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La precariedad
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Igor Mera Uriarte Y Txejo Ortega Pérez
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la precarización de las condiciones laborales extendida a lo largo y ancho del mercado laboral en los últimos años ha dejado sobre la mesa unas consecuencias gravísimas para el conjunto de las personas trabajadoras y en especial para quienes afrontan el empleo desde una mayor vulnerabilidad personal y social. Hay otras realidades, más profundas, que requieren nuestra atención. Tenemos que superar lo evidente e ir al fondo de las realidades que sufrimos en el día a día. En este caso queremos afrontar el análisis teniendo en cuenta el vector edad, esto es, tomando a la juventud como categoría de análisis.
Lo evidente es que la precariedad laboral ha traído, trae, de la mano un empobrecimiento material de las personas trabajadoras jóvenes, las cuáles se encuentran en una situación económica francamente peor que la de sus generaciones precedentes. Pero más allá de eso, se nos hace cada vez más evidente que la precariedad laboral tiene mucho que ver con la generación de un nuevo tipo de sociedad y de la extensión de toda una serie de valores (o mejor, contravalores) sociales.
Esto es lo que en Sociología se conoce como sociedad del riesgo o postindustrial y no es sino una sociedad en la que los cauces tradicionales de inclusión social y los medios por los que habitualmente se alcanzaba una relativa estabilidad personal ya no son válidos. Así, el hecho de acceder a un empleo ya no es garantía de acceder a una situación de estabilidad desde la que construir el proyecto vital que como personas elijamos. Para las personas jóvenes, hoy, el acceso a un primer empleo no es más que la garantía de un despido en un plazo relativamente corto. Las personas nos tenemos que acostumbrar al cambio permanente, nos tenemos que sobre-formar para poder competir mejor en el mercado laboral. El continuo formación-empleo-paro-empleo es una línea de incertidumbre constante que es afrontada en la mayor parte de las ocasiones de una manera individualista.
Ser joven ha dejado de ser una etapa corta y de transición cuyo objetivo sea convertirse en una persona adulta (igual a plenamente ciudadana) para ser toda una etapa vital por derecho propio. Los 15-20 años que puede durar este ciclo son años de formación y de elección, pero también son años de vaivén y de precariedad y de no acceso a todos los derechos de ciudadanía. La precariedad ha traído de la mano el retraso de la emancipación y ésta el consecuente alargamiento de la juventud. No es tolerable, y hoy lo es menos que nunca, que una parte muy significativa de la sociedad se encuentre en tierra de nadie. Recibiendo demandas y críticas desde distintos sectores de la sociedad (mundo adulto, mundo educativo, mundo laboral...) y abandonados, cada vez, más a las fuerzas y recursos que individualmente podamos desplegar. La precariedad laboral ha provocado que la juventud, tomada tanto como cohorte de edad como de manera individual, sea desempoderada. Esto es, ser joven hoy supone pertenecer a un grupo con menor poder económico, social y político que el mundo adulto. Quizás debiéramos empezar a utilizar la adultocracia como uno más de los vectores de análisis de la desigualdad en nuestra sociedad.
Por otra parte, las personas jóvenes, tienen hoy menos elementos que les permitan aprehender su realidad y, por tanto, menos herramientas de acción que quienes fueron jóvenes décadas atrás. El desempoderamiento individual y colectivo, nos pone ante la necesidad de recuperar viejos conceptos como la educación popular. Si la gente no toma conciencia y no actúa, no es (simplemente) porque no quiere. Quizás nos tengamos que cuestionar si esa misma persona es capaz de comprender el mundo en el que vive y las relaciones de desigualdad que se dan en él, o incluso, si comprendiéndolo se siente capaz de actuar o tiene a mano recursos tanto individuales como colectivos de acción. El sistema nos lleva ventaja (primero nos dibuja un mundo feliz, nos empacha de pensamiento único y nos limita las capacidades de acción), pero no ha ganado la batalla. El capitalismo moderno parece haber dado con un mecanismo muy importante para mantenernos desmovilizados. La clase obrera, dividida, fragmentada, compitiendo entre sí por el acceso a empleos inestables, sin referencias colectivas de lucha... y desgraciadamente, con la connivencia interesada de las grandes centrales sindicales estatales, comparsas en todas y cada una de las reformas legales, firmando sin pudor y uno tras otro todo lo que gobiernos y patronales han puesto encima de la mesa.
El hacer frente a todos estos mecanismos de ruptura de los lazos sociales existentes y de la individualización del trabajo tiene que venir de la mano de organizaciones sindicales que mantengan claras unas determinadas señas de identidad y unos valores (militancia, resistencia, honradez…). Son estas organizaciones las que partiendo del recorrido histórico del movimiento obrero tienen la capacidad de llegar hoy en día a la juventud con discursos, pero sobre todo con prácticas que desborden el pensamiento único.
No nos podemos olvidar, sin embargo, de la necesidad de trabajar junto con otros agentes y organizaciones sociales en la reconstrucción de una gran teoría crítica. La participación social, la lucha política y sindical, requieren de comprensión de la realidad. Nos hace construir un mapa comprensible que oriente a las personas en la compleja realidad actual junto a la definición de una brújula clara que marque el rumbo en el mismo. El reto es superar la simplificaciones de la realidad, desmontando el discurso dominante, hacerlo sencillo y comprensible y además hacerlo no desde las élites sindicales sino de una manera horizontal y lo más compartida posible.
* Miembros de ESK Gazteok |
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