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Micro on
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Controles
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Xabier Lapitz
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QUÉ les pasa a los funcionarios que trabajan en los aeropuertos? Siempre que cruzo las decenas de controles que debe atravesar cualquier viajero, siento necesidad de escribir otros tantos artículos. En Caracas, casi dos metros de verde oliva me han escrutado la maleta hasta lo ridículo. Por ejemplo, desplegando ante el respetable mi colección de calzoncillos y camisetas que estaban pidiendo a gritos una lavadora. Y más: me han preguntado para qué sirven unas aletas, unas gafas y un tubo. Aturdido ante el interrogatorio le he contestado "para torear, sargento Jiménez, para torear...". Pero no piensen que esto es una broma fácil sobre la formación de la soldadesca venezolana. Para que no se me enfaden allí, les cuento otra de aquí. Hace cuatro meses, en Loiu, un guardia civil también quiso saber para qué servía un bolígrafo que presentaba la rareza de estar sujeto por un cordón que hacía las veces de collar en mi cuello. Podría pensarse, por simple estadística, que este malformación intelectual es congénita a los cuerpos militares, pero tampoco. En Barajas, que debe de ser el único lugar del suelo patrio donde hay más controles que en Euskadi, han asignado la función a una compañía de seguridad privada. Vamos, como si fuera un catering. Creo que pasa en todos los aeropuertos de AENA. Los jefazos de la empresa se llevan una pasta del erario público y los del dinero de todos aún no nos han explicado convincentemente por qué este trabajo no lo efectúan con la misma ineficacia los diferentes cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Nos ahorraríamos un pico. Digo, y sostengo, que los privados les ganan, de lejos, en malos modales. Debe de haber algo de vocación militar frustrada en estos seguratas. Tuve que confesarme, otra vez ante el respetable, del imperdonable error de tratar de pasar el control con un botellín de agua. "¿Es que aún no se ha enterado, o qué?", me gritó la paramilitar, mientras su compañero ladeaba la cabeza como queriendo decir que dejan viajar a cualquiera. |
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