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Preguntas mirando al futuro
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Mitxel Unzueta
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Aunque han pasado días desde las últimas elecciones, el runrún de sus resultados sigue circulando en muchos ámbitos, por su importancia de futuro. El nacionalismo español -es decir, el "no nacionalismo"-, no oculta su alegría. El revolcón electoral del PNV abre la puerta a nuevos panoramas políticos desde la perspectiva del Estado y, quizás, también a futuras operaciones constitucionales. En general, en este ámbito, se estima que los proyectos del lehendakari están en el centro de la situación.
No es fácil de sintetizar las diversas interpretaciones que surgen desde el nacionalismo vasco, para explicar el resultado. Así, se invoca la naturaleza de las elecciones; el crimen de Mondragón; la ausencia de un acuerdo de acumulación de fuerzas; la polarización de los debates entre Rodríguez Zapatero y Rajoy; la tibieza en el soberanismo. Hay quien apunta a Imaz y otros a los riesgos del ejercicio del derecho de consulta, etc. Está claro que en Cataluña y Euskadi ha habido un voto que ha querido poner freno a un PP desmadrado.
Sin quitar importancia al análisis de estos factores que, de alguna forma, conectan con las diversas visiones que se dan en la sociedad, entiendo que no son suficientes para aclarar la situación. En el resultado electoral puede haber de todo un poco, pero la suma de estos factores es insuficiente para valorar lo ocurrido.
El PNV es un partido que ha superado los cien años, algo que no es corriente. Su historia no está exenta de complicaciones. Sus comienzos fueron modestos. El ensamblaje con muchos de los llamados euskalherriakos, supuso la incorporación a sus filas de significativos componentes de las clases medias urbanas cultas. De aquel entramado surgieron personalidades que, en su acción política, dieron al partido una imagen de honestidad, respetabilidad y, por supuesto, de defensa de la personalidad del País. En muchos casos, su gestión pública fue en detrimento de sus propios intereses. De ese ensamblaje social surgieron personajes como Aguirre, Leizaola, Irujo, Ajuriaguerra y otros más, injustamente olvidados.
Superados los tiempos negros de la dictadura, cuando llegaron las elecciones de 1977, no pocos expresaban su convicción de que el PNV tendría un fracaso, porque representaba un pasado lejano. El resultado fue lo contrario, un éxito. El recuerdo del buen hacer de aquella generación, fue como un aval ante la sociedad vasca.
Han pasado más de treinta años, durante los que se ha mantenido aquella simbiosis entre sociedad y PNV, con pequeños altibajos y superando las consecuencias de una escisión. ¿Por qué este entramado entre sectores mayoritarios de la sociedad vasca y los partidos nacionalistas vascos, en general y el PNV en particular, parece haberse resquebrajado? Como he señalado, los particularismos que han concurrido en la última elección, no son suficientes para explicar el resultado, en la medida en que algo parecido ha ocurrido también en los dos procesos electorales precedentes, lo que evidencia no una coyuntura, sino una tendencia.
Entre lo que he leído, me he encontrado con la opinión de un dirigente nacionalista vasco que ha tenido la sinceridad de encararse con el problema, advirtiendo que, en su opinión, entre los "colectivos que han perdido conexión con el nacionalismo" se encuentran los jóvenes y la población de los enclaves urbanos. Tengo la sensación de que esta consideración es un buen camino para indagar lo que está pasando. La verdad es que no ha descubierto nada especial, si tenemos en cuenta que comentarios más o menos parecidos, hace tiempo que estaban en la calle. El mérito radica en haberlo reconocido desde una posición responsable.
No creo que exista una fórmula que corrija una situación que se ha generado en años, por una acumulación de circunstancias, que deben ser detectadas, apreciadas y corregidas en sus justos términos. Desarrollar esta tarea significa que el PNV tiene que empezar por "encontrarse a sí mismo". No se trata tanto de hacer ponencias, informes o discursos, más o menos, sabidos. Se trata de escuchar, escuchar y escuchar, qué es lo que sus simpatizantes y la sociedad vasca, en general, esperaba y espera del partido y por qué, para bastantes, esta esperanza parece haberse frustrado. Es la única forma de empezar a rebajar esa distancia que, peligrosamente, parece haber surgido entre aquellos y la clase política del PNV.
