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Rafa Díez (LAB), Josu Onaindi (CC.OO.), Adolfo Muñoz (ELA) y Dámaso Casado (UGT), en una reciente manifestación conjunta a favor de la libertad sindical. |
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El sindicalismo vasco, en la encrucijada
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Los sindicatos celebran mañana divididos el Día del Trabajador. Sus disputas, la desregulación del mercado de trabajo y la desmovilización de las masas obreras amenazan con poner en cuestión su papel en la sociedad.
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Ibai Cereijo
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EL movimiento sindical vasco se encuentra ante una de sus mayores encrucijadas desde la instauración de la democracia. Aunque su salud objetiva es buena, a tenor de sus 20.000 delegados en los centros de trabajo y a una afiliación que ronda las 250.000 personas, la nueva sociedad del siglo XXI ha trastocado las coordenadas con las que había desempeñado su acción reivindicativa durante los últimos 20 años. Las fuertes disputas entre centrales, la desregulación del mercado de trabajo y una serie de decisiones judiciales que han acotado su terreno de juego amenazan con cuestionar su papel como garantes del derechos de los trabajadores.
Los sindicatos vascos afrontan mañana la fiesta del Día del Trabajo con una fuerte división de carácter político y estratégico. Sólo CC.OO. y UGT se manifestarán de forma conjunta, a pesar de que los objetivos generales de todos ellos gravitan en torno a los mismos puntos: empleo de calidad, mejores salarios, seguridad y salud laboral, freno a la discriminación, igualdad entre sexos y conciliación con la vida personal, entre otras cuestiones.
Una reciente encuesta elaborada por el Gobierno vasco puso cifras al descontento de la población vasca con su labor. Sólo un 43% de la ciudadanía dijo confiar en los sindicatos y ninguna de las cuatro principales siglas obtuvo el aprobado en la escala de valoración. Del sondeo se extrae la conclusión de que el público reconoce su contribución en el pasado a la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, pero al mismo tiempo constatan que su influencia en la sociedad se ha erosionado en los últimos años. El 58% de los vascos sostiene esa tesis.
Entre las principales críticas que se formulan a los sindicatos figuran la falta de unidad (el 83% aboga por la acción conjunta de ELA, CC.OO., LAB y UGT), la dedicación exclusiva a sus afiliados (47%) y la marginación de los trabajadores que no son fijos (30%). Una porción significativa de la sociedad (el 19%) está en una postura de censura total y afirma que las centrales "no sirven para nada".
unidad, política e intereses Mucho se ha debatido sobre la necesidad de que las distintas organizaciones sean capaces de converger para ganar eficacia. Ayer mismo, el líder de CC.OO. de Euskadi, Josu Onaindi, se expresaba su voluntad de progresar en esa dirección, pero al mismo tiempo advertía de que sería una "ingenuidad" pensar que la unidad es posible a corto plazo.
En una reciente entrevista, Rafa Díez Usabiaga (LAB), declaró que, más allá de las uniones puntuales para conflictos concretos -en Osakidetza, por ejemplo-, existen discrepancias "de fondo" que cierran el camino. Se refería, obviamente, a la brecha entre centrales nacionalistas y no nacionalistas, pero también a las distintas concepciones que habitan en los sindicatos sobre hasta qué extremos ha de llegar el acento reivindicativo de su estrategia. ELA no ha descartado volver a aliarse con LAB, pero niega cualquier posibilidad de entenderse con CC.OO. y UGT, a los el secretario general, José Elorrieta acusa a menudo de aceptar la "paz social institucionalizada" que ofrecen la patronal y la Administración.
Lo que parece claro es que la unidad no sólo está vetada por cuestiones políticas y tácticas, sino también por lo que muchos trabajadores perciben como meros intereses corporativos -algo así como "primero mi sindicato y, después, el mundo"- que están poniendo en solfa la capacidad de movilización de los trabajadores. La incidencia de las huelgas registró el año pasado niveles mínimos de la presente década a pesar de que numerosos convenios sectoriales acumulaban retrasos de varios años.
