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11-05-2008
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Gabriel Mª Otalora
Han pasado cuarenta años desde el mayo francés del 68, llamado así por el origen de aquella revuelta universitaria más que por los escenarios en los que se produjo la movida. El estallido empezó en Nanterre-Paris y pronto alcanzó a la Sorbona y otras universidades hasta que se les unió el mundo sindical con la gigantesca huelga general que organizaron para reivindicar mejoras laborales al rebufo del movimiento estudiantil.

Aquél movimiento parisino pronto se extendió como un reguero de pólvora -nunca mejor dicho- para plantarle cara al autoritarismo en sus diferentes caras y en diversas partes del mundo. En realidad, se puede afirmar que este movimiento abarcó desde 1965 hasta 1970: desde el campus de Berkeley (con Joan Baez de protagonista), a Roma, Varsovia, París, Praga, Milán, México...

No fue un movimiento homogéneo, excepto en el ansia de libertad, que nos dejó en herencia una revolución cultural en los ámbitos familiar, social y educativo, marcando un antes y un después desde la innegable influencia que tuvo en la liberalización de las costumbres y en la autonomía del individuo.

El éxito dio pie a la extensión política de este movimiento contestatario. En aquel año de 1968 declarado por la ONU como el Año Internacional de los Derechos Humanos, ocurrieron acontecimientos políticos de gran calado en el contexto del mayo del 68. El mundo padecía la guerra fría del imperialismo norteamericano y soviético, ocurrió la invasión de Vietnam, el asesinato de Luther King, la Primavera de Praga...

Distintas eran las formas de opresión y diferentes eran los eslóganes. El elemento común fue el autoritarismo y la desconfianza en las instituciones, empezando por el Estado mismo. Por estos pagos, el cliché del mayo del 68 ha quedado como un movimiento de izquierdas. Hasta cierto punto es normal dado el régimen asfixiante franquista que aplastaba cualquier indicio de contestación. Pero los estudiantes e intelectuales que se manifestaban en Praga, Varsovia o Berlín criticaban duramente al marxismo-leninismo y al estalinismo como expresiones autoritarias y criminales.

Diferente óptica era la de quienes protestaban por la guerra colonial en Argelia, la guerra de Vietnam o protagonizaban la revolución estudiantil frente a la corrupción y el autoritarismo de México, animados por el mayo francés, que terminó en la matanza de Tlatelolco en la plaza de las Tres Culturas. Al revés que en los países del Este, se enarbolaban las banderas de los partidos comunistas como fuerzas reformistas. Incluso en París se vitoreaba al maoísmo cuando en ese tiempo, la Revolución Cultural china estaba en plena represión, purgas y matanzas masivas. Con el desmoronamiento del franquismo, algunos también nos pusieron a Mao de ejemplo político a seguir.

Cuatro décadas después, aquella exaltación utópica tuvo una repercusión muy superior al tiempo que duró, a pesar del afán de algunos porque la imagen contracultural quedase reducida a los hippies y a los desórdenes que se vivieron. Cambiaron costumbres arraigadas y modas sociales, se abrieron las puertas a la aceptación de la diversidad y las minorías, a la igualdad de la mujer. Se zarandearon los cimientos de una institución familiar paternalista y demasiado constreñida como para que el amor pudiese ganar la partida a los rígidos convencionalismos sociales. Fue el comienzo del declive comunista en Europa, del gaullismo y de la imagen de lo norteamericanos asociada a los chicos buenos del mundo. El cansancio y las muchas contradicciones acabaron por desactivar el desafío. Pero sus fundamentos todavía sirven a la libertad y la crítica imperialista de signo neoliberal -que ya empezaba a fraguarse- en forma de preguntas como la pintada de un muro parisino de aquella primavera de 1968: "De un hombre puede hacerse un policía, un paracaidista; ¿por qué no puede hacerse de él un hombre?".

No fue un movimiento homogéneo excepto en el ansia de libertad y dejó en herencia una revolución cultural

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