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Mesa de redacción
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El circo de la F-1
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Raquel Ugarriza
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lo siento, pero al contrario que muchos de ustedes, no soporto la Fórmula 1. Sé que es impopular decirlo pero me harta que todo el planeta se paralice ante una nueva jornada del mundial. Andaba yo el domingo de despiste informativo cuando encendí la radio a las dos de la tarde para enterarme de lo último sobre el Playa de Bakio, saber si podía aliñarme la ensalada con aceite de girasol sin caer fulminada y conocer si el Iurbentia hacía historia para luchar entre los grandes. En esas que en vez del informativo escucho el excitante tono de los comentaristas deportivos retransmitiendo una muy visual y por lo tanto poco radiofónica carrera de Montmeló. El mundo girando alrededor de Alonso y la carga de combustible de su descacharrado Renault. Y yo a punto de comerme la lechuga a palo seco. Es sólo un ejemplo de la hegemonía de los acontecimientos deportivos en la agenda informativa. Pero lo que más asombra es que, en puridad, el automovilismo, deporte, lo que se dice deporte no parece. En el deporte, la actividad física es lo que domina y lo que preocupaba el domingo a los voceros radiofónicos era la capacidad de combustible que tiene el Renault de Alonso. O sea, mecánica pura y dura. No niego que los pilotos no tengan que preparase como verdaderos atletas, pero si ganaran los mejores, como en los deportes serios, no influirían las escuderías ni los Briatore de turno ni por supuesto los imprescindibles ingenieros y mecánicos. El automovilismo es al deporte lo que las acrobacias del Circo Chino a los Juegos Olímpicos de Pekín. Alonso, su archienemigo Hamilton y el astuto Raikkonen son prestidigitadores del espectáculo, contrincantes de un juego de adultos que mueve millones en todo el mundo. Con eso vale, ¿no?
rugarriza@deia.com |
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