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El juego del ángel
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Carmen Torres Ripa
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una semana después de comprarlo, he terminado de leer el libro. No hace falta que ponga el título porque en los periódicos, revistas, televisiones, círculos literarios y hasta tertulias, ajenas a las letras, se habla de la novela. La novela que ha sido capaz de engendrar un millón de hijos clónicos, como un milagro de inseminación asistida.
No voy a decir nada que rompa el embrujo de su lectura. Tampoco relataré el tema de la reencarnación de un personaje que usted reconocerá. Es la magia de encontrar los clásicos de la historia que nunca mueren. Y ese no morir sobrecoge. Sobrecoge tanto como al protagonista Martín cuando el entrañable librero, el señor Sampere, le dice que "cada libro tenía un alma, el alma de quien lo había escrito y el alma de quien lo había leído" (página 617). Toda una responsabilidad cargar con tantas almas a la espalda que van dejando en cada línea sus fantasías cotidianas, sus fantasías eróticas y sus fantasías sagradas. El juego del bien y del mal en un extraño aquelarre de letras.
Los periodistas, y más los escritores, quizás no nos damos cuenta de lo que significa poner fin a un artículo o a un manuscrito y dejarlo -como en el cementerio de los libros perdidos- para que un editor lo publique. El anonimato, de tantos días y tantas horas de soledad, se convierte en un desnudo público integral.
La imaginación del narrador vuela en busca de unas alas para el ángel. Lo describe con precisión - la inexacta precisión de verbos, adjetivos, puntos y comas- y sigue su dibujo de aire en el ordenador. Los colores se mezclan al dictado de los sueños, pero son nuestros sueños, y, a veces, no componen la figura acorde con la fantasía que usted tiene. El lector siempre quiere más. En ese querer, yo ahora no sé qué novela elegir para posar en mi mesilla y que me sorprenda cada noche. La sensualidad de un libro es un mundo anónimo sin la presencia del lector. La sensualidad de una página en blanco es una quimera vacía sin cuerpo físico. Es crear una dicha sensual sin sexo, un castigo del deseo. La perfección de una novela, como la perfección de un cuerpo, es una mutilación de lo concreto. Creo que el pudor de la desnudez es una justificación, porque no concuerda el deseo con la realidad. Es miedo a no alcanzar la plenitud de la belleza. La sensualidad sagrada de la perfección.
El lector ve al personaje que quiere. El escritor ve el ser que no existe en un ángel que desea que exista. Elige un ángel porque tiene alas. Las plumas son eróticas, blandas, viscosas, planas y sensuales en su simpleza. Quizás por la levedad de la nada son necesarias las plumas en el cuerpo de los ángeles. La irrealidad deja de ser quimera para convertirse en sueño. Un ser humano nunca podrá tener alas. Un ángel no existe sin alas. Él sólo -el ser que no existe- puede volar. Y se termina su vuelo después de 667 páginas. Imagínese -¡qué miedo!- si llega a ser, por media página aquí o allá, 666. El número diabólico.
Para seguir esta extraña filosofía que me ha entrado después de leer la novela del siglo, quería contarles que hay escritores que nunca se han enamorado. No se han enamorado, pero están enamorados de la no existencia del amor, y les duele el alma por no saber atraparlo en el folio que completa el manuscrito perfecto. Esa vacilación de no conseguir el amor, para siempre y en exclusiva, es su frustración. Quizás cuando lo encuentran no sepan compartirlo. Quizás no les guste pensar que su yo secreto se repita un millón de veces y, con rabia, manchan cada página de sangre.
Al fin, la estrella de la novela -una novela que usted, casi seguro, está leyendo- no es un hombre ni una mujer, no es un demonio ni un ángel. Es todos los seres en uno. El aire de la vida estática y tranquila, rabiosa y encendida, plácida y apasionada de la Humanidad.
La sensualidad de una página en blanco es una quimera vacía sin cuerpo físico
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La estrella de la novela no es un hombre ni una mujer, no es un demonio ni un ángel |
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