Sólo así desaparecerá ese aislamiento, reconocido por el dirigente al que he aludido. Sólo así encontraremos explicaciones válidas de lo ocurrido en Bilbao o por qué en San Sebastián o Vitoria, no se recuperan pasados retrocesos, por no citar más que alguno de los problemas pendientes.
Vivimos en una sociedad con un nivel de bienestar desconocido y se han producido transformaciones que han permitido cambiar el País, en las últimas décadas. Este cambio es causa de admiración para muchos. Hay motivos para pensar que el Estatuto de Autonomía está en la base del cambio y que sin la presión del PNV, los partidos políticos llamados nacionales o estatales, no hubieran impulsado los niveles autonómicos alcanzados. Basta recordar el entusiasmo con el que, en cuanto pueden, recortan la autonomía. En algunas cuestiones estamos en el nivel de las primeras regiones de Europa, y sin embargo, el palmarés de estas realizaciones no ha sido suficiente para contener la pérdida de votos. ¿Por qué?
Hay que aceptar que no se ha conseguido dar al país un sentido de unidad y una visión de futuro, capaz de entusiasmar. Guste o no, estamos fragmentados. ¿Por qué se da la paradoja de que, si como se ha dicho, la renovación generacional ocurrida en el PNV, no ha conectado con la renovación generacional en la sociedad?
Desde hace años, el PNV viene soportando un chaparrón político y mediático de descalificaciones, que no siempre han sido equilibradas, con la adecuada réplica. Esto hace mella. En este contexto, no siempre se entienden bien algunos de sus planteamientos referentes a su defensa de la identidad vasca, como nación diferenciada. Por ello, sin perjuicio de mantener sus principios y de hacerlos llegar a la opinión pública de una forma más didáctica, el PNV tendrá que insistir con mayor énfasis en su vocación de articular un País próspero y justo. Se trata de explicar el contenido de un nacionalismo de responsabilidad en la creación de un país que esté a la altura de las necesidades de la nueva sociedad vasca. Un País en el que la identidad no es una reivindicación nostálgica, sino un instrumento en la gestación de esa prosperidad. Un país que es una nación aparte entera, con las consecuencias que en justicia procedan, basada en la Ética (valores), la Estética (imagen) y el Entusiasmo.
Si se convence al electorado de que el PNV tiene un proyecto estimulante de las potencialidades indiscutibles de la sociedad vasca, de ensamblaje del País y vocación efectiva para desarrollarlo, se habrá recuperado la confianza.
Las preguntas son muchas, pero no me toca a mí encontrarles respuesta porque, en definitiva, lo que estoy sugiriendo es que la clase política dirigente ponga en práctica lo que aconseja una máxima de la sabiduría universal. La formuló Sócrates, varios siglos antes de Cristo: "Conócete a ti mismo". Lo que se predica de las personas, cabe aplicarlo a las organizaciones.
La corrección de los errores que han llevado a la situación actual empieza por aclarar lo que somos y cómo se ve al partido. Después podrá definirse qué se espera que seamos.
No me ha resultado fácil escribir estas líneas. Me hubiera sido más fácil y cómodo perderme en los espacios del silencio. Si lo he hecho es porque me preocupa el temor de lo que puede ocurrir. Para ser sincero, tengo que añadir que buena parte de lo que digo es lo que vengo escuchando, desde hace tiempo, a un notable número de afiliados de los de toda la vida, simpatizantes y no simpatizantes, unas veces en encuentros fortuitos, otras tomando un café o a los postres de una comida, pero en todos los casos, con un denominador común que es el de la lealtad al País y una enorme preocupación e inquietud por un futuro que, por ahora, se presenta con muy pocas certezas.
Si el PNV sigue descendiendo en el ranking electoral, si esto ocurriera, no significaría que el país hubiera dejado de autoidentificarse como nación o, si se prefiere, como espacio diferenciado. Significará que se ha perdido un cauce de expresión, lo que, además de ser una distorsión grave, puede llevarnos a incertidumbres y pérdida de oportunidades, para abordar las transformaciones que permitan adaptarnos a las nuevas realidades y, en definitiva, riesgo de quedarnos en una posición difícilmente reversible. Será difícil corregir errores del pasado y, en algunos casos, doloroso. Sin embargo no es el mayor riesgo para el PNV. Lo más grave que puede ocurrir es que, por unas u otras causas, se acabe convirtiendo en realidad la advertencia que expresa un refrán de los bereberes del desierto: "No se puede enseñar el cielo al que no quiere verlo". |
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