Los dos caminos de Zapatero El presidente español puede caer en el error de pensar que la cuestión vasca da para otros treinta años de tira y afloja o puede optar por asumir que en Euskadi hay un conflicto que no se acaba porque un partido gane o no las elecciones.
LOS grandes políticos no se fraguan ganando elecciones, sino gestionando de forma eficiente y equilibrada esos triunfos. José Luis Rodríguez Zapatero llegó a la secretaría general del PSOE por un muy ajustado número de votos, y tuvo que ganarse la confianza interna de un partido con voces muy diversas y encontradas; se hizo con su primera presidencia de Gobierno gracias a un vuelco de última hora por la nefasta gestión del PP de los atentados del 11-M, y supo consolidar su figura a base de mucho empeño personal en asuntos no carentes de riesgo, y ahora afronta su segunda legislatura, la que puede suponerle el acceso a ese club de los grandes políticos, con numerosos retos ante sí, uno de los cuales es, sin duda, sentar las bases para la solución del conflicto político que existe en torno a la relación entre Euskadi y el Estado español. Zapatero puede optar por dos caminos: morir de éxito, como le sugieren los dirigentes del Partido Socialista de Euskadi (que miran al corto plazo electoralista, espoleados por unos buenos resultados en las últimas generales) o asumir con todas las consecuencias que existe una reivindicación no satisfecha para la mayoría de los vascos sobre el derecho a decidir libremente su futuro, y admitir que esa realidad no desaparecerá porque un partido gane o pierda unas elecciones por unos cuantos miles de votos. En efecto, el presidente español puede dejarse llevar por cantos de sirena que le llegan desde sus propias filas y que le piden que haga oídos sordos a la negociación de una propuesta abierta que le plantea el lehendakari, Juan José Ibarretxe; que le instan a ningunear al presidente electo de los vascos de la CAV y a dejar en papel mojado las propuestas salidas del Parlamento elegido por esos ciudadanos; que le piden que espere un poco, que la fruta está madura, que con Patxi López en el poder se acabarán los problemas en Euskadi... Puede, en definitiva, caer en el error de pensar que la denominada cuestión vasca dará para otros treinta años de tira y afloja, para seguir guardando en la manga cartas que permitan dar un paso adelante hoy y mañana otro atrás, como ha ocurrido con el Estatuto de Gernika, siempre en función de los intereses de quien en cada momento esté gobernando desde La Moncloa. Rechazar la mano tendida hoy, una vez más, por el lehendakari y por el nacionalismo democrático, tendría unas consecuencias políticas, en Euskadi y en el Estado español, cuyo alcance no se le puede escapar a quien ostenta la responsabilidad de dirigir el gobierno de un Estado en la Europa del siglo XXI. Si Zapatero opta por la política con minúsculas, por esconder la cabeza debajo del ala ante una cuestión de Estado para arañar unos votos para uno de sus baronesregionales, dejará patente su valía como estadista y quedará abonado definitivamente a la suerte de la carambola.