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08-05-2008
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Reinhold Messner, en una rueda de prensa.
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Treinta años de un imposible
Hace 30 años, se pensaba que subir al Everest sin ayuda de oxígeno era una locura. El 8 de mayo de 1978 el italiano Reinhold Messner y el austriaco Peter Habeler hicieron posible lo imposible.
Ignacio Naya
Empujados por la inquebrantable voluntad de Messner, un visionario que cambió el rumbo del montañismo, los dos escaladores desoyeron las recomendaciones médicas y los consejos de sus colegas, y se aventuraron en el terreno de lo desconocido. Las consecuencias de exponer al cuerpo humano durante un tiempo prolongado a la hipoxia de la zona más alta del Everest, cuya cima alcanza los 8.848 metros, eran toda una incógnita en aquellos tiempos.

"Sabíamos que el inglés Norton había ascendido ya en 1924 hasta los 8.600 metros sin botellas de oxígeno", recordó Messner tras la hazaña. "Pero no sabíamos ni siquiera si el hombre era capaz de sobrevivir más arriba".

Daños cerebrales irreversibles, embolia, ataques al corazón. Todos los males entraban dentro de lo posible. Sin embargo, para Reinhold Messner, el Everest sería sin oxígeno o no sería.

El sudtirolés tenía una concepción totalmente revolucionaria del montañismo. Para él, la esencia de la escalada no estaba sólo en alcanzar la cima a toda costa. La vía y la forma en la que llegar eran igual de importantes. Más simple, más rápido, más peligroso: esos eran los principios que inspiraban la filosofía de Messner y los que transformaron el montañismo a partir de esa fecha. Apenas un par de días antes de aquel 8 de mayo de 1978, Messner y Habeler se cruzaron en su camino hacia la cumbre con un compañero de la expedición austriaca en la que estaban integrados. Robert Schauer, estudiante de medicina, regresaba de la zona de la muerte, como Messner bautizó el territorio por encima de los 8.000 metros, y les advirtió: "No os envidio. Hice un pequeño intento sin máscara ahí arriba. Fue horrible. No me quedó fuerza para nada más".

Según cuenta el periodista Ronald Faux en su biografía de Messner, las palabras de Schauer hicieron mella en Habeler, que pensó en su familia y decidió utilizar oxígeno suplementario en su ascensión. Sin embargo, al comunicarlo por radio al campo base, algunos de sus compañeros se quejaron. Las bombonas estaban contadas y su cambio de opinión podría impedir el ataque a la cima más alta del mundo de otros expedicionarios. "Bueno, parece que sólo va a depender de nosotros", dijo entonces Habeler. "Lo conseguiremos, Peter", le respondió Messner.

La falta de oxígeno en altura convierte el más mínimo esfuerzo en una pesada carga, y superar el escalón Hillary, un pequeño resalte sin demasiada dificultad técnica en condiciones normales, supone una hazaña.

"No soy más que un único y estrecho pulmón que jadea, flotando sobre las nieblas y las cumbres", escribió más tarde Messner. Una frase que bajo su fotografía en cuclillas en la cima del Everest, enfundado en un traje de altura rojo y respirando sin máscara, es ya iconografía del montañismo.

Dos años después, Messner regresó al Everest, esta vez por su cara norte, para darle una vuelta más a la tuerca: escalar el Everest sin oxígeno y en solitario.

"Cuando se trata de Messner, las montañas se vuelven más pequeñas", dijo en aquellos años el sherpa Tenzing Norgay, que junto al neozelandés Edmund Hillary fue el primer en hollar los 8.848 metros del Everest en 1954.

Hoy, subir en solitario es ya imposible. La montaña himaláyica está sobreexplotada y todos los años son decenas los escaladores que suben por sus rutas más transitadas. Cerca de 3.000 personas estuvieron ya en el punto más alto de la tierra, aunque, eso sí, menos de 150 lo hicieron sin ayuda de oxígeno suplementario.

"Lo que se hace hoy es aburrido", dijo Messner, el primer hombre que subió a las 14 montañas de más de 8.000 metros, en una reciente entrevista. "Vamos hacia atrás".

El sudtirolés, de 63 años, echa de menos el riesgo, la innovación, la búsqueda de los límites. Quizá por eso, en 1978, a su vuelta de lo increíble, Messner agradeció la consecución de su gesta a quienes le empujaron a intentarlo, a aquéllos "que pensaban que era imposible".

"No soy más que un único y estrecho pulmón que jadea, flotando entre las nieblas y las nubes", relató Messner

El tirolés fue quien bautizó como 'La zona de la muerte' la franja por encima de los 8.000 metros
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