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Desarrollo de las votaciones en las primarias demócratas ayer en Carolina del Norte. |
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Mancharse las manos
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Clinton y Obama están llegando al final de la carrera más cerca de Bush de lo que quisieran admitir: vendiéndose como "la persona con la que todo estadounidense querría tomarse una cerveza".
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Gonzalo Espáriz
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las corbatas escasean, los elevados acentos se relajan y las visitas a los bares de carretera se multiplican. En el cuarto mes del proceso de primarias estadounidenses y con el importante voto de Indiana y Carolina del Norte, los aspirantes Barack Obama y Hillary Clinton ya no saben qué hacer para ganar para su causa a las clases menos pudientes.
Ambos poseen títulos de las mejores universidades del país, Harvard en el caso de Obama y Yale en el de Clinton. Los dos pertenecen al exclusivo club de senadores (sólo hay cien) y tienen además varios libros en el mercado, entre ellos sendas autobiografías.
Sus credenciales son el pasaporte seguro para codearse con la más alta sociedad del planeta, pero eso es lo último que quieren transmitir en estos momentos los candidatos. El objetivo es presentarse como uno más entre el pueblo.
Hasta el último momento, ambos candidatos intentaron convencer a la clase trabajadora de Indiana y a las deprimidas localidades de Carolina del Norte de que son "uno de ellos".
En una campaña tan ajustada, cada uno de los 187 delegados en juego ayer valen su peso en oro. Las encuestas dan a ella favorita en Indiana y a él en Carolina del Norte. Son las mayores citas que quedan en un calendario con seis fechas más hasta el final el 3 de junio en Dakota del Sur y Montana.
Clinton se dejó ver en el Show de David Letterman, en el que no mencionó en ningún momento la campaña y se esforzó por mostrarse ingeniosa. Entre sus "diez razones para amar Estados Unidos" hubo en efecto momentos divertidos como "tenemos más Dakotas que el resto del mundo junto" o "¿en qué otro lugar se pinta un coche por 29,95 dólares?".
humildes Ya en varias ocasiones Clinton se dejó ver tomando cervezas, e incluso whiskys, y recordando el origen humilde de su familia en bares que probablemente jamás vieron algo tan elegante como su impecable traje de dos piezas. Y ya son legendarios sus cambios de registro, del académico inglés de Washington al sureño acento que arrastra las sílabas y obvia el final de las palabras.
Cuando comenzó la campaña, el reto era enorme, porque pocos políticos en Estados Unidos transmitían tanta frialdad como Clinton. "Pero ese estereotipo fue desdeñado por muchos votantes y reemplazado por un giro positivo: las mismas características de ojos de acero que hacían que Clinton pareciese fría hacen que ahora parezca resuelta: donde antes veían a una persona calculadora, ahora ven a una determinada", escribía ayer The Boston Globe.
El punto de partida de Obama era diferente, pero el problema similar. Con su aspecto de profesor de universidad y su florida retórica, el senador por Illinois es lo menos parecido a un empleado industrial amante de las carreras de NASCAR. Además, sus manidos comentarios en abril sobre los "resentidos" habitantes rurales de Pennsylvania le granjearon un título de elitista que todo político intenta evitar. Desde entonces, el aspirante de 46 años se esfuerza por mostrarse más terrenal. |
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