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29-04-2008
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El desinterés con el que los norteamericanos despiden el mandato de su presidente es casi absoluto. No sólo carece de interés entre la audiencia, sino que a veces carece totalmente de audiencia.
Macarena Vidal
EL presidente de EE.UU., George W. Bush, intenta dejar un legado más allá de la guerra en Irak, pero a nueve meses de abandonar el poder halla no sólo cada vez más desinterés entre su audiencia, sino a veces... ni hay audiencia.

La Casa Blanca encuentra que, en el terreno informativo, debe competir con el tirón de una campaña electoral demócrata muy reñida, en la que la lucha entre Hillary Clinton y Barack Obama se lleva de calle el interés del público. Y se come los presupuestos para coberturas informativas de los medios.

En su último viaje a Europa, cargado de contenido informativo -se reunía por última vez con el presidente ruso Vladímir Putin y discutía sobre la ampliación y las tropas para Afganistán en la OTAN-, apenas unas decenas de periodistas acompañaban al presidente, bien lejos de los cerca de 200 habituales hace tan sólo un año.

Los viajes en territorio nacional tienen aún menos quórum, y de la larga lista de periódicos que volaba con el presidente ya sólo quedan tres -The Washington Post, The New York Times y Los Angeles Times- que figuran en todas las salidas fuera de Washington.

Otrora, una rueda de prensa en la Casa Blanca hubiera registrado un lleno hasta la bandera. Participaban no menos de cuatro secretarios del Gobierno, encabezados por la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, y el secretario del Tesoro, Henry Paulson, para hablar sobre el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Colombia. En cambio, el panorama era desolador: había un grupo escaso de periodistas tomando notas, en clara minoría frente al tropel de secretarios y sus asistentes al otro lado del atril.

Cuando Bush anunció una parada en los recortes de tropas en Irak, la Casa Blanca se resignó a no pedir a las cadenas de televisión que retransmitieran el discurso en directo, como hubiera hecho en años previos debido a la relevancia de la noticia.

Un análisis del experto en televisión Andrew Tyndall indica que en los primeros meses de 2008 la información sobre la Casa Blanca sólo generó 19 segmentos en los informativos nocturnos de las grandes cadenas, frente a los 302 de la campaña electoral.

En unos ciclos informativos que demandan constantemente lo último, los mensajes de Bush tras siete años y medio de mandato y cinco de guerra no suenan precisamente a novedosos.

E incluso cuando lo son, tampoco parecen llegar muy lejos ante un Congreso en el que la oposición demócrata es mayoría y unos líderes extranjeros que tienen ya la vista puesta en la sucesión.

Unos índices de popularidad por debajo del 30%, como apuntan las últimas encuestas, y una economía estadounidense encaminada a la recesión tampoco le ayudan a mantenerse relevante.

Hace pocas fechas Bush vio cómo los países de la OTAN denegaban por el momento una vía para incluir a Georgia y Ucrania en la Alianza, pese a la fuerte presión del presidente estadounidense. En su gira por Europa del Este, el presidente tampoco logró, pese a lo que esperaba originalmente, que Putin le diera el visto bueno ruso al escudo antimisiles que Washington planea en Europa del Este. Y luego recibió un revés cuando envió al Congreso el TLC con Colombia, para su votación en un plazo de noventa días como obligaba la ley y contra los deseos de los líderes demócratas.

Pero si Bush parece haber perdido su lustre como mandatario del país, sí parece conservar su toque mágico a la hora de recaudar fondos. A lo largo de su mandato ha participado en más de 300 actos de recaudación de fondos, en los que ha logrado la friolera de más de 760 millones de dólares para el Partido Republicano, según cálculos no oficiales. Hace unas semanas, Bush estuvo en un acto de este tipo en un rancho vecino al suyo en Crawford, en Texas. ¿La recaudación? 3,5 millones de dólares en una noche. Al menos para algo sí tiene audiencia.
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