabido para qué. A la hora de viajar terminamos llevando el envase entero aunque estemos sólo un día fuera de casa. No hay forma de que nuestras maletas bajen de peso. Siempre entra el tubo de pasta dentífrica grande, el cepillo de pelo y uñas, el envase entero del maquillaje, los polvos, la crema de cuerpo… Y los caballeros la máquina eléctrica y la de siempre con crema y brocha, el jabón, el gel… Nada de usar y tirar. Si en el hotel hay una cestito con lo necesario para el día, lo guardamos por-si-acaso en el neceser. Y así almacenamos pastillitas de jabón, sobrecitos de champú, cajitas con algodón y bolsitas con bastoncitos para los oídos, gorros de baño… Antes, cuando yo era pequeña, se guardaba y coleccionaba todo. Hasta las cajas de cerillas porque había pájaros, flores, o soldados de uniforme. También se coleccionaban frasquitos vacíos de inyecciones con su tapón de goma, tarros de nescafé y de mermelada (para meter café y más mermelada) chapas de refrescos y billetes de tren.
Después, cuadernos de caligrafía, libros de gramática y matemáticas que no servían para ningún hermano, álbumes de dibujo que demostraban claramente que no éramos Goya pero no se tiraban por-si-acaso, calendarios con perros, gatos y paisajes que, como eran tan monos, pues igual algún día hacíamos un cuadro. Nunca llegaba ese día pero el gato se quedaba a convivir con nosotros y otros almanaques en un armario de la casa.
Y los ceniceros… Da pena quitar los ceniceros de casa aunque ya nadie fume. Además, muchos son recuerdos. Antes un cenicero era un recurso para regalar. Teníamos uno para la sala que decía Recuerdo de Segovia, otro estaba en el salón con Recuerdo de Ibiza, uno más chico en la mesilla, una bruja horrible recuerdo de las meigas de Galicia; hasta tiene guardado uno que era para llevar en el bolso, una cajita plateada con apoya cigarros y todo. Sobre el televisor torres de Eiffel con nieve al dar la vuelta, pirámides de Egipto, plazas de San Pedro y góndolas con gondolero que cantaba al darle cuerda. Eran regalos de sus hijos de cuando iban de viaje. Por supuesto a usted no le gustaron desde el principio, pero como se los habían traído los niños… Este apartado es un poco más largo que el corriente de usar y tirar pero daría para mucho.
¿Por qué guardamos estas joyas? Porque nos da pena tirar. El coleccionar cachivaches es una costumbre que difícil se va de nuestra vida. Un ejemplo es la proliferación de tiendas de todo a cien.
Entramos y compramos. ¿Qué compramos? Cosas que no sirven para nada -son por-si-acaso- y volvemos a llenar armarios de cosas inútiles que conviven felizmente con nosotros alimentando armarios, baldas y cajones con esa extraña máxima de por-si-acaso. Claro que, si necesita un clavo -aunque haya comprado toda la colección de modelos- le faltará el que encaja; o si es un hilo para coser el dobladillo, seguro que tiene rojo, verde, naranja y lila, pero no gris; no encontrará el colador porque tiene tres distintos para té y ninguno para leche y… Pues así somos casi todos los humanos con algunos años. Nos cuesta aún mucho eso de usar y tirar y el por-si-acaso nos asfixia, pero… |
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