A tres meses de los Juegos Olímpicos en Pekín, el terremoto sacudió también el mandato del cielo de la cúpula comunista china. Primero fueron las protestas de los tibetanos y el descontento del pueblo sobre los drásticos encarecimientos; ahora el terremoto. Estas catástrofes naturales y levantamientos populares fueron interpretados con frecuencia en la larga historia china como un signo de que el cielo pretendía quizá quitar el mandato del ejercicio del poder a la cúpula dominante.
El terremoto ha ocurrido precisamente también en la prefectura suroccidental de china de Aba, habitada por tibetanos que saltaron a los titulares hace una semanas con sus protestas y por los disparos de las fuerzas de seguridad chinas.
El recuerdo del devastador terremoto de 1976 en la ciudad de Tangshan, no lejos de Pekín, aún está vivo entre los responsables políticos. Al menos 242.000 personas perdieron la vida entonces y existen incluso estimaciones mayores.
El sismo de Tangshan fue significativo porque antes, el mismo año, había muerto el popular primer ministro Zhou Enlai. Cuando tembló la tierra en Tangshan y la ciudad quedó destruida, el eterno revolucionario Mao Tse Tung se encontraba en su lecho de muerte.
Una lucha de poder bramaba en el partido. El terremoto, que también impresionó a la capital china, fue visto como un presagio de que los días de Mao Tse Tung estaban contados. Y Mao, que había reunificado el país en 1949 en la actual república popular y que después la había precipitado con nuevas y devastadoras campañas, murió sólo seis semanas después. La catástrofe contribuyó entonces a poner fin a la revolución cultural que llevó al país al caos durante diez años. Era el comienzo de una nueva era. Deng Xiaoping pudo imponerse y llevar a cabo desde 1978 su política reformista y de apertura a la que China debe su ascenso y poder económico. Hasta hoy muchos chinos consideran el terremoto de Tangshan y el funesto año 1976 como el año del cambio político.
Esas enseñanzas de la historia también fueron interiorizadas, sin embargo, por el Jefe de Gobierno Wen Jiabao y el jefe de Estado y partido Hu Jintao. Hace cinco años llegaron al poder como cúpula de una nueva generación de dirigentes y desde entonces intentan ser cercanos al pueblo y mostrar la humildad revolucionaria.
Con las protestas de los tibetanos demostraron mano dura, pero probaron al menos sus dotes de táctica política. Con su disposición al diálogo con el Dalai Lama relajaron al menos el conflicto a medio plazo. Pero hoy ellos también se preguntan qué sorpresa les depara aún el año olímpico. |