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Edurne Pasaban logró el ascenso tras fracasar en 1998 y 2001. Foto: deia |
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montaña la actualidad
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Un diez para Edurne Pasaban
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la tolosarra suma en el dhaulagiri su décimo 'ochomil'. Se ha convertido en la tercera mujer en coronar diez de las catorce montañas más altas del mundo.
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Eduardo Oyarzabal
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bilbao. Diez años para sumar el décimo ochomil. Se dice pronto. Es el tiempo que ha empleado Edurne Pasaban para encumbrar diez de las catorce cimas más alta del mundo. En esta ocasión el éxito se ha sucedido en el Dhaulagiri, la Montaña blanca, que con sus 8.167 imponentes metros de altura se erige como la séptima montaña más cercana al cielo, una de las más bajas de las catorce que sobrepasan la barrera de los ochomil, pero a la vez una de las más peligrosas dado el gran número de avalanchas que se producen en la misma. Es la que le ha permitido a esta tolosarra colgarse el cartel del diez. Y es que Edurne Pasaban ya formaba parte de la historia del montañismo, pero está empeñada en continuar engrosando su listado de montañas escaladas, y como se ha podido comprobar, es complicado frenar sus aspiraciones. No en vano, éste era su tercer intento de ascensión al coloso del Himalaya nepalí. Y como se suele decir, a la tercera va la vencida. Así ha sido.
Su primer asalto a la Montaña blanca fue en 1998, pero el proyecto fracasó a escasos 250 metros de la cima. Aquella ocasión fue el primer intento de conquistar un ochomil para esta tolosarra de 34 primaveras. Unos primeros pasos poco esperanzadores de cara a su carrera por coronar las montañas más altas. Aunque todavía estaban por llegar otros dos intentos que resultaron ser un fracaso, antes de anotarse su primer ochomil, que fue el Everest. Un ascenso por la ruta del collado Sur que la llevó a ser la primera vasca y tercera alpinista estatal en conseguirlo.
Ese mismo año y con la moral fortalecida tras su primer éxito, llegó el segundo intento al Dhaulagiri. Una expedición que Pasaban compartió con Carlos Soria y Pepe Garcés y que nunca podrá olvidar, por el fallecimiento de éste último. Un varapalo que no mermó los planes de la guipuzcoana, que comenzó a marcarse cotas más exigentes, como se refleja en su extensa nómina: Makalu (8.035) y Cho Oyu (8.201) en 2002; Lhotse (8.516), Gasherbrum I (8.163) y II (8.035) en 2003; K-2 (8.611) en 2004; Nanga Parbat (8.125) en 2005 y Broad Peak (8.047) en 2007. Un listado del que sólo pueden presumir otras dos mujeres en todo el mundo: la austríaca Gerlinde Kaltenbrunner y la italiana Nives Meroi.
De momento, le quedan cuatro colosos para cumplir su sueño de hollar la cima de los catorce: Shisha Pangma (8.046), Annapurna (8.091), Manaslu (8.163) y Kangchejunga (8.586). Y aunque todavía no ha regresado a su casa, la guipuzcoana ya suspira por coronar el próximo otoño el Manaslú, la montaña de los espíritus, de 8.163 metros. Un nuevo proyecto que nada tiene que ver con la Ingeniería Técnica Industrial, sus estudios universitarios. Se trata de una nueva aventura. Montañismo en estado puro. La sensación de libertad como máximo exponente.
Ayer, aproximadamente a las 13.00 horas, Edurne Pasaban engrosó la historia, solventó el que ha sido, sin duda, uno de los mayores problemas de su vida, el ascenso al Dhaulagiri. Un sueño que se ha tornado en realidad. Una gesta que a la vez le ha reportado una de sus mayores satisfacciones como alpinista. Curiosamente, el coronamiento se ha producido el día 1 de mayo, jornada del trabajador. Parece premeditado, pero en la montaña cumplir con las previsiones es toda una quimera. Por lo que la casualidad se ha aliado con esta montañera, fiel reflejo del trabajo y del esfuerzo diario, aunque para ella su dedicación no sea una labor, sino una afición como otra cualquiera. Ya sólo la quedan cuatro y 8.167 metros menos por escalar. Todo un hito. De diez. |
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