bilbao. El Athletic no pudo darse el homenaje que anhelaba. El cierre del curso en San Mamés se saldó con sabor agridulce. Porque el conjunto rojiblanco no ofreció la victoria en su despedida del público de La Catedral. Porque no consumó la venganza deportiva que tanto deseaba ante el Racing, el equipo que quizá más le ha traumatizado esta campaña. Porque la opción de agarrar la plaza Intertoto, ese rodeo para llegar a Europa, sí que está muy lejos. Las matemáticas no la entierra. Pero se necesita prácticamente un milagro. Es decir, que el Athletic venza al Sevilla en el Sánchez Pizjuán y que el Deportivo sucumba en Riazor ante el Villarreal.
Caparrós le puso guinda a la despedida de San Mamés. Lo hizo porque movió piezas inesperadas en el once. Cumplió en las previsiones con la vuelta de Ustaritz cuatro jornadas después como pareja de Amorebieta en el eje de la zaga. Gurpegi y Javi Martínez repitieron en el doble pivote, con el reencuentro de Susaeta, que retornaba tras disfrutar de descanso en Murcia, con Gabilondo, suplente en la Nueva Condomina, en bandas. Yeste, en cambio, volvió a calentar banquillo. Es la segunda vez consecutiva, lo que suena cada vez más a un castigo. Garmendia sí tuvo una nueva oportunidad para ejercer de enlace con Llorente, lo que relegaba a la suplencia a Aduriz, que el pasado miércoles vivió una fugaz titularidad. Marcelino García, técnico del Racing, también sorprendió al prescindir del congoleño Tchité, el azote de los leones en los tres enfrentamientos anteriores y en los que anotó goles decisivos, para apostar por el polaco Smolarek.
El encuentro apuntaba calentito. La puesta en escena invitaba a ello. Lo cierto es que tardó en coger temperatura. El arranque delató una toma de contacto. La pizarra se hizo un hueco y el control en la medular atascó la creación. Quizá por el miedo a perder. Quizá por esperar a quién diera el primer paso. El Racing, incluso, salió mandón. Mera pose, porque los cántabros apenas inquietaron a Armando, que en las próximas fechas conocerá si el de ayer fue su último partido en San Mamés o si, por el contrario, le quedarán otros más en caso de renovar. El Athletic se calentó a partir de los veinte minutos. Tiró de la verticalidad de Susaeta, de las ganas de Garmendia y del plus que aporta Llorente a día de hoy. Los tres firmaron las acciones más interesantes. El de Rincón de Soto abrió las hostilidades con un disparo desde fuera del área, le siguió un remate de cabeza del basauritarra y el de Eibar puso continuidad con una brillante acción personal a la que sólo le faltó el tanto. Susaeta es el nuevo valor de la factoría de Lezama. Su irrupción ha recibido el aplauso unánime y se sabe como una de las piedras angulares para el futuro.
Tres minutos ardientes. Sin premio, eso sí. Los de Caparrós recurrieron a estímulos. No es una vía excesivamente fiable, pero también puede dar réditos. El Racing, un equipo aseado y al que se conoce bien por estos lares, moría en los últimos metros, en los que Munitis, fiel a su política de incordio, y el polaco Smolarek, venido a menos, buscaban las cosquillas de un zaga rojiblanca bien puesta. La batalla se ubicó en la parcela ancha. Y la tensión, el músculo, cobró protagonismo. Al Athletic, quizá, le faltó esa pizca de frialdad en el último toque y que aporta pingües beneficios. Una salida en falso de Toño tras un córner botado por Susaeta no la aprovechó Gurpegi. Fue lo último que llevarse a la boca antes de enfilar a vestuarios. En medio, un penalti cometido sobre Llorente y que el colegiado lo convirtió en falta del rojiblanco. El recital del madrileño ya había comenzado.
más de lo mismo La primera mitad se fue caliente y la segunda nació caliente. De juego, eso sí, muy poco. A cuentagotas. Porque el fragor de la batalla estaba en otros menesteres. En el músculo, puro y duro. Y donde Velasco Carballo puso su granito. El madrileño se empeñó en su particular recital de silbato, con varias decisiones incomprensibles, y se encargó de que el juego careciera de continuidad. Un ataque al buen gusto. El Athletic, mientras, tiró más de corazón que de cabeza. Que no suele ser rentable. No supo, sin más, gestionar su obsesión.
Caparrós tuvo que retocar su sistema. Iraola, con molestias musculares, abandonó el césped a los 14 minutos, lo que mudó a Gurpegi al lateral derecho. El de Andosilla vale tanto para un roto como para un descosido. Completó los dos primeros partidos tras su retorno como central ante el Real Madrid y Mallorca, en Murcia volvió a su puesto natural y ayer se vio obligado a experimentar una demarcación nueva. Como para volverse loco. Iñaki Muñoz, mientras, pasaba a ejercer funciones de dirección.
El encuentro, con todo, estaba atascado. Calor en el ambiente, frío en el césped. Porque ni Athletic ni Racing se veían con argumentos para ofrecer un detalle de grandeza. De dibujar esa acción que pudiera romper el duelo. La noche del no. Patada al fútbol exquisito. Caparrós buscó el último empujón. Marcelino García ya lo había hecho con anterioridad con la entrada de Tchité, que en esta ocasión y para fortuna de los rojiblancos se quedó sin mojar. La comparecencia, primero, de Aduriz y la de Yeste, después, no surtió efecto. El donostiarra y el basauritarra, quizá, saltaron demasiado tarde. A Aduriz, aunque no viva sus mejores días, se le supone pegada y a Yeste, que tampoco atraviesa por un momento dulce, talento. Susaeta se convirtió en el único clavo al que agarrarse, pero el interior no contactó con Llorente, trabajador a más no poder pero al que se echó de menos ese olfato que le ha llevado a atesorar once goles en el curso. El desenlace ya estaba escrito. Quedó la última de Velasco Carballo, que cerró la Liga para Susaeta, Del Horno, que no viajarán a Sevilla por acumulación de tarjetas, y Yeste, que vio la roja con el duelo finalizado. |