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Vida sin fronteras
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Espiritualidad laica
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Rafa Redondo
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CON creciente frecuencia, los psicólogos detectan crisis colectivas de sentido existencial en tantas y tantas personas que acuden a sus consultas afirmando que "aun teniéndolo todo", sufren sin causa aparente. En la más profunda veta del corazón humano late el deseo de despertar a otro modelo de vida.
Insisto una vez más: el "despertar" es una experiencia que pertenece al ser humano como un derecho de nacimiento, independientemente de que sea cristiano, budista, creyente o ateo. Pertenece al ser humano tan sólo por eso: por ser humano…
Lo que hoy -aunque sea de modo latente- se demanda no es una religión-organización, sino un medio de iluminar la propia vida, dando contenido al sentido de la existencia. Porque la existencia sí tiene sentido. Lo que el individuo globalizado inconscientemente anhela no es un conglomerado de imágenes o de modelos de santos para ser adorados o canonizados, sino caminos para ser vividos, que faciliten la experiencia del Ser que, supuestamente, vivieron esos santos. Y cuando hablo de santos, me refiero a esos hombres y mujeres que la humanidad ha encumbrado a la categoría de modelos.
El hecho es que cuando, como añoraron Freud y Jung, llegamos a ese "ver claro" que acompaña al despertar, surge de nuestra más profunda intimidad una nueva estructura de conciencia que no discurre por los caminos trillados, ni por las leyes de la fisiología clásica, menos aún desde la competitividad neoliberal predicada en nuestras universidades, esa economía canalla que asola el planeta haciendo más pobres a los pobres. Y es precisamente el desmontaje o transformación de tales estructuras socio-mentales el que conduce a ese despertar, que, con diversas palabras, llamamos iluminación. Es en esos momentos cuando de la más honda fibra del ser humano brota un profundo sentimiento de gratitud. |
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