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Mesa de redacción
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Cutrevisión
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José Mari Alonso
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YA está aquí el circo mediático que rodea al la, la, la de Massiel de las narices y la supuesta compra de votos. Unos hablan, los demás lo niegan, otros prometen contarlo todo en el futuro, algunos amenazarán con ficticios anuncios de querella... Mientras unos hacen caja, el resto se dejará empujar al redil del Chikilicuatre, de su mulata que lo baila todo "con las bragas en la mano", y del repescado Uribarri en un intento de impulsar Eurovisión. Porque ni Cristo se acuerda de quién fue el último representante español que hizo el ridículo (lo de participar es un eufemismo) en el festival. Internet asegura que se trató de D'Nash con su espaninglis I love you mi vida. ¿Lo adivinan? No queda otra, el 20 de 24 y acascarla. De hecho, a estas horas ya me he olvidado de su nombre, por fortuna. Porque en este mundo repleto de cutres, cafres y artistas de pacotilla no basta con hacer el ridículo; hay que hacerlo con clase para poder hacerse un hueco en el cada vez más pequeño espacio de la memoria. Y, aquí, en mi mente sólo figura la gran Remedios Amaya. Ahí estaba toda descalza ella (aún me preguntó cómo le dio ese venado), repartiendo palmas en el escenario ante la mirada atónita de toda Europa, dándole a la matraca del "Ay!, ¿quién maneja mi barca, quién, que a la deriva me lleva, quién...?". Tanto le dio a la barca que al final acabó como ella, a la deriva, inflada a críticas, y sin ni siquiera haber amarrado el mísero punto de la amiga Portugal, por eso de que la gente siga yendo a por toallas. Pero al menos puede decir que permanecerá en el recuerdo. Porque, al final, con Eurovisión pasaba como con la actual edición de Operación Triunfo; todo el mundo se conecta al televisor cuando empiezan las votaciones ya que no hay ni Dios que aguante semejante sopor. Al menos, este año, el share lo tiene garantizado. Y Chikilicuatre, su hueco en la memoria.
jmalonso@deia.com |
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