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La galería Windsor ha ampliado sus instalaciones, y las diversas series de Amondarain 'invaden' todos los espacios. foto: windsor kulturgintza |
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La 'piel estremecida' de Oteiza, según el colectivo Lamia
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Antológica de su producción en los últimos 25 años.
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La galería ha cambiado y ampliado sus instalaciones. En la totalidad de los espacios se presentan series muy diversas realizadas en los últimos años por José Ramón Amondarain.
El modo de operar de José Ramón Amondarain consiste en instalarse no en el terreno fértil del imaginario, el compromiso social y la sensibilidad respecto de lo que ocurre a su alrededor o le pasa en la vida cotidiana, sino en el territorio plástico de otros creadores para instaurar nuevos avatares expresivos y distintas vicisitudes conceptuales.
El artista extiende su atención sobre autores muy diversos. Todo el arte está a su alcance, así como nociones definitivamente instaladas en el conocimiento y en los usos rituales del sistema. Es como un juego de ajedrez cuyas reglas se conculcan y al mismo tiempo se utilizan parcialmente. Lo mismo emprende su jugada sobre un cuadro de Rubens que sobre fotografías de Cindy Shermann o Jeff Wall o sobre esculturas de Jorge Oteiza o Robert Gober. Una estrategia de representación de las representaciones figurativas o abstractas de otros importantes autores. Más allá del reconocimiento de los puntos de partida, la obra de JRA ofrece una dinámica cínica, tramposa y hasta transgresora, guiños que interfieren y que propician una nueva rentabilidad escénica.
Así, unas operaciones tan sencillas como fotografiar las imágenes de un catálogo proporcionan una mirada aplicada sobre el original que le abre a nuevos planteamientos y reflexiones. Si Sherrie Levine crea el doble de obras, como las de Walker Evans o Joan Miró y proporciona la conciencia de los tamaños en que son vistas, las imágenes de Amondarain instauran la distancia de la memoria y la imperfección o la impericia al mostrar los referentes total o parcialmente desenfocados. Unas refotografías que hacen presentes expresivos y plásticos matices gráficos. El planteamiento perturba el sentido y proporciona un eficaz proceso a los distintos roles femeninos que adopta el icono convertido ahora en modelo no sólo de sí mismo, sino como un mecanismo en el que se registra la alegoría del desdoblamiento.
Cuando se fija en la caja metafísica del artista de Orio, convierte sus limpios planos en signos informales, cambia el material originario y le dota de un aura brillante que lo sacraliza. Además, la sitúa sobre una transparente peana de metacrilato manchada de pintura y crea no pocas perturbaciones sobre la pureza inmaculada de sus investigaciones y propósitos experimentales.
En una obra muestra la pintura que representa el tratamiento de la imagen de un copista en el museo, cuyo origen está en las fotografías contextuales de autores como Louise Lawler, Thomas Struth o Karen Knorr. De nuevo, la circulación entre procedimientos y la posibilidad de crear estímulos que cuestionen e interroguen el sentido del arte y del sistema artístico.
artista 'coleccionista' Era Picasso quien decía que el artista debe ser un coleccionista de imágenes. José Ramón Amondarain se aprovisiona de lo que le interesa para remedar, simular y generar intersticios. Un tránsito en el que con leves cambios proporciona sagaces comentarios e inteligentes reflexiones sobre no pocos lugares comunes. La idea de autor, el concepto de lo que es original o no en arte, la discusión sobre el estilo, la unidad procedimental, el sentido de lo que es virtuoso o el valor de uso y de cambio de la obra de arte son algunas de las cuestiones que se ponen en entredicho.
El juego y la ironía no están ausentes en el trabajo del creador guipuzcoano. Su obra se resume en esa especie de autorretrato consistente en la representación de una enorme paleta de pintor. A los entremezclados colores al óleo les sustituye una ordenada cantidad de diapositivas que cubren la totalidad de la superficie y hacen ver la plena conciencia de un trabajo que está basado en la utilización de imágenes ready made.
Fernando Larruquert (Irun, 1934) y sus dos hijos fotógrafos presentan bajo el colectivo Lamia, en las salas de exposiciones de Boulevard Kutxa Gipuzkoa de Donostia, una cuidada y excelente muestra antológica de la producción de sus últimos 25 años. Y a decir verdad que la muestra no defrauda porque la selección ha sido cuidada, aunque no estricta del todo. Algunas fotos sobran. 132 fotografías de diverso tamaño, en blanco y negro y en color, se presentan en las tres salas de exposiciones destacando la primera sala la monográfica dedicada a Jorge Oteiza, amigo del fotógrafo.
Los distintos rostros del maestro de Orio son plasmados en unas series de carácter naturalista, en suaves grises, en la primera sala de la muestra, resultando mas interesantes las fotografías plasmadas en color y captadas en su residencia de Altzuza. El artista último, y el anterior, es captado con naturalidad y desenfado en su casa, en su estudio, entre pizarras, libros y esculturas, con Itziar, o haciendo remo en su habitación, en una poses nada afectadas.
Se nota que el escultor se hallaba entre amigos, y no le preocupaba demasiado el ojo de la lente, como ante otros fotógrafos. Algunos retratos en blanco y negro de gran tamaño, resultan también contundentes, despiadados, magníficos, como lo son algunas esculturas captadas en blanco y negro: Bilbao, Zarautz y sobre todo la escultura de Agiña.
Preciosas también las imágenes de Oteiza con niños y magnífica su serie gesticulante de los últimos años. Todas estas imágenes debieran pasar sin duda alguna a la sede de la Fundación Oteiza, y debieran haber sido presentadas con la datación correspondiente.
En la sala inferior se presentan diversos temas, agrupados por familias, que son de gran calidad y rigor de planteamientos: Boda en la familia de los Zuloaga y diversas bodas, Grupo de Danzas Argia, Paisajes marítimos, y Trabajos humanos, algunos de enorme fuerza y belleza: Sueño de Chillida y Campo de agua.
En la sala superior se ofrece un notable conjunto de personalidades del siglo XX, generalmente captados en su medio ambiente o muy cercano: Barandiaran, Garmendia, Julio y Pío Baroja, Escudero, Laboa, Mensu, Sagarzazu, Azkue, Requejo, Gorriti, San Martín, destacando los de Zubillaga y los restos de Remigio Mendiburu.
Los potentes negros y los delicados grises destacan sobremanera en unas composiciones sobrias y frontales.
Como puede observarse, Lamia ofrece una civilización y una cultura industrial-agraria, que se nos va y que está en trance de desaparecer, captada con gran refinamiento y reposo visual, sin grandes sobresaltos ni quiebras postindustriales ni telemáticas. Sin duda un gran reportaje documental del s. XX, como lo fueron en su momento Pelotari, Alquézar, y Euskal Herra Musika, en los que ellos tomaron también parte, y que fueron merecedores de un Goya. Sin duda todo un acierto y una exposición de obligada visita. |
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