La división se ha acentuado en el reciente periodo de expansión económica, un ciclo de más de una década de duración en la que el tejido productivo de Euskadi ha experimentado un histórico ritmo de crecimiento. La desaceleración puede dar al traste con muchas conquistas sociolaborales que se han logrado en este tiempo y romper la situación de pleno empleo. Si el panorama laboral sufre el deterioro que han augurado los más pesimistas, habrá que ver si los sindicatos vascos son capaces de aparcar sus peleas por el bien de los colectivos más desfavorecidos.
la ola liberal europea Hace pocas semanas, los líderes de ELA, CC.OO., LAB y UGT ofrecieron una insólita imagen de unidad al manifestarse juntos en Gasteiz en contra de una investigación abierta por el Servicio de Defensa de la Competencia -dependiente del Ejecutivo autonómico- acerca de un posible pacto para evitar la apertura de los comercios en festivos. La indubitada respuesta conjunta a este hecho se debe a que las centrales han empezado a sentirse invadidas en su territorio por lo que consideran una alianza de orientación "neoliberal" entre los poderes públicos y los grandes intereses empresariales.
Elorrieta ha denunciado la existencia de un plan de "acoso y derribo" contra los mismos pilares del movimiento sindical. No hace mucho, su organización recibió una castigo judicial histórico que pone coto a la acción de los piquetes en el transcurso de las huelgas. Por primera vez en el País Vasco, dos delegados fueron condenados por causar destrozos y coaccionar en un conflicto en el sector de hormigones y canteras, en 2002. La sentencia genera una jurisprudencia peligrosa contra los instrumentos de presión que han sido consustanciales a la acción sindical desde su fundación. "Es un intento claro de domesticarnos", opina un veterano dirigente.
Los tribunales comunitarios han emitido recientemente varias sentencias que se dirigen en esa misma dirección, delimitando el terreno de juego sindical frente a la inquebrantable libertad de mercado. En el caso de la empresa letona Laval, Luxemburgo ha establecido que es lícito que empresas provenientes de países de bajo coste laboral ofrezcan servicios en el extranjero usando mano de obra de su nación de origen, sin necesidad de respetar las condiciones de trabajo locales.
La ola liberal que planea sobre Europa tiene su máxima expresión en la directiva Bolkestein. Su objetivo es eliminar trabas en el mercado interior de servicios de la UE. En la práctica, las centrales obreras ven en ella la claudicación de la Europa social ante los intereses de las grandes corporaciones y la entrega de un cheque en blanco para limitar la capacidad de regulación de los gobiernos nacionales en materia de política industrial y relaciones laborales.
Como ejemplos más cercanos de desregulación, las organizaciones obreras citan el sistema de contratación eventual, la subcontratación de servicios y el uso de dobles escalas salariales. Medidas que, a su juicio, constituyen una especie de conspiración para obstaculizar la intervención sindical.
la era de los 'mileuristas' El mercado laboral ha dado a luz a una nueva generación de jóvenes trabajadores, los mileuristas, que se incorporan al empleo en unas condiciones de inestabilidad que nada tienen que ver el marco de derechos que disfrutaban sus padres, que por sus características -entorno industrial, contrato indefinido, alto grado de implicación en conflictos- facilitaba la actividad sindical. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, el 41% de los trabajadores de Euskadi son mileuristas. Es decir, cobran como mucho 1.000 euros al mes con 14 pagas anuales.
Los sindicatos vascos afrontan el futuro con recetas dispares para combatir estos nuevos retos, desde los que apuestan por ejercer de contrapoder radical -ELA y, en menor medida, LAB- a quienes defienden el diálogo social y la concertación -CC.OO. y UGT- como soluciones al nuevo escenario. De su acierto depende el papel que jugará el sindicalismo en las próximas décadas. |
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