HAY una magia que espanta y ahuyenta a los malos espíritus del día a día. Basta con invocarla y la diosa literatura hace mil añicos el espejo retrovisor de lo cotidiano que muestra, con muy leves variaciones, el mismo paisaje gris asfalto que dejamos atrás, tan semejante al que se avecina. Es una magia blanca -no es ésta crónica de mediocres escritores que practican vudú o cualquier suerte de magia negra contra compañeros de profesión mejor dotados... ¡Para escribir, se entiende!- que provoca emociones intensas en quienes se sumergen en ella. Los libros esconden, en sus miles de páginas, la fórmula secreta de una inmotalidad feliz.
¿Quiénes son los amos de esa escoba voladora...? Ahí se abre un debate de interés pero que, en apariencia, no desata encarnizadas trifulcas. Quiere decirse que pueden convivir, sin llegar a la yugular, escritores, editores, lectores y libreros. La ilusión sobrevuela las cabezas de todos ellos. Ayer se reprodujo un ejemplo de cuanto digo. Ocurrió en los salones del Hotel Carlton, donde se desarrolló la II gala de la Edición vasca en la que fueron premiados los escritores Eduardo Mendoza y Unai Elorriaga y la librería Manterola, digna sucesora del viejo mito de la Biblioteca de Alejandría con Juan José y María Luisa Arbelaiz al frente.
La noche fue testigo de una apuesta alta por las letras, digna del Bet & Win, que arrasa entre los jugadores de medio mundo. A ello contribuyeron Lorenzo Portillo, Kepa Torrealdai, Asier Muniategi y tantos y tantos que trabajan sobre los sólidos andamiajes de la literatura. Hubo en la cena quien insinuó que, en la era tecnológica, ésta se sustenta sobre cañas de bambú pero tengo por cierto que las vigas son de acero inoxidable. En esa fe presdican la consejera de Cultura, Miren Azkarate, el alcalde de la villa, Iñaki Azkuna, la concejala de cultura, Ibone Bengoetxea, Milagros del Corral, emisaria en la noche de la Biblioteca Nacional, Javier Gogeaskoetxea, presidentes del gremio de editores de Catalunya, Madrid y Galicia como Antoni Comas, José Maria Gutiérrez y Alfonso García San Martín, Fernando Valverde, presiente de Cegal, la nave nodriza del gremio de libreros, Jorge Jiménez, Juan Bas, Asier Etxebarria, Mikel Jauregi, Verónica Portell, con un libro en la tahona, a punto de hornear, Olatz Candina, José Luis Urrutia, Xabier Mendiguren, Karmele Jaio, Txani Rodríguez, Terese Mediguren, vestida de Mata Hari para la ocasión, libreros como Bernar Zarraga, Josu Mazas o Fernando González entre otros, Cristina Vesga, Rosa Novell y un buen número de gente que juega a los dados de la cultura con soltura.
Los anfitriones de la noche, Miguel Atutxa y Yolanda del Hoyo, junto con el omnipresente Alberto Gutiérrez desplegaron las mejores galas de un hotel digno de novela. A ellas se sumaron, además de los citados, Matilde Elexpuru, Angela Sanz,Isidro Elezgarai, de Caja Laboral, Félix Linares, quien ofreció al alcalde jamón cortado a cuchillo en una bandeja como si fuesen la cabeza de Juan Bautista, Roberto Mosso, el presidente del Athletic, Fernando García Macua, Koikili Lertxundi para romper la leyenda del deportista iletrado, Jordi Ubeda, Ricardo Barkala, Jesús Lizaso, Txema Oleaga y otros muchos que disfrutaron cuando se desenfundó la makila de honor para los agasajados.
Un viejo proverbio gitano te desea que tengas la vida de doce gatos. Echa la multiplicación (siete vidas por doce felinos...) el saldo es prometedor: 84 años de esperanza para una gala joven y ni un sólo gato negro en el camino.
Editores, libreros, escritores y lectores convivieron en una noche de ensueño para las letras vascas |