Su silueta se recortaba sobre el cielo azul. Tensa. Agobiada. Con una pierna colgando hacia la calle. Alejandro amenazó ayer con suicidarse. Eran en torno a las 18.00 horas cuando saltó la alarma frente al conservatorio de música de Sarriko. Bomberos, Ertzaintza, Policía Municipal y una ambulancia tomaron la calle y la acordonaron, intentando desalojar a las docenas de personas que alzaban la cabeza curiosas mirando al hombre que estaba en aquella azotea de la calle Benidorm.
Allí, en lo alto, varios bomberos y personal sanitario hablaban con este vecino del barrio que respondía gesticulando con vehemencia, mientras lanzaba breves miradas al follón que se había montado abajo.
Eran ya las 18.45 horas cuando el hombre, por fin, apostó por la vida y se introdujo en el interior del edificio, quizá convencido por los profesionales que estaban con él en la azotea. Unos minutos después salió del portal, tambaleante, aturdido, con una botella de agua en las manos. Entró por sus propios medios en la ambulancia que lo trasladó a un centro hospitalario y los curiosos poco a poco fueron marchándose, devolviendo la rutina a la calle.
una historia dura Detrás de una decisión tan extrema como es la del suicidio hay siempre una historia dura. Al parecer, el hombre que ayer se tambaleaba al borde de la cornisa se llama Alejandro, tiene 47 años, y lleva cerca de 25 enganchado a las drogas.
Un conocido de la zona que ayer presenció lo sucedido comentaba que su historia era "un dramón". Según narraba este testigo, la madre de Alejandro, ante la situación insostenible que vivían en el domicilio familiar, puso una denuncia contra su hijo hace unas semanas solicitando una orden de protección. Ésta le fue denegada, así que fue la propia familia la que optó por abandonar el hogar dejándole sólo.
"Ha subido porque está solo, no tiene un duro, está más tirado que la hostia y al final esto pasa factura", comentó pesarosa esta fuente. "La madre, la pobre, y la familia están ya abrasados, no pueden más. Mantener a una persona de éstas no es fácil", añadía.
Fue un amigo de la familia el que avisó a los hermanos de Alejandro de lo que acontecía. Éstos, un hombre y una mujer, llegaron al lugar de los hechos apenas unos minutos después de que todo concluyera. Sus rostros mostraban un rictus de dolor y hastío. No querían hablar. No querían comentar nada. "Bastante jaleo hay ya...", comentó su hermana. |