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Mesa de redacción
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Ansiedad
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Juan Carlos Ibarra
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EL deporte de la política requiere de la templanza del baloncesto: cuando te la juegas en los diez últimos segundos del choque, tener o no tener los nervios en su quicio es determinante para encarar el camino de la gloria o el del más rotundo fracaso. En esa disciplina deportiva basada en un defecto físico, como dice un compañero que se da por satisfecho con que las piernas le lleguen al suelo, quien no sabe guardar la compostura en los últimos instantes del partido y se deja llevar por la ansiedad de conseguir una canasta sea como sea, se convierte en un peligro para su equipo. Algo así, por seguir con los símiles deportivos, como el futbolista que es incapaz de embridar su cólera y responde con una patada desde el suelo a una entrada de un adversario; se lleva la tarjeta roja y deja al equipo con un jugador menos y, lo que es peor, con la obligación moral para el resto de compañeros de solidarizarse con una conducta que nadie aprueba en su fuero interno. Cegarse con la proximidad de una posible victoria hasta el punto de recurrir a todas las artimañas habidas y por haber, sean éstas acordes a la ortodoxia de cada disciplina o lindantes con lo más deplorable de ésta, es propio de personas que, precisamente por esa actitud, ponen en evidencia su escasa capacitación para gestionar el escenario que, creen, se les avecina. Las victorias saben a gloria si no están lastradas por el todo vale en sus múltiples manifestaciones y grados. Gozar del triunfo sin el menor cargo de conciencia por las rastreras artes empleadas retrata a los malos deportistas, y también a los malos políticos. Alguno de éstos, aquí, en Euskadi, ha pisado el acelerador tras lograr un marcador favorable en las últimas elecciones. Le ciega la cercanía del triunfo. Si el tiro va fuera, le va a costar caro.
jcibarra@deia.com |
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