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29-04-2008
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Entre la esperanza y la indignación
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Entre la esperanza y la indignación
Ramón Balenziaga, Arturo GarcÍa, Patxi Meabe Y Pako Etxebeste
más allá de consideraciones teóricas, es difícil hacer entender a decenas de familias de toda condición social, que han perdido a sus seres queridos o bienes materiales básicos de su vida, el porqué de su sufrimiento y la razón de tanta barbarie. ¿Por qué precisamente a nosotros?, se preguntan muchos ciudadanos vascos.

La sociedad vasca, en su inmensa mayoría, no entiende que este sufrimiento sea camino de libertad, ni que pueda ser una respuesta a los padecimientos voluntariamente aceptados por quienes utilizan la violencia como medio de acción política. Dudamos de que a ETA le importe mucho el sufrimiento de las víctimas, así como la indignación y el hartazgo de la sociedad. La violencia con fines políticos, han afirmado, tiene su precio, y la sociedad tiene que asumirlo. Si además, la lucha antiterrorista traspasa, dicen, el umbral de los derechos humanos, más razón todavía para la respuesta violenta.

Se suele decir que el terror de ETA es un terror inútil. Que carece de toda eficacia. No es éste el pensamiento de la misma organización, como se pone de manifiesto con sus comunicados. No se puede obviar interesadamente esta cuestión. Tras su idea de liberación nacional existe además un proyecto revolucionario que suele pasar desapercibido. La política de su violencia se desarrolla desde decenios, sujeta a una lógica revolucionaria, gestionada por una organización político-militar. No es necesario insistir en particular en la conexión operativa entre el MNLV y ETA. Basta hojear el Zutabe nº69 para ver la famosa trainera patroneada por la organización armada, en la que se incluye como bogadores a distintas organizaciones del MNLV. En estos angustiosos momentos nos interesa particularmente su dialéctica discursiva como justificación de la cadena de atentados, extorsiones y amenazas entre los que se incluye también el crimen político. Un atentado sólo dura unos instantes y en unos segundos condensa todo el horror y dolor de la violencia, pero viene precedido y seguido de una justificación ideológica reiteradamente repetida. La violencia vive de palabras. Y por ello, el aparato propagandístico constructor y diseminador del discurso resulta esencial. Así, además, se llega a la población, se selecciona a los posibles revolucionarios y se les alimenta potencialmente. Se afirma que se quiere la paz…, a la vez que se invita a la lucha. La violencia y su necesidad como elemento liberador es una verdad que no se discute en ETA. Quien lo ha hecho ha sido expulsado, disuelto o ejecutado.

ETA pretende justificar su actuación identificando necesariamente conflicto político con violencia. La violencia sería la expresión natural del conflicto. Ésta es la respuesta a la condena de los atentados y el fundamento del rechazo a cualquier valoración ética sobre sus acciones. Su silencio encubre sin ninguna duda la aceptación de la violencia como arma política. De ahí su permanente insistencia a ir a la raíz del conflicto, si se pretende la superación de la violencia. Raíz del conflicto interpretada según la propia ideología política.

Un argumento reiterado de ETA es su constante apelación a la impostura representativa propia de las instituciones existentes. Sin embargo su intento de ser interlocutor legítimo del Pueblo Vasco, identificándose con éste como el sujeto liberador, no se sustenta en ningún principio democrático, dada la repulsa a dicha organización armada por la gran mayoría de la sociedad vasca. Menos aún justifica la propia violencia como una violencia de respuesta.

La estrategia y la táctica de la acción-represión-acción ha sido contestada en la misma organización armada y en el mismo MLNV. Pero aparte de los efectos de la actuación del Estado, ha sido la misma sociedad vasca la que ha negado la veracidad a este planteamiento. Ésta ni se ha concienciado, ni se ha radicalizado más en las ideas del proyecto revolucionario de liberación nacional. Sólo, ha sufrido más.

Además, la violencia de ETA ha tratado de impedir que pueda desarrollarse un diálogo racional y libre, en orden a la solución del conflicto vasco. La violencia crispa, exalta, ofusca y endurece a las personas. Enviar mensajes políticos envueltos en nitrometano y amonitol o poniendo cadáveres sobre la mesa, impide alcanzar cualquier acuerdo de convivencia pacífica. De hecho, las conversaciones y las negociaciones no han sido hasta ahora sino una oportunidad para componer un interminable soliloquio, que siempre termina con el insulto y la amenaza al interlocutor.

El terror de ETA no es ciego. Persigue un fin. Sabe lo que quiere y por qué lo quiere. Es probable que la organización armada y la parte de la IA alineada con ella estén debilitadas. Aún así, la pretensión de conseguir su disolución sólo por medio de la represión policial y judicial es difícilmente asumible.

Finalmente, queremos señalar desde la constatación de la realidad la falacia de afirmar que todo en la izquierda abertzale es ETA. Tampoco esto es verdad. Este apriorismo además de falso es injusto, pues supone la criminalización de muchos inocentes y la retroalimentación de un sentimiento de victimismo estéril. De ahí nuestro desacuerdo con la Ley de Partidos, con sus injustas y continuadas ilegalizaciones, y los procesamientos en masa o macrosumarios.

En éstos parece prevalecer el escarmiento político sobre la verificación de las pruebas y contra la presunción de inocencia. En todo caso lo dicho no puede justificar la falta de piedad y humanidad ante el asesinato, la extorsión y el dolor de los demás. El mantenimiento de la representación electoral es un principio democrático básico, pero también lo es igualmente una exigencia de la auténtica democracia, desalojar democráticamente de las instituciones a quienes escudándose en la supuesta inutilidad de las condenas, se niegan a decir que matar a una persona es un crimen y extorsionar con amenazas una injusticia.

No podemos ignorar que en la situación en que vivimos es la misma sociedad la que sufre las consecuencias de la falta de paz y los efectos del terrorismo. Es ella, la que debe hacer oír su voz y reiterar cómo quiere ser, vivir y construir su futuro. Ella debe tener siempre la última palabra. Los partidos políticos y los agentes sociales, deben estar a su servicio en la consecución del bien común por encima de sus proyectos e intereses partidistas por muy legítimos que sean.

* SSD-Justizia eta bakea
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