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Pedro Horrillo y Juanjo Oroz comparten esfuerzo en un tramo de pavés durante la larga primavera del navarro de Euskaltel-Euskadi. |
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Las primaveras de Oroz
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Juanjo Oroz es, junto a Christian Knees, el único ciclista que ha logrado terminar esta temporada las seis clásicas de primavera más relevantes: Milán-San Remo, Tour de Flandes, París-Roubaix, Amstel Gold Race, Flecha Valona y Lieja-Bastogne-Lieja
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Alain Laiseka
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El envite lo ha lanzado Txantrea (nombre de usuario), a modo de pregunta del Trivial, en un foro de ciclismo en internet: "¿Qué corredores son los únicos que pueden acabar las 6 clásicas de primavera?". La cuestión quedó colgada en la red en la tarde del viernes. 19.12 horas. A un suspiro de que la primavera adquiriese su última bocanada de aire camino del barrio obrero de Lieja, en Ans. Allí sellaron su visado el domingo los dos único ciclistas profesionales que se adaptaban al perfil fijado por Txantrea: el alemán Christian Knees (Bonn, 1981) y el navarro, de Berrioplano, Juanjo Oroz, un año mayor que el corredor del Milram.
"Sí, es verdad, alguien me ha dicho que somos los dos únicos que hemos acabado todas las clásicas de primavera. Personalmente me quedo muy satisfecho. ¿Que pueden decir que acabar lejos de los primeros no tiene mérito? Que vengan ellos y las corran (ríe). No, en serio, yo tengo muy claro cuál es mi papel en el equipo, que no es otro que ayudar a mis compañeros". La voz de Oroz llega nítida al otro lado de todo: de los Pirineos y de los Alpes. Suiza centra desde ayer la atención ciclista con el descorche del Tour de Romandía con un prólogo de apenas dos kilómetros en Ginebra, el centro financiero del mundo. El navarro echa cálculos. De carrerilla, un sonetín. Suma en sus piernas...: "Cinco días en la Vuelta a Valencia, siete en la Tirreno-Adriático, la Milán-San Remo, el Gran Premio de Laudio, Tour de Flandes, Gante-Wevelgem, Pino Cerami, París-Roubaix, Amstel, Flecha y Lieja. Total: 21". Sólo el Tour de Romandía le separa del periodo de barbecho que se alargará hasta la Dauphiné Liberé. Antes de plegar las alas, el navarro hace balance de su primavera, de las seis clásicas (junto a la Gante Wevelgem), que ha logrado concluir.
MilÁn-San Remo "Larga, larguísima"
La Classicissima es una travesía metafórica. Turchino, el punto de inflexión. Un túnel entre dos mundos. Del universo laborioso a la fantasía burguesa. Pasadizo eterno. "Es una carrera extremadamente larga, larguísima". Oroz trata de hacer memoria de su primera clásica del año. Una espera de más de 200 kilómetros que fulmina la presencia de la Cipressa. "Cuando la carrera llega a ese lugar, despuntan los nervios, la tensión. Es impresionante. La carrera no tiene puertos duros porque tanto la Cipressa como el Poggio no tienen apenas rampas duras, pero cuando arrancan los buenos en alguna de las dos te das cuenta de que no te queda nada en las piernas, que los kilómetros te han ido comiendo las fuerzas", dice. El asfalto es una lima silenciosa, sutil. "Pero lo peor de todo es la tensión que se genera antes de la Cipressa", recalca el corredor de Euskaltel-Euskadi, quien asegura que la Milán-San Remo no pasará a su historia íntima como una de sus carreras memorables. "Llegué cansado de la Tirreno y me quedé nada más empezar el Poggio. Fue un día que recordaré sin más". Llegó a más de doce minutos de Fabian Cancellara.
Tour de Flandes "Me enganchó el ambiente"
El pavés de Flandes tiene lábel: es pórfido, gris y remendado, y proviene de las canteras de Lessines y Quenast. Roca selecta. Escasa. En extinción después del asfaltado masivo de la Europa resquebrajada tras la II Guerra Mundial. Por eso, los organizadores de De Ronde pusieron los ojos en la Flandes Rural, la escondida. Una zona inexpugnable que los agricultores habían minado de bergs o cotas. Desfiladeros de la muerte. Rectas de desniveles imposibles por donde arrastraban sus carros. Molenberg, Koppenberg, Grammont, Bosberg... Juanjo Oroz había oído hablar de ellos. Leyendas. De las más recordadas, la que escribió un 30 de marzo de 1969 un tal Eddy Merckx, claro, el Caníbal, en un día de primavera vestido de gris. "Tiempo asqueroso", que decía Edwig Van Hooydonck. El ideal. El del Tour de Flandes. Merckx atacó a 70 kilómetros de la meta y nadie le pudo seguir. Su máxima: "Si tengo que hacer todo el trabajo, más vale correr solo". Ganó. Oroz no, claro. Ni siquiera atacó. Pero logró llegar a Ninove en su primera participación en De Ronde. "En la salida todo el mundo me decía que me olvidara de acabar, que ni lo pensara, por eso le tenía mucho respeto a la carrera", explica. Sus recuerdos son efímeros, los borra el dolor, el sufrimiento sobre el pórfido flamenco. "Me impresionó el ambiente. Es un ciclismo diferente que me enganchó por la cercanía entre público y corredores. No sé, me gustó", sostiene. Pasó como pudo todas y cada una de las cotas que salpican el recorrido hasta la antesala de Grammont. Allí, pudo disfrutar "porque iba en el grupo siguiente al de cabeza y aunque rodábamos rápido, pude percatarme de todo lo que rodea a esta carrera en ese muro y en el último, Bosberg". El navarro entró en meta el 50, a poco más de nueve minutos de Stijn Devolder.
París-Roubaix "Llegar al velódromo, un alivio"
Decía Sean Kelly, doble vencedor en Roubaix, que un Infierno del Norte sin agua ni barro es menos Infierno. "Pues menos mal que no llovió. Si lo llega a hacer, es seguro que no acabo". Oroz duda unos instantes a la hora de calificar la París-Roubaix. Medita. Encuentra lo que busca: "Es otro ciclismo". Ajustado. Un guante. "Se me hizo durísima. Es increíble cómo el pavés te va limando las fuerzas. En los primeros tramos piensas que vas bien, que puedes hacer una buena carrera... Todos esos pensamientos se derrumban cuando llegas al bosque de Arenberg", se sincera. En el tramo más famoso de la París-Roubaix, Oroz zigzagueó de un lado a otro de la calzada. Sin rumbo. Desorientado. "Empecé por el centro y me di cuenta que iba mal, así que busque un hueco más cómodo por el costado. Tampoco funcionó. Volví al centro, y luego al otro lado. Así hasta el final del tramo. Sólo me preguntaba: ¿Dónde está aquí el camino bueno?". Se dio cuenta de que en el diccionario de Arenberg esa palabra, bueno, no existe. Pasó el resto de los tramos trastabillado, en la duda: ¿Por dónde agarro el manillar? No logró resolver la ecuación hasta que entró en Roubaix. "Entrar en el velódromo fue un alivio. Creo que en la última vuelta ni siquiera di pedales", recuerda. En meta, parte de desperfectos: "Estaba roto". Clarificador. Lo explica: "Cometí el error de no protegerme las falanges de los dedos". El resultado, el indeseado: "Días después de acabar la carrera, ni siquiera podía cortar un filete con normalidad. Tenía los dedos tan hinchados que no podía coger bien el cuchillo para cortar". Boonen le aventajó en meta en casi 17 minutos.
Amstel Gold Race "Es una ratonera"
Del pavés al asfalto. Un alivio. No tanto. La Amstel no es un bicoca. "Es estresante", resume el ciclista de Euskaltel-Euskadi. "Desde el principio son todo carreteras estrechas, cruces, rotondas, isletas, pequeños repechos... Una ratonera", radiografía Oroz, quien reconoce que no llegó del todo bien a la cita holandesa por estar todavía recuperándose de la París-Roubaix. Nunca se le ha dado bien la clásica de la cerveza al equipo vasco. "Es cierto", medita el navarro. "Pero es que esta carrera es muy rara. Hay que conocerla bien e ir muy concentrado durante todo el recorrido. Mira, yo creía que iba bien y cuando fui a arrancar me di cuenta de que no podía, de que estaba sin gas", dice. En la cima del Cauberg fue el 100, a 7:42 de Cunego.
Flecha Valona "Siempre se nos ha dado bien"
La única de las seis clásicas que ha visto vencer a un ciclista vasco: Astarloa, 2003. "Históricamente se nos ha dado bien. Es una carrera bonita, atractiva, aunque el Muro de Huy es impresionantemente duro", explica Oroz, quien sostiene que la táctica en la Flecha Valona es clara. "El que va a ganar se espera hasta el final, se la juega en la última subida, adonde los mejores llegan con el cuchillo entre los dientes. ¿Lieja? Aquí nadie piensa en el mañana. La Flecha es una carrera lo suficientemente importante como para darlo todo por ganarla", explica. Su irrupción en la clásica más corta se saldó con un 105º puesto, a más de siete minutos de Kim Kirchen, el corredor que mejor soportó el frío y la lluvia que sacudió las Ardenas.
Lieja-Bastogne-Lieja "Es la más bonita"
"¿Cotas? No, son puertos". La voz de Oroz se ha vuelto rotunda. El recuerdo de la Lieja es reciente. Escuece. Sarna con gusto. "Es la más bonita de todas las clásicas. A mí me ha quedado una sensación rica, pese a su dureza". Le dejaron huella la trilogía por Wanne, Stockeu y Haute-Levée, la Redoute, Saint-Nicolás... "y el nuevo. ¿Cómo se llama?... Sí, Faucons. Increíble, muy dura, vaya rampas...". El telegrama de Oroz habla del último descubrimiento de la Lieja, una subida de dos kilómetros con truco. "Es un engaño. No acaba donde pone la pancarta, porque luego hay un falso llano que desemboca en otra rampa de aproximadamente un kilómetro que muele los músculos, los termina por machacar. Allí se rompió todo", explica. Allí se quedó él, Oroz camino de su hito, de su sexta primavera y su quinto monumento. Los ha acabado todos: San Remo, Flandes, Roubaix, Lieja y, el pasado otoño, el Giro de Lombardía. |